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Walter Benjamin viene a México

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Es conocida la frase que abre El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx (1852): “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Marx habla enseguida de cómo Lutero se disfrazó literalmente de San Pablo y la Revolución Francesa usó las túnicas y las coronas de la República Romana. Pero Marx está hablando, no sólo de ponerse máscaras del pasado para encontrar en ellas cierta legitimidad. Se refiere a un desenlace. Una vez como tragedia y, otra, como farsa, los hechos y personajes van perdiendo fuerza simbólica. Se van agotando. Basta pensar en el PRI de ahora, ridículo, insaciable, burdo, con los signos tradicionales del Partido de hace medio siglo: el presidencialismo, la represión, la censura, la corrupción y el cinismo. Los opinólogos hablan de esta comedia como “restauración autoritaria”. Dice Marx que “al tío lo sustituye el sobrino”, y hoy nos alcanza con decir los apellidos de la élite política y empresarial para comprobarlo. En un apunte de 1932, justo antes del ascenso nazi en Europa, Walter Benjamin anota su lectura sobre esta idea de Marx: “Cuando la historia conduce una vieja forma a la tumba, lo hace como comedia. ¿Por qué? Para que la humanidad abandone su pasado con alegría”.

Como se sabe, Walter Benjamin murió por su propia mano huyendo del nazismo. La guía, Lisa Fitko, lo hizo pasar por los Pirineos rumbo a España, junto con Henny Gurland y su hijo de 15 años, José. Iban cargando un portafolios con un manuscrito que Benjamin valoró más importante que su propia vida y que se cree es el libro más famoso no publicado del siglo XX: El Libro de los Pasajes. El 25 de septiembre de 1940 lograron llegar, turnándose el manuscrito, a Port Bou, en el noroeste de la España franquista. Henny describió así las últimas horas de Walter Benjamin:

Durante una hora, cuatro mujeres y nosotros tres estuvimos llorando, rogando, y desesperando frente a los oficiales, mientras mostrábamos nuestros papeles. Estábamos todos “sin nacionalidad” y había un nuevo decreto que prohibía que gente sin nacionalidad atravesara España. A las siete de la mañana Frau Lipmann me avisó que Benjamin me llamaba. Había ingerido grandes cantidades de morfina a las 10 de la noche del día anterior y me entregó una carta para Theodore Adorno. Luego, perdió el conocimiento. Tuve que dejar todos los papeles y el dinero con el juez y compré una tumba por cinco años.

Henny Gurland y su hijo lograron escapar y, casada con el sicoanalista Erich Fromm, llegó a México en 1944, donde murió ocho años después. El Libro de los Pasajes ni la tumba, a pesar de los –esfuerzos de Adorno y su compañero, Max Horkheimer, nunca fueron encontrados. La decisión de huir estaba sustentada en el inevitable ascenso del fascismo -–Fromm, financiado por el Instituto que presidía Thedore Adorno, realizó un estudio del “inconsciente colectivo” que apuntaba a que no tendría oposición de los obreros– frente a la frágil resistencia. Benjamin escribió en febrero de 1936 sobre la debilidad de la unión de izquierda y derecha en el Frente Popular. Pienso en el “Frente Amplio”, reaparecido como comedia, que plantean hoy las fuerzas rivales en México. Como se recordará, la idea de los años treintas era enfrentar al fascismo en una mezcla infame entre las demandas obreras y lealtad patriótica al Estado. Primero, los comunistas se unieron a los socialistas y, después, a los industriales. Liderados por el socialista León Blum, llegaron al poder mediante elecciones pero se toparon con algo imprevisto: las fábricas decretaron libremente una huelga general para demandar algo mucho mayor que la sumisión de las demandas obreras en un nebuloso e inamovible patriotismo. “No hubo ningún hecho vandálico –escribe el biógrafo de Blum, Joel Colton– y eso escandalizó a la derecha porque los obreros trataban a las fábricas como si ya fueran de su propiedad”. Aterrorizadas, las izquierdas pactaron con los empresarios una doble medida del Frente: concesiones salariales extendibles a restoranes, bares, almacenes y hoteles pero, al mismo tiempo, preparar “guardias móviles” para recuperar las fábricas. Trotsky, desde el exilio que termina en México, publica un llamado a una “nueva Revolución Francesa”. León Blum ordena tomar el periódico que imprimió el llamado de Trotsky y el millón y medio de obreros en huelga acepta firmar un “Pacto por Francia”, a cambio de que no avance el ejército sobre ellos. Se llama a “dejar atrás los conflictos a favor de una recuperación económica”. Benjamin desaprueba todo el episodio que es una comedia –la Revolución francesa– de la comedia de 1848: “Todos se aferran al fetiche de la mayoría de la izquierda, y no les preocupa que esa mayoría ejecute un tipo de política que, si fuera llevada adelante por la derecha, conduciría a una insurrección”. Al final, el Frente de izquierdas y derechas no frenó el fascismo pero sí avanzó en apelar a una “clase” inexistente: la llamada “clase industrial”, en la que obreros y empresarios se daban la mano por el Estado. Es el final de la película de 1927 de Fritz Lang, Metrópolis. La misma idea que Benjamin vio en el fascismo ascendente; parecía ir contra la modernidad pero, en realidad, la usaba para oprimir: “El fascismo parece manejado por el dueño de un gran periódico: una idea por día, competencia, sensacionalismo, hábil e insistente orientación al lector hacia ciertos aspectos desproporcionadamente vulgares de la vida social, distorsión sistemática de la comprensión del lector, con el objetivo de lograr sus fines prácticos. En suma, los regímenes fascistas son regímenes de publicidad”.

Además de su condena al Frente Amplio, Walter Benjamin tendría algo qué decir sobre el uso del término “mesianismo” como derogatorio para los opositores en México. Se habría sorprendido porque él mismo reivindicaba un “tiempo mesiánico” como forma de salir del ensueño de las mercancías. Para Benjamin, como para Marx, la forma de organización del liberalismo eran grupos de consumidores reunidos en torno a la nueva mercancía, al retorno “de lo mismo” que era la novedad. “El único pecado es aceptar el estado de cosas como algo dado, como destino. La responsabilidad histórica de la Humanidad es una tarea interpretativa”. A lo que Benjamin se refería era a la forma laica del cambio de la historia mundana: la idea de la sociedad sin clases. No es que fuera a suceder o que existiera una “situación revolucionaria” –en la que Benjamin no creía– sino, como el propio Marx había escrito, no sin cierto escepticismo: “Un salto bajo los cielos abiertos de la historia”. La imagen es la de los humanos brincando para tratar de aprovechar el hueco entre las nubes que se abren. No otra es la imagen secular de la Revolución. Benjamin creía que el pasado mítico –el de nuestros héroes trágicos– no tenía un significado verdadero, sino como una clave pensada desde el ahora para descifrar lo único nuevo de la modernidad: su potencial real para una sociedad sin clases. Escribe:

Nada puede ser progreso si no supone un incremento de la felicidad. La felicidad es sólo concebible en términos del aire que hemos respirado entre aquellos que han vivido con nosotros, en su desesperación y en su desamparo que son, también, nuestros. En otras palabras, nuestra vida es un músculo que tiene la fuerza suficiente para contener todo el tiempo histórico que descansa completamente en la imagen de redención.

Para Benjamin había dos tipos de tiempos, el empírico y el cósmico, es decir, la repetición de la misma novedad de las mercancías del capitalismo y el de la oportunidad para cambiar la historia mundana. Lo que enlazaba a ambos era la acción política. Sin brincar hacia el instante en que se abría el cielo, no había una felicidad practicable, más que ir a comprar más cosas. A ese “mesianismo” se adhirió también Theodor Adorno.

Pero la historia fulminó la idea de hacer parte de lo vivido una fuerza extraída del desamparo de los ausentes. Unas semanas después de que Benjamin huyera, Hitler llegó en un aeroplano a las seis de la mañana a París. Quería verlo desierto, sin franceses. Recorrió con su arquitecto, Albert Speer, los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, la tumba de Napoleón. Era el 25 de junio de 1945 y, según Speer recuerda, dijo: “Muchas veces pensé que tendría que destruir París, pero cuando terminemos de reconstruir Berlín, París será sólo una sombra. Entonces, ¿para qué destruirlo?”

Mesiánico y anti-Frente, el Benjamin que nunca visitó México –al menos en las márgenes blancas de esta columna– quizás hubiera reconsiderado el entierro de los hechos históricos como comedia. El sufrimiento y el desamparo en que hemos vivido en los últimos treinta años quizás no le hubieran divertido. Me lo imagino, en cambio, mirando hacia arriba y pensando en estos cielos nublados.

Esta columna se publicó en la edición 2124 de la revista Proceso del 16 de julio de 2017.

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