Putin, Trump y la Guerra Bipolar

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Cada 9 de mayo se realiza en la Plaza Roja de Moscú el Desfile de la Victoria, que conmemora la capitulación de la Alemania nazi ante el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Demostraciones como esa son idóneas para que los gobiernos exhiban su potencia militar con el pretexto de las efemérides cívicas. En el caso de países “pacifistas” o demasiado débiles para ser una amenaza internacional, como México, esas muestras bélicas sirven de advertencia para los subversivos locales y apuntalan la confianza de las élites dominantes. Ambos son mensajes políticos actuales.

En el caso de Rusia, desde que Vladimir Putin instauró su régimen el manejo de los símbolos adquirió tanta importancia como el de la maquinaria bélica. El video del canal RT del desfile de este año, que puede verse en YouTube, ofrece una lectura sintética de cómo se arroga Putin los atributos del proyecto neoimperial ruso, entre el revival soviético y el ceremonial zarista, una raigambre que los ideólogos anticomunistas utilizaron con eficacia durante la Guerra Fría.

Esquemáticamente, el primero de esos atributos es el discurso de Putin, que incluye la preparación del entorno: los símbolos permanentes como la Plaza Roja, el Kremlin, las banderas rusa y soviética; lo mismo que el desfile en sí, con los abanderados y su paso de ganso, la llegada de Putin, los ángulos de su imagen, sus gesticulaciones, su serena aceptación de la pleitesía de los mariscales que recorren la plaza en limosinas descubiertas, en vez del caballo blanco y flotante de Zhúkov, el conquistador de Berlín. Lo último que interesa del discurso de Putin, porque se las lleva el helado viento, son sus palabras. En resumen, es la basura que venden los mercaderes, quise decir los mercadólogos de la política.

El otro atributo de poder que emana de Putin en esa representación política es el alarde de nuevas armas convencionales y aquellas de carácter táctico que pueden mostrarse porque están en venta o porque ya las descubrió la inteligencia de los países de la OTAN. Esta parte del desfile, que en la Guerra Fría tenía oficialmente la intención de disuadir a los adversarios de atacar a la Unión Soviética, ahora pretende persuadir, ya que junto con las ferias militares este desfile es la vitrina para vender lo último en aviación militar, misiles “defensivos” y bombas inteligentes que pueden eludir la letra de los tratados internacionales. Incluso, en el mencionado video del desfile hay acercamientos que permiten apreciar, en ruso, los nombres y la serie de algunas armas y sus plataformas. Por demás, la sucesión de vehículos aéreos, terrestres, anfibios y todoterreno, así como la diversidad de sistemas de misiles, ofrecen una idea de los entornos físicos que se consideran probables campos de acción para el ejército ruso.

Pero quizá el más interesante de los atributos de poder de los que se inviste Vladimir Putin ante el mundo en esa significativa fecha es de las reliquias históricas.

La irrupción en la Plaza Roja de los viejos tanques, que libraron batallas decisivas como la de Kursk (entre julio de agosto de 1943), le da soporte concreto a la memoria histórica de un pueblo, conformada por los relatos que pasan de abuelos a padres a hijos –RT destaca al público de esas edades como representación de las que fueron las últimas reservas del Ejército Rojo en su marcha hacia la capital alemana–, pero también por los discursos políticos que se han servido de ella y la han pervertido con “idealizaciones” interesadas.

Otras reliquias son el águila imperial zarista en las insignias de los oficiales, la efigie de Lenin y las varias advocaciones iconográficas de la abstracta divinidad soviética: la estrella roja. Todas estampadas a los costados de algunos artefactos rusos de alta tecnología.

Como en estos tiempos de pragmatismo es difícil llegar a conclusiones válidas en el terreno político con base en el análisis de un discurso, leamos el despliegue de armas.

Como siempre, los portales de internet y los sitios especializados en armas resaltaron el supuesto liderazgo ruso en aviones de combate, específicamente en las proezas de maniobrabilidad de los nuevos modelos de las marcas Sukhoi y Mikoyan (Su y Mig). Sin embargo, entre las monstruosas fortalezas blindadas y artilladas, y por encima del ya famoso tanque Armata (dotado de radar y cañones muy semejantes a los de la aviación), la prensa destacó dos tipos de enormes vehículos camuflados para operar en el ártico, equipados con el sistema de misiles antiaéreos Tor-M2DT y el Pantsir-SA, que combina esta función con la de artillería terrestre. Su emblema, algo obvio, es el oso polar.

A juzgar por la presentación, estas plataformas operarán con una dotación de vehículos más ligeros (es un decir), también armados, en las seis bases rusas del Ártico.

A diferencia de Donald Trump, Putin sí “cree” en el cambio climático y se prepara para “defender” sus intereses en los territorios y rutas que el deshielo deje al descubierto, como proclamó el comandante en jefe de las tropas terrestres rusas, coronel general Oleg Salyukov, en una conferencia de prensa previa al desfile.

Añadió que ese equipo es capaz de “defender el territorio ruso en las difíciles condiciones polares”, donde no hay caminos y las vastas distancias hacen imposible establecer líneas de abastecimiento. Hasta ahora el ártico no ha sido teatro de operaciones militares, pero las eventuales batallas en la tundra y entre los glaciares pueden ser muy difíciles debido al inhóspito clima de la región, que puede alcanzar -60 grados Celsius en invierno.

La Cortina de Hielo

No sé por qué se quiebran tanto la cabeza los cineastas para encontrar buenos argumentos. En 2016 varios medios notificaron que un equipo ruso de exploración descubrió en la isla de Alexandra Land, a casi mil kilómetros del Polo Norte, “una base militar secreta nazi”. La información navegó a la deriva en internet con toda la apariencia de leyenda cibernética y hasta la retomó el británico Daily Mail, hasta que el ministerio de defensa ruso la confirmó y anunció que ese era uno de los puntos de arranque de su programa militar en el Ártico.

La base nazi, cuyo nombre clave fue Schatzgraber (Cazador de Tesoros) se construyó en 1942, un año después del inicio de la Operación Barbarroja para invadir la Unión Soviética. Al analizar los objetos abandonados en el lugar (unos 500 en buen estado, incluidos varios documentos), los exploradores rusos determinaron que se trataba de una estación meteorológica táctica y que fue abandonada en 1944, cuando los científicos alemanes se intoxicaron de triquinosis con carne de oso polar (una variedad endémica de esa isla) y fueron evacuados en un submarino.

Durante la guerra se generaron desde ahí los informes climáticos para planear los desplazamientos de tropas, barcos y submarinos, pero el nombre de la base provocó especulaciones sobre una probable misión alterna, dada la propensión nazi a buscar reliquias místicas que confirmaran su fantasía de ser una raza superior, es decir, el pueblo elegido…

La isla, nombrada así en honor de la Gran archiduquesa Alexandra Pavlovna (1783-1801), fue la base militar ubicada más al norte del imperio ruso, llamada Nagurskoye. En los años cincuenta, tras la derrota alemana, se reconvirtió en base aérea para los bombarderos estratégicos soviéticos en su ruta eventual hacia Estados Unidos, pero fue de nuevo abandonada en 1993 por la incapacidad del gobierno central ruso para mantener sus operaciones en medio del derrumbe de la Unión Soviética.

El mando militar ruso informó que ya está a punto de concluirse en ese lugar la nueva base, que por su forma se denomina Trébol Ártico y está adaptada para la operación de los cazabombarderos de última generación.

El 7 de diciembre de 2015, la agencia de noticias TASS citó a una fuente del Estado Mayor General del ejército ruso, entrevistada en el Quinto Foro Internacional Ártico: Presente y Futuro. El oficial reveló que “el 1 de diciembre prácticamente finalizó el despliegue y acondicionamiento de seis bases militares en islas árticas y en la parte continental polar de Rusia”.

Precisó que se ubican en las islas Kotelny, la Alexandra Land, Sredni, el archipiélago Nóvaya Zemliá, el Cabo de Otto Schmidt y la isla de Wrángel y están muy avanzadas: “Ya se construyó la infraestructura de prioridad, incluidos los complejos administrativos y de vivienda, aeródromos y las posiciones de defensa de las unidades árticas”.

A decir de la fuente del Estado Mayor, a finales de aquel año centenares de tropas ocuparían sus puestos en las nuevas bases. Los trabajos del año pasado y 2017 consistieron, según ese programa, en añadir infraestructura y perfeccionar la red de aeródromos a fin de “disponer de agrupaciones móviles autosuficientes en el Ártico para 2018”.

Lo anterior explica, dentro de lo posible, el respeto mutuo de Putin y Trump basado en el sueño de reconfigurar un mundo bipolar (término ambiguo pero nunca mejor utilizado) gobernado por superpotencias, con sus respectivas zonas de dominio y librando sus batallas en territorios ajenos, lo que ya sucede actualmente en los actuales conflictos económico-armados.

Claro que esa bipolaridad involucra necesariamente a Putin en su papel de la última bala que alcanza al gigante estadunidense cuando ha caído el soldado soviético que la disparó; y a Trump como el avezado empresario que con una orden ejecutiva cambia las condiciones de los mercados, la correlación de fuerzas políticas y las filias de los gobiernos, para quitarle piso a su rival y a la vez consolidarse como líder del momificado “mundo libre”.

Para desgracia de México, nuestros vecinos son los menos desengañados de la Guerra Fría porque tienen la extraña idea de que la ganaron al desvanecerse la unión burocrática soviética.

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