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El Estado Islámico se muda al sureste asiático

Ante la inminente pérdida de sus bastiones en Medio Oriente, el Estado Islámico encuentra en el sureste de Asia territorio fértil para mantener su lucha e, incluso, expandirla. Los gobiernos de Malasia, Indonesia y Filipinas miran sorprendidos el auge del extremismo islámico en sus territorios. Un hecho marca el salto cualitativo de los yihadistas en esta región del mundo: tomaron la ciudad de Marawi, Filipinas, y han resistido durante dos meses los embates de las tropas de élite del ejército de ese país.

BEIJING (Proceso).- Las banderas negras entre las ruinas humeantes de la ciudad filipina de Marawi simbolizan la huella cada día más profunda del terrorismo islamista en el sureste asiático. Dos meses llevan batallando el ejército de Filipinas y el Estado Islámico (EI). Combaten casa por casa y calle por calle en un asedio sin final a la vista.

La gravedad de la amenaza fue subrayada a principios de junio en Singapur durante la cumbre de la ASEAN, la organización que reúne a los 10 países de la zona. Sus ministros de Defensa soslayaron asuntos recurrentes como el programa nuclear norcoreano, las refriegas territoriales en el Mar del Sur de China y las salpicaduras de la pugna en la zona entre Beijing y ­Washington. El terrorismo integrista es el mayor peligro que afronta en los próximos años una región que tiene 15% de la población musulmana del mundo.

La presencia de activistas vinculados con el EI aumenta en Filipinas, Malasia, Singapur e Indonesia. Ya ha declarado dos wilayah o provincias como hiciera en Libia y Arabia Saudita. Indonesia, el país con más musulmanes del mundo, resume la deriva: una nación que había ejemplificado la convivencia plurirreligiosa de manera armónica, encarceló recientemente por blasfemias contra el Corán a Ahok, gobernador cristiano de Yakarta, mientras los radicales exigían en las calles su inmediata ejecución. También el islamismo radical está ganando terreno en Malasia.

Una botella con una cara que representa un integrante del Estado Islámico en Raqqa, Siria. Foto: AP / Hussein Malla

Una botella con una cara que representa un integrante del Estado Islámico en Raqqa, Siria. Foto: AP / Hussein Malla

El contagio

Richard Heydarian, profesor de la Universidad de La Salle, habla del fin de la excepción del sureste asiático. “Durante mucho tiempo se pensó que esta región era única, que estaba a salvo del islamismo wahabí ultraconservador. Pero el contagio ha llegado y esa es la fundación ideológica de los grupos terroristas”, señala por teléfono desde Manila.

El Islam moderado, procapitalista, neoliberal y respetuoso con el turismo y la diversidad, sigue siendo mayoría en Indonesia y Malasia, pero el radicalismo dicta la agenda política. En el fondo, indica Heydarian, se discute el modelo futuro del país: ¿una democracia secular? ¿una democracia islamista como Turquía? ¿una dictadura regida por la sharia?

El caldo de cultivo es diferente en Filipinas. Los grupos islamistas no pretenden cambiar al Estado sino salirse de él, porque se sienten discriminados e incómodos en el país más fervientemente católico de Asia.

“La batalla por la independencia está mutando en una ola de terror protagonizada por grupos que han abandonado su esperanza en el proceso de paz, que sienten que la anarquía es el futuro y ven la violencia como la catarsis para la liberación”, señala Heydarian.

La radicalización social se junta con el retroceso del EI en sus feudos de Siria e Irak por el acoso militar de Occidente. Ya ha perdido la ciudad de Mosul y pronto caerá Raqa. La desaparición física del califato empuja a la descentralización y la búsqueda de refugio. El EI ha recibido en Medio Oriente a un millar de radicales del sureste asiático desde que en 2014 se escindió de Al Qaeda por su presunta tibieza e, incluso, creó la llamada Katibah Nusantara para organizarlos y entrenarlos. Ahora sólo pueden elegir entre luchar hasta morir o regresar a Asia.

Hace años que los expertos ya alertaban de la creciente presencia del EI en la zona. Unos 60 grupos han prometido obediencia al autoproclamado califa Abu Bakr al-Baghdadi, según cálculos del Centro de Investigación Terrorista y Violencia Política de Singapur. La organización ha dado coherencia ideológica y cierta unidad de acción a aquella amalgama caótica.

Tampoco es nuevo el terrorismo en la región. La Jemaah Islamiyah mató a 202 personas, casi todos turistas, con sus bombas en Bali en 2002. Ese grupo indonesio vinculado con Al Qaeda también ha atentado en Yakarta (2003, 2005 y 2009) y en el sur de Filipinas (2004). Ahí lleva años desafiando al gobierno Abu Sayyaf, organización integrista especializada en secuestrar y en ocasiones ejecutar a cualquier extranjero que merodea por la zona. El grupo decapitó a un rehén alemán el pasado año y a dos canadienses el anterior. Los movimientos insurgentes violentos están enraizados en las provincias sureñas de Tailandia.

Pero es Marawi la que simboliza el salto cualitativo. Resistir durante dos meses los embates de lo mejor del ejército filipino requiere una logística mucho más compleja que dejar un par de bombas en un destino turístico. El conflicto ha dejado más de 550 muertos: 413 militantes y el resto, militares y civiles.

El sitio empezó el 23 de mayo con la llegada de cientos de yihadistas. Quemaron hospitales, iglesias y colegios, liberaron a cientos de presos y ejecutaron a los civiles que desconocían los versos del Corán mientras sus francotiradores retrasaban la entrada de militares.

Rodrigo Duterte, presidente filipino, envió tropas de élite, vehículos blindados y helicópteros de ataque. Es revelador que en su visita a Moscú negociara la compra de bombas inteligentes y señalara al terrorismo integrista como objetivo. Once militares murieron por fuego amigo en un ataque aéreo forzado por la urgencia de sofocar la rebelión.

Son días complicados para el ego de Duterte, votado en masa por su reputación de solventar los problemas con más celeridad que modales. El dirigente decretó durante dos meses la Ley Marcial en toda la isla meridional de Mindanao, con más de 20 millones de habitantes, y la semana pasada pidió al Congreso su prórroga hasta fin de año.

La Ley Marcial devuelve los peores recuerdos desde que el dictador Ferdinand Marcos la utilizara para su represión impune a cualquier elemento incómodo.

“Los terroristas prefieren núcleos urbanos en regiones periféricas de grandes países. Mindanao es un ejemplo. Como hemos visto en Butig y Marawi, un ataque antiterrorista en ese ambiente puede necesitar semanas para ser eficaz a pesar de su ventaja en número, entrenamiento y tecnología”, explica Muhammad Haziq Bin Jani, analista de la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam.

Un francotirador de las FDS en Raqqa. Foto: AP / Hussein Malla

Un francotirador de las FDS en Raqqa. Foto: AP / Hussein Malla

Coordinación regional

La invasión fue la respuesta al intento de las fuerzas armadas de capturar a Isnilon Hapilon, un veterano militante filipino ungido por el EI como su líder en el sureste asiático y por el que Estados Unidos ofrece 5 millones de dólares.

Manila sospecha que Hapilon, quien aún resiste en Marawi junto con unos 60 fieles, emitió una llamada de emergencia al grupo islamista Maute. Los yihadistas llegaron en masa a la ciudad desde buena parte del continente. Casi una decena de nacionalidades han contado ya las fuerzas de seguridad, un signo de que Filipinas lidia con algo más grave que las acostumbradas células locales desorganizadas.

“Lo que está ocurriendo en Mindanao ya no es una rebelión de ciudadanos filipinos. Se ha transformado en una invasión de terroristas extranjeros”, aclaró Jose Calida, procurador general del país.

“Hay más extremistas de los que nunca habíamos visto en cualquier ataque de la yihad en la región y más de los que hemos visto en la insurgencia filipina. Eso revela que hay más coordinación regional que antes, en parte por la facilidad de las comunicaciones de las redes sociales”, señala Sidney Jones, directora del Instituto de Política y Análisis del Conflicto (Indonesia).

Un video viral del pasado año certifica el viraje hacia el sureste asiático. Un militante barbilampiño malasio aconseja a los yihadistas de la zona viajar hacia Filipinas si no pueden alcanzar Medio Oriente o, si todo falla, hacer la Guerra Santa allá donde estén. Después mata ante las cámaras a tres prisioneros cristianos con la icónica decapitación del EI. El mensaje ha calado en las bolsas integristas del sureste asiático, que han encontrado de repente un destino más accesible.

Un estudio de Bin Jani apuntalaba el trasiego de extremistas por la zona: basta que cualquier aprendiz de yihadista malasio pague 120 dólares para que el EI lo traslade a Filipinas y le dé un arma. La Guerra Santa, pues, ya está al alcance de todos.

Los expertos debaten sobre el grado de control que el EI mantiene sobre los grupos del sureste asiático. Subrayar el ­vínculo es mutuamente beneficioso: los militantes disfrutan del plus mediático del sello EI que antes otorgaba Al Qaeda, asimismo al EI le conviene apropiarse de cualquier atentado cuando acumula derrotas en sus feudos tradicionales.

Esa dinámica recomienda cierta prudencia. Una célula del EI se atribuyó en junio el ataque a un casino de Manila en el que murieron 37 personas. Días después se supo que fue cometido por un jugador ahogado por las deudas.

Michael Kugelman, experto en el sureste asiático del Centro Woodrow Wilson, confirma que medir ese vínculo con la dirección del EI de Medio Oriente en una entidad de contornos tan indefinidos es difícil. “Esos grupos locales pro EI están inspirados por el EI y tienden a ejecutar ataques utilizando su nombre, aunque el EI por sí mismo no los esté organizando”, opina.

El mayor peligro reside en los integristas que después de haber combatido en Medio Oriente regresan a la zona con valiosos conocimientos para unos ­grupúsculos con más entusiasmo que destreza. Algunos gobiernos han extremado el control en sus fronteras para detectar a los elementos sospechosos, pero se encuentran ante la dificultad de probar su participación en actos terroristas.

Tampoco es fácil fijar su compromiso con el EI porque algunos retornan sinceramente desencantados. Y las fuerzas de seguridad sufren la misma falta de recursos de Occidente para seguirlos a todos.

El terrorismo islamista en el sureste asiático crece, se organiza y se internacionaliza cuando los gobiernos aún mantienen una política nacional. La amenaza del EI crece en esta parte del planeta donde los conflictos territoriales y las rivalidades históricas lastran la cooperación transfronteriza de la Unión Europea.

Pero la certeza del peligro compartido está venciendo sus diferencias. Indonesia, Malasia y Filipinas acordaron en la cumbre de Shangri-la el patrullaje conjunto por mar y aire en el Mar de Sulu, utilizado por los extremistas para sus migraciones. El contexto remite a la amenaza que años atrás suponían las insurgencias comunistas que buscaban terminar con los gobiernos en la ASEAN.

“El terrorismo ha alcanzado un nivel sin precedente”, resumió el ministro de Defensa indonesio, Ryamizard Ryacudu.

Hace tiempo que los expertos señalaban a Mindanao como un nido del terrorismo islamista. La isla, con una mayoría de población musulmana, es una excepción en el país católico. Durante años ha sido un territorio sin ley donde se juntaban movimientos independentistas de extrema izquierda, radicales islamistas, contrabandistas, secuestradores y bandidos de todo pelaje. En ese mejunje agravado por la dolorosa pobreza, el EI amenaza con establecer su base asiática de operaciones.

Este reportaje se publicó en la edición 2125 de la revista Proceso del 23 de julio de 2017.

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