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Juventud de Gaza: Cuando el futuro no existe

Diez años de bloqueo israelí, tres guerras, autoridades ajenas a sus problemas y una absoluta falta de perspectivas llena de desaliento a los jóvenes de la franja de Gaza. Atrapados por el cerco israelí –con la electricidad acotada, sin posibilidades de trabajo ni de diversión–, la mayoría sólo tiene una opción: huir.

GAZA (Proceso).- “Soñar me hace aún más desgraciada”. A los 19 años y cuando se es una estudiante brillante que cuenta con el apoyo financiero y moral de sus padres, la frase parece un sinsentido.

Farah Baker la pronuncia con voz dulce pero tono severo y se queda triste, silenciosa, con la mirada perdida en la taza de café árabe hirviendo que acaban de servirle en el café de moda entre los jóvenes de Gaza.

“No puedo proyectarme en el futuro, no sé qué va a pasar en Gaza: si va a estallar una nueva guerra y moriré o si las batallas políticas internas van a terminar con nosotros. Por eso planeo sólo lo que haré hoy y como máximo dentro de una semana. Así sufro menos”, prosigue.

Farah vive encerrada en la franja de Gaza, al igual que la mayoría de sus 2 millones de habitantes. Su vida transcurre en estos 365 kilómetros cuadrados que Israel mantiene cercados por tierra, aire y mar desde hace 10 años, cuando el movimiento islámico de resistencia, Hamas, tomó las riendas de la región.

El bloqueo israelí sobre la franja la aísla del resto del mundo pero también de los palestinos de Cisjordania y Jerusalén, hunde a Gaza en la pobreza, multiplica su desempleo y merma la moral de sus habitantes, sobre todo de los más jóvenes.

Farah y los gazatíes de su generación han vivido tres guerras entre Israel y Hamas (2008-2009, 2012 y 2014). Durante la más reciente ofensiva israelí contra la franja, esta joven comenzó a enviar tuits sobre lo que veía desde la ventana de su casa, frente al hospital Al Shifa, uno de los mayores de Gaza, en el que su padre es cirujano. En pocos días sus seguidores en esta red social se contaban por miles.

“Soy activa en las redes sociales porque es lo único que me transporta fuera de aquí, al menos virtualmente. A través de Twitter cuento mi vida y los problemas palestinos. Quiero enseñar al mundo lo que pasa en Gaza. Pero ahora veo que no puedo enviar ningún mensaje positivo. Todo en Gaza es deprimente”, lamenta.

La Franja de Gaza tiene sólo dos puertas: una en el norte, controlada por Israel ya que comunica con su territorio, y otra en el sur, custodiada por Egipto, que lleva más de tres meses cerrada. En este momento hay una lista de más de 30 mil gazatíes esperando salir de la Franja vía Egipto. Son en su mayoría enfermos, estudiantes y empresarios.

Israel concede permisos a cuentagotas a los palestinos de Gaza y la mayoría a personas mayores de 50 años, a enfermos en situación crítica y a algunos palestinos que trabajan para organizaciones internacionales y cuentan con el aval de la institución.

Un niño lee el Corán en una mezquita de Gaza. Foto: AP / Adel Hana

Un niño lee el Corán en una mezquita de Gaza. Foto: AP / Adel Hana

Tres horas de libertad

“Soy joven, no estoy enferma y soy activa en las redes sociales, sobre todo con información sobre las injusticias y crímenes que Israel comete contra los palestinos. Para mí es prácticamente imposible salir de Gaza vía Israel, podría ser incluso arrestada. Y la puerta hacia Egipto está cerrada. Nuestro derecho elemental a la libertad de movimiento es violado cada día”, lamenta Farah.

Esta joven universitaria ha salido tres veces en su vida de Gaza. Las dos primeras, vía Egipto, siendo casi una niña. El año pasado, formó parte de un grupo de chicas invitadas por el consulado estadunidense en Jerusalén a una conferencia en la ciudad palestina de Ramala (Cisjordania). Todas consiguieron la autorización israelí para realizar un viaje de ida y vuelta el mismo día.

“El primer obstáculo fue Hamas. Nos retuvieron horas porque éramos un grupo de chicas. Después llegó el control israelí. Dejaron pasar a todo el mundo menos a mí. Me sometieron a una inspección física, me registraron todo y decidieron que no saldría. El consulado intervino y finalmente me dejaron pasar, pero llegamos a Ramala cuando la conferencia ya había terminado. Conversamos durante una hora con la gente y volvimos. En total, pasé tres horas fuera de Gaza. Fue muy duro”, recuerda.

Según la ONG israelí Gishá, que cita datos oficiales israelíes, 14 mil palestinos salieron de Gaza vía Israel durante 2016 y este año el número será probablemente inferior. En 2000 el número superaba el medio millón de personas.

Esta organización afirma que desde inicios de 2016 los criterios en la concesión de un permiso de salida de Gaza son “cada vez más arbitrarios y miles de personas ven denegada su autorización por ‘razones de seguridad’ sin que haya ninguna otra explicación”.

“Los estudiantes sufrimos las consecuencias de la pésima situación que se vive en Gaza: el bloqueo israelí, la falta de electricidad, el altísimo desempleo… Esos problemas acumulados nos deprimen y nos desesperan e intentamos salir de aquí como sea. Ha habido jóvenes que se han lanzado al mar o han usado túneles clandestinos desde Gaza a Egipto. Algunos murieron en el camino, otros lo lograron”, explica Osama Abu Sakran, de 20 años, estudiante de Relaciones Públicas.

Como todas las mañanas, Osama y varios compañeros se reúnen a las puertas de la universidad islámica. Beben té en vasos de plástico y hablan de futbol, de planes de futuro, de chicas o de la falta de electricidad que castiga a Gaza. Ninguno de ellos trabaja, aunque sea de manera temporal, y cuando no hay clases, como es el caso en julio y agosto, ven pasar los días, idénticos, en medio de un hastío y una desmotivación desoladores.

El discurso se repite. “¿A qué aspiramos? A salir de aquí”, zanja Ahmad Al Buhaissi, de 21 años.

“No me imagino en Gaza dentro de 10 años. Si terminara el bloqueo israelí y las fronteras se abrieran habría trabajo e ilusión y tal vez éste sería un buen sitio para vivir, pero la realidad es que en los últimos 10 años no hemos visto un solo día bueno”, agrega.

Para estos jóvenes, Israel por un lado y la disputa interna entre Hamas y el presidente palestino Mahmud Abás, por otro, acorralan y ahogan a la población de Gaza. Los vaivenes políticos los asquean. “No miran por nosotros, sólo por ellos”, afirma Hadi Imam, estudiante de ciencias políticas. “Y mientras tanto, los jóvenes palestinos de Ramala o Jerusalén disfrutan de la vida y los estudiantes israelíes ni se imaginan qué tipo de vida podemos llevar en Gaza. Todo es terriblemente injusto”, concluye.

En las últimas semanas la batalla política entre los islamistas de Hamas y la Autoridad Palestina de Abás, quien no tiene prácticamente poder en la Franja desde hace 10 años, se ha recrudecido. Para hacer presión a Hamas, el presidente palestino ha dejado de entregar salarios a una parte de funcionarios oficiales, ha jubilado anticipadamente a varios miles de empleados públicos y decidió no pagar a Israel por una parte de la electricidad que suministra a Gaza. Esta medida ha agravado la crisis eléctrica crónica que sufre la Franja y actualmente la población sólo disfruta de entre cuatro y seis horas de electricidad al día.

Gaza está más a oscuras que nunca.

Un niño palestino en las ruinas de una vivienda destruida en Gaza. Foto: AP / Khalil Hamra

Un niño palestino en las ruinas de una vivienda destruida en Gaza. Foto: AP / Khalil Hamra

Morir a la espera de un permiso

Día tras día, la angustiosa espera borra lentamente la vida de los ojos de Fatma Abu Zuaiter, una de las 2 mil 500 personas que aguarda un permiso israelí para salir de la Franja por razones de salud. Desde octubre de 2016, cuando le diagnosticaron cáncer de colon, esta profesora en una escuela de la ONU pudo salir tres veces a un hospital a Jerusalén donde recibe el tratamiento que en Gaza no le pueden administrar.

“Desde entonces me han rechazado 10 veces. Siete los israelíes y tres Hamas. Los israelíes me han convocado varias veces para interrogarme, pero me han negado el permiso por razones de seguridad. Las autoridades de Hamas consideraron que tanta entrevista con Israel era sospechosa y decidieron bloquearme también”, explica con tono cansado desde su cama del hospital Al Rantissi, en Gaza.

En la habitación el calor es insoportable. Los generadores del hospital, que trabajan 20 horas al día debido a la falta de electricidad, se usan prioritariamente para incubadoras, pacientes conectados a respiradores, diálisis, climatización de los quirófanos, etcétera.

Fatma acaba de cumplir 25 años, está agotada y sufre. Sólo le brillan los ojos cuando habla de su único hijo, de tres años. Pasa las horas en la cama y acompañada por su madre y una hermana. La enfermedad avanza y la desesperación de la familia también.

“En dos semanas volveremos a pedir otro permiso. Hay organizaciones humanitarias que nos están ayudando. La quimioterapia que necesito no existe en Gaza. Tengo que salir sí o sí”, insiste.

La Autoridad Palestina de Abás paga por el traslado y tratamiento de Fatma y de la mayoría de los pacientes de Gaza que son atendidos fuera de la Franja.

En este momento 80% de la población de Gaza depende de la ayuda humanitaria para subsistir y el desempleo bate récords. Entre los jóvenes roza 70%. Paralelamente no tiene apenas analfabetos, su educación es de calidad y la mayoría de los jóvenes puede completar sus estudios universitarios.

“Yo les digo que los problemas se sobrellevan mejor con la mente clara y ordenada. Que la vida sigue y tienen que ser fuertes porque la mayor autodefensa de un joven es la educación”, explica el profesor de farmacia, Salah El Sousi.

“Dentro de dos años terminaré mis estudios de administración de empresas y no encontraré trabajo porque el desempleo será aún más alto. Con suerte terminaré trabajando en un banco o de secretaria en cualquier empresa”, apunta Farah.

Ninguno de los abundantes clientes del café donde transcurre esta entrevista supera los 30 años. Además del aire acondicionado, el wifi gratis lo convierte en un punto de encuentro perfecto para los jóvenes que durante sus vacaciones se limitan a estar en casa, ir a ver el mar y poco más. Todas las chicas llevan el cabello cubierto con un velo y la mayoría viste túnicas de manga larga hasta los pies.

Farah lleva pantalones y usa velo desde los 17 años. Asegura que el peso de la tradición en Gaza es “fuerte” y hay actividades simples que no puede hacer por ser mujer: “Ir a ciertos cafés, andar en bici por la calle, conducir de noche o bailar en público en una boda, por ejemplo. No es que nadie me lo prohíba, sino que las miradas sobre mí me harían sentir muy incómoda”.

Palestinos caminan en la orilla del mar en Gaza. Foto: AP / Adel Hana

Palestinos caminan en la orilla del mar en Gaza. Foto: AP / Adel Hana

Vivir en 360 kilómetros cuadrados

En línea recta, 50 kilómetros separan a Beit Hanun, localidad más al norte de Gaza, de Rafah, la ciudad más al sur. La visión del mundo de Bashar Taleb, fotógrafo para una agencia de comunicación palestina, se reduce al espacio comprendido entre estas dos localidades. A sus 27 años jamás ha salido de Gaza. La falta de permiso, sus escasas posibilidades económicas y el hecho de haberse convertido en cabeza de familia tras la muerte de su padre lo atan a la Franja.

“Pero necesito otros horizontes. Veo en internet cómo podría ser mi vida en otros lugares, cómo viven otras personas, y es todavía más duro porque la comparación con mi día a día es muy dolorosa. He parado de navegar en internet porque estaba llenándome de tristeza, de rabia e impotencia”, afirma.

A diferencia de otros jóvenes gazatíes, el sueño de Bashar no es emigrar sino viajar y volver. Sus cinco hermanos pequeños y su madre lo necesitan y su sentido de la responsabilidad es más fuerte que el deseo de huir. Ha pedido en vano permiso de salida a Israel un par de veces, pero sabe que será casi imposible lograrlo porque su padre fue activista palestino en los setenta y pasó 10 años en una cárcel israelí. Su única esperanza sería viajar vía Egipto. Para ello la frontera debería abrirse, Bashar debería reunir dinero para pagar visas y viaje y aguardar su turno en la lista de miles de gazatíes que esperan que el paso abra en el corto plazo algunos días.

“Si pudiera elegir, iría a París. La ciudad de la luz. Caminaría por las calles durante horas, miraría a la gente para saber cómo se vive allá y cómo es una vida normal, sin preocupaciones y angustias permanentes. Iría al cine porque nunca he ido, ya que en Gaza no hay desde los noventa, y algo importante: me encantaría experimentar la sensación de tener electricidad 24 horas al día”, sueña en voz alta.

Bashar confiesa vivir “anestesiado” desde la más reciente guerra entre Hamas e Israel en 2014 y con el miedo permanente de padecer de nuevo los horrores que contempló entonces. Esos más de 30 días de combates vapulearon su visión del mundo y de su propia existencia. Quiso olvidar pero no pudo y desde entonces intenta blindarse para no sufrir tanto en caso de una nueva guerra.

“Pese a todo creo que la paz puede ser posible. No creo en la vía militar y el enfrentamiento para lograr nuestros derechos como palestinos”, asegura.

Pese al manto de tristeza que parece cubrir la Franja, Gaza también tiene historias con final feliz. Frente a su ordenador, Mohammed Al Fayoumi admite ir a contracorriente y presume haberse quedado en Gaza “por opción”.

Desde hace año y medio presta servicios informáticos a clientes extranjeros. Da trabajo a seis personas y el equipo crecerá en breve. “Pienso que trabajar en Gaza tiene sus ventajas. Por ejemplo, es más barato instalarse aquí que en otra ciudad de la región”, afirma.

La cooperación internacional pone a disposición de jóvenes creativos como él oficinas en un edificio de Gaza por un alquiler mínimo que en el caso de Al Fayoumi ronda los 450 dólares mensuales.

“Dejé mi trabajo fijo y no me arrepiento. Soy mi propio jefe y gano dinero”, afirma este ingeniero de 27 años.

Además dedica tiempo a formar a otros jóvenes para que puedan establecerse por su cuenta y trabajar. Les enseña cómo conseguir trabajo en internet, cómo mejorar la presentación de su currículum o realizar una propuesta atractiva a un cliente.

Pero irremediablemente la realidad de Gaza termina por atraparlo. Desde hace semanas un cliente de Dubái espera reunirse con él y su equipo en Amán. Por Israel no pueden pasar y aguardan a que se abra el paso con Egipto para poder viajar. “La cita no tiene fecha porque no puede tenerla. En cuanto Egipto abra, intentaremos salir”, promete, convencido.

Este reportaje se publicó en la edición 2125 de la revista Proceso del 23 de julio de 2017.

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