Ida Rodríguez Prampolini… a sus 91 años

CIUDAD DE MEXICO (apro).- Tras el deceso de la historiadora y docente Ida Rodríguez Prampolini, hecho que dio a conocer el Instituto Veracruzano de Cultura (Ivec), mismo que fundó y dirigió, Proceso reproduce el reportaje publicado en octubre del año pasado (edición 2086) a propósito de los 91 años de la investigadora emérita por la UNAM.

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Ida Rodriguez a sus 91 años

De joven solicitó al presidente Miguel Alemán una beca para estudiar arte en el extranjero. Hizo así una carrera extraordinaria: doctora por la UNAM –donde impartió clases y fue asistente de Justino Fernández–, fundó y dirigió el Instituto Veracruzano de Cultura (Ivec), que acaba de rendirle homenaje. Tuvo una intensa relación con el ámbito artístico. Autora de más de 20 libros, hoy, con todos los méritos académicos, se lamenta de que a los gobernantes no les importe el deseo de la gente por aprender a cantar, tocar piano, bailar o escribir. “Sólo son una partida de ladrones”.

VERACRUZ, Ver. (Proceso).- En su finca de Antón Lizardo de este puerto, la historiadora, investigadora y profesora especializada en arte contemporáneo mexicano y europeo, Ida Rodríguez Prampolini, de 91 años, se anima a soportar la humedad de una tarde con 27 grados centígrados para conversar sobre su vida, y confiesa que lo que más le ha gustado es ser maestra.

“Me agrada mucho dar clases y recibir las aportaciones de los alumnos”, acentúa con una dulce sonrisa, sus labios pintados de rojo-naranja.

Autora de más de 20 libros y numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales, en charla con Proceso expone que siempre le gustó la música, el teatro, la literatura, la pintura, la arquitectura, pero deseaba estudiar derecho:

“Aspiraba ser abogada, dizque para defender a los necesitados de defensa y que no tenían dinero. Y llegué a la Facultad de Derecho en la UNAM, pero debajo de la escalera se acostaban todos los muchachos en los primeros días de clases, y como en esa época las mujeres no podían usar pantalón todavía, no podíamos subir. Llegábamos y nos íbamos. Así pasaron ocho días.

“Le hablé por teléfono desesperada a mi papá, un médico cubano aquí en Veracruz. Le conté lo de los chicos. Mi papá me expresó: ‘Te dije que la Facultad de Leyes era muy pesada, que los muchachos eran muy groseros y muy latosos’. Me sugirió que fuera a la Facultad de Filosofía y Letras a escoger una carrera. Le discutía que yo quería ser abogada. Total, me convenció, y me fui a Filosofía, y me inscribí en historia del arte.”

Asegura que no le fue difícil escoger esa disciplina porque le gusta mucho el arte. Su mamá, italiana, era pianista, y su abuela y hermanos pintaban:

“Yo bailaba, estaba en danza, ese era mi chiste. Por eso escogí historia del arte. Así llegué a Filosofía de la UNAM, de pura casualidad, por culpa de esos chavos en Derecho.”

El pasado 22, 23 y 24 de septiembre, el Ivec, el cual ella fundó, le rindió un homenaje con mesas redondas –reconocimiento que pasó desapercibido–, distinción que agradece.

Rodríguez Prampolini luce una bata blanca que destaca ante el color ladrillo del sillón en el que está sentada. Tras ella, la vigilan varias máscaras típicas mexicanas de diversas hechuras, y al frente la observa Ernesto Che Guevara de cuerpo entero en una foto poco conocida de él.

Odio jarocho

Nacida el 24 de septiembre de 1925 en el puerto de Veracruz, relata con muy buen ánimo que después de la licenciatura se graduó de la maestría en historia del arte en la misma facultad, y se ganó un premio, el cual, concreta, “cambió mi vida”:

“El reconocimiento era una beca a Estados Unidos, pero como detesto ese país, ¡con odio de verdad!, por la invasión a Veracruz, no quería ir allí. Así que fui a ver a Miguel Alemán Valdés, era presidente del país, a quien había conocido de pequeña cuando era gobernador de Veracruz. Entonces lo busqué para ver si me podía cambiar la beca a Europa.”

Estar sentada tanto tiempo la empieza a agotar. En 1991 obtuvo el Premio Universidad Nacional 1991, y en 2001 el Premio Nacional de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. Sigue:

“Conocí a Miguel Alemán cuando fue a la escuela primaria donde yo estudiaba. En esa época, yo contaba con una memoria increíble: lo que leía, lo repetía al instante. Alemán creyó que me daban libros que ya me había aprendido. Entonces escogió otro, abrió una página al azar, leí y se lo repetí, luego me dio otro volumen a leer y se lo repetí. Me preguntó: ‘¿Cómo le haces?’. Respondí que no lo sabía. Me llevó a los demás salones, estaba en segundo año, y me presentó como ‘La niña de la memoria’. Ya no lo vi más.

“Cuando lo fui a visitar con la intención de cambiar mi beca, le mencioné a la señorita que me atendió decirle que lo buscaba ‘La niña de la memoria’, que si me podía recibir. ¡Inmediatamente me pasaron a su oficina! Me preguntó cómo estaba, y qué me pasaba. Le conté del reconocimiento y de mi negación de ir a Estados Unidos. Él argumentó que en Estados Unidos le llamaban Míster Amigo. Le señalé: ‘Sí, ya lo sé, por eso no me cae usted bien. Eso no me gusta nada de usted, pero yo no quiero ir a ese país’.”

–¿No se molestó?

–No. Me interrogó, que qué quería. Le expresé que conocer catedrales, pinturas, museos, artistas, teatros, “quiero ver todo lo relacionado a las artes en Europa, no en Estados Unidos”. Cogió el teléfono, le llamó al secretario de Educación, Manuel Gual, y le comentó que una paisana no deseaba la beca a Estados Unidos que le daba la SEP, sino ir a Europa a ver museos, y el otro le concretó que me enviarían a ver museos. Alemán se refirió a mí: “Te vas a Europa, pero para eso se necesita dinero y tú no tienes, ¿verdad?”. Enseguida mi respuesta fue no. Se metió a otra oficina y sacó una pulsera de la que colgaban centenarios. Me explicó: “Esto no es para que lo uses, sino para que vayas vendiendo los centenarios para tu viaje a Europa”.

“Me avisó que él iría a Europa en un mes y que le preparara un discurso. Asustada le dije: ‘¡Un discurso!, ¿sobre qué?’. ‘Sobre lo que quieras de México, tú harás la introducción’, me detalló. ¡Casi me muero!, nunca había hecho un discurso.”

Rodríguez Prampolini entregó el discurso en París sobre los indígenas en México y la llegada de Hernán Cortés a Veracruz. Según ella, gustó mucho:

“Cuando terminé me fui a su despacho y casi me desmayé, me dieron un gran jugo de naranja para que me repusiera. Al rato él llegó y me indicó: ‘Mañana es otro discurso’. Yo pensé: ‘¡Ay, qué horror!’. ¿Ahora sobre qué?, le expresé, y me sugirió que sobre el petróleo. ¡No sabía ni papa del petróleo! Fui a la biblioteca a investigar e hice el texto, y dizque me salió bien, estaba muy contento, y ya se regresó a México. Yo me quedé en Europa alrededor de tres años. Hasta que se me acabó el dinero.”

Rumbo académico

Ya con varios estudios de posdoctorados en historia del arte en otros países, retornó a Filosofía y Letras de la UNAM y empezó a dar clases desde 1954. Hacia 1957 se integró ahí al Instituto de Investigaciones Estéticas. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia y de la Academia de Artes y de la Unión Académique Internationale de Bruselas.

Da un sorbo a su vaso de agua, para al instante agregar:

“Me gusta historia del arte porque gozo mucho ver la producción artística, y buscaba y estudiaba todo sobre eso. Tenía profesores que eran muy buenos en esas materias. Mi maestro era el historiador Edmundo O’Gorman y me casé con él cuando tenía 23 años, y aprendí muchísimas cosas con él. Duramos dos años porque era más mi maestro que mi marido.”

–¿Le gusta más la investigación o dar clases?

–Creo que ser profesora es lo que más me ha gustado en la vida. Me enfoqué a las artes plásticas porque me encanta la pintura y la arquitectura. La investigación me ayudó a aprender lo que se había hecho en el mundo, sobre todo de México, y así difundir la riqueza mexicana.

–¿Qué corriente pictórica de México le ha llamado más la atención?

–Me gusta más el arte prehispánico. Con el maestro Justino Fernández empecé a estudiar el muralismo. Después ya no me interesó mucho y me dediqué a los antiguos indígenas y las zonas arqueológicas. Luego me llamaron la atención los pintores jóvenes, porque ofrecían cosas novedosas. Por ejemplo, me gustaba el pintor y arquitecto Juan O’Gorman. Su obra era distinta a todo e hice un libro al respecto.

Los libros más conocidos de la académica son La crítica de arte en México en el siglo XIX, 1810-1903; El surrealismo y el arte fantástico en México; El arte contemporáneo, esplendor y agonía; El palacio de Sonambulópolis de Pedro Friedeberg; Juan O’Gorman, arquitecto y pintor; Catálogo del muralismo producto de la revolución mexicana, en América. Décadas 1920-1940; y Presentación de seis artistas mexicanos: Gunther Gerzso, Kasuya Sakai, Mathias Goeritz, Vicente Rojo, Manuel Felguérez.

Al momento se le cuestiona: ¿Por qué le dejó de gustar el muralismo?

–Sin duda, el muralismo fue la aportación más importante que se hizo en México, pero llegó un momento en el que el muralismo con su sentido de lucha social estaba pasando, aunque hay otros artistas que siguen pintando murales.

La canción de Agustín Lara

Interrumpe un instante la charla. Prefiere continuar en su habitación, que cuenta con aire acondicionado, y se instala en la cama para descansar. Ahí la acompaña un canario amarillo llamado Agustín, en honor al cantautor veracruzano Agustín Lara, su amigo.

Ya cómoda, revela que le agrada la obra de José Clemente Orozco:

“Un día lo vi pintando el mural “Alegoría nacional” en la Escuela Normal. Me senté como una hora en los escalones a ver cómo trabajaba. Me comentó si no me había aburrido. Le manifesté que, al contrario, que era precioso lo que hacía. Me invitó a ver sus trabajos en su casa, donde vivía con su esposa Margarita y su hijo, y fui un día. De ahí surgió una amistad.”

–¿Qué aportaron los pintores de la generación de la Ruptura?

–Intentan un nuevo tipo de arte. Fue un movimiento muy importante en su época, pero desapareció. No era su propósito terminar con el muralismo, porque muchos de ellos crearon murales, pero preferían el arte no mural.

–Luego viene toda una generación de pintoras, las damas del surrealismo, ¿no?

–Sí, empiezan mucho las mujeres a pintar. Leonora Carrington y Remedios Varo aportaron mucho, expresaron sus inquietudes, vivencias, complejos y obsesiones de otra manera. Eran muy buenas artistas las dos. También surgieron fantásticas fotógrafas como Katy Horna, quien tomó con su cámara hermosas edificaciones.

Acepta que su pintora favorita es Frida Kahlo y le da gusto que esté en primer lugar en el gusto del público.

“Me llama mucho la atención su dolor en su obra”, concreta.

Puntualiza que el arte de las generaciones del momento, “que ofrecen grandes instalaciones”, no lo ve con buenos ojos:

“Ponen una caja de zapatos o una silla o fierros, en fin, y ¡ya es arte! A mí me parece muy sin sentido. Sólo es una mercadotecnia tremenda.”

Su segundo matrimonio fue con el italiano Ferruccio Asta, con quien tuvo un hijo, también Ferruccio. Su tercer esposo fue el pintor y arquitecto Mathias Goeritz, mexicano de origen alemán con quien también tuvo un hijo, Daniel.

Extiende con ternura que ya se siente un poco cansada; no obstante, desea seguir con la plática.

–¿Es verdad que el compositor Agustín Lara le compuso una canción? –se le interroga de golpe.

–Sí, yo me críe en La Huaca, un barrio de afrodescendientes. Vivía a una cuadra. Mi papá era el director del Hospital General e iba casi todas las noches a La Huaca a ver qué se ofrecía, tenía pasión por todos los enfermos pobres. Yo era amiga de todos. Jugaba con muchos niños. Fue una de mis épocas más felices. Por la gente de La Huaca fui reina del carnaval. A Lara lo conocí muy pequeña, vivía en la misma calle que yo. Me quiso mucho, y cuando fui reina del carnaval me escribió la canción “Mi reina”.

Aquí la letra:

Un pedazo de cielo con estrellas

tu manto formará

Y a tu paso vasallos y doncellas

así te cantarán:

Reina, mi reina,

tu mejor diadema

está en tus cabellos

que la brisa peina.

Reina bonita,

los duendes robaron

las perlas mejores

para tu boquita.

Oye, señora

tus ojos fascinan

con la primavera,

su lumbre devora.

Reina preciosa

quiero que me incendies

quiero que me mate

tu mirar de diosa.

Reina, mi reina…

–Usted se preocupó siempre por la cultura popular, ¿verdad?

–Sí, quería ayudar a que la gente en general aprendiera a pintar, bailar, cantar, en fin, por ello fundé el Ivec, del cual fui directora de 1987 a 1993. Se llenó de alumnos. E inauguré en el estado 57 casas de cultura, 11 museos y dos escuelas de educación artística. También me preocupó la situación de nuestros artesanos. Fui directora del Consejo Veracruzano de Arte Popular.

Hoy cree, y le angustia, el olvido en el cual están la cultura y el arte popular. Además, le alarma la violencia desatada en el país:

“Es una gran tragedia que México se encuentre así, cuya culpa en gran medida es de las autoridades y su ambición de poder y riqueza. No les importa a los actuales gobernantes si la gente desea aprender a cantar, tocar piano, bailar o escribir, sólo son una partida de ladrones.

“México está muy mal desgraciadamente, y hay muy pocas personas preocupadas por componerlo.”

Acerca del autor

Nació en la Ciudad de México. Estudió ciencias de la comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Desde 1991 inició en el periodismo. Ha trabajado en los diarios mexicanos El Universal y La Jornada, entre otros, y el periódico español El País. En 1999 ingresó a Proceso, donde labora hasta la fecha.

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