“Natures vives”, de Ramón Xirau, entre la luz y la sombra

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Natures vives, libro de poesía de Ramón Xirau (1997), mantiene una continuidad con sus viejos temas poéticos: el mar, los brillos del agua, las sombras de las hojas, los follajes, las frutas, las avispas, el sol, los vitrales. Estas viejas presencias poéticas de su poesía, casi viejos personajes, siguen todavía morando en estos nuevos y tan antiguos versos.

El tema de la presencia de las cosas es fundamental en Xirau y lo sigue siendo en este libro, pero la presencia está aquí recortada por una luz otra, recortada por su sombra, podríamos decir. Es una presencia sumergida en la soledad la que habita estos poemas. Y esa voz poética suya –tan acostumbrada a los maridajes, a las redes de reflejos y amalgamas entre las palabras y entre las presencias– aquí se atreve a recortar cada una de las formas contra un abismo, y a darle también una presencia a ese abismo, a darle voz a esa soledad, a esa soledad de inanidad sonora.

Poema particularmente emblemático de esta forma de estar en el mundo es “El Árbol”:

Este es el árbol puro
estas hojas azules
navegan, vida adentro
en el corazón de la Barca.

El árbol se convierte aquí en su inverso, en el recorte de sus hojas contra el cielo, en su ausencia, en lo que no es a partir de lo que es. Este árbol está rodeado de una ausencia, rodeado, de alguna manera por su soledad, la que le permite un viaje, una travesía hacia lo interior, un camino por otra dimensión; esta ausencia es en sí misma como una barca, lo desliza hacia una transformación.

La presencia ha sido siempre, en la poesía de Xirau, apertura hacia la revelación; enjambres, follajes, solimares, marivientos se revelan los unos a las otros en sus poemas. Pero ahora la revelación aparece en otra perspectiva, en otro espacio. Escuchamos en este nuevo libro una revelación que se nos entrega, a través de la soledad y de la ausencia. La soledad es el tránsito, es el camino, es la barca, sin ella no hay viaje a lo interior.

La presencia de ciertos objetos privilegia de pronto su soledad, es la soledad la que parece iluminarlos por dentro, e iluminar el espacio circundante:

Rojas las cerezas
rojo el claustro iluminado
de vidas puras.
Claridad.
El sol, ¿cántico de fuego?
Rojas
las cerezas
todo luz
todo mar
todo claustro.

La soledad, aquí, parece iluminar como por una verdad interna al objeto, es como una luz que lo enciende. Gracias a su soledad, las cerezas, parecen… Una soledad plena de su propia intimidad les da a las cerezas el poder de irradiarse por todo del espacio, de habitar espiritualmente el claustro. La soledad las convierte en un viático límpido, en frutos de un mundo interior, la soledad de alguna manera las purfica y pueden proyectar su ser, no sólo en tanto que sustancia, sino como una luz.

Esta soledad las convierte de naturalezas muertas, que serían en realidad en Natures vives al poder transmitir su luz por todo el claustro.

La poesía ha sido siempre en Xirau una forma particular de alzar la voz, no mediante el volumen, sino como un asombro que irrumpe, una voz en vuelo, voz que canta. Asistimos en el poema a la voz que nace, que surge en un arrebato ante la presencia, ante el amor, ante la belleza. La presencia sería provocadora de un alzamiento de la voz, de canto, poético.

Pero en Natures vives la voz más que alzarse parece, por momentos, que se desnuda, que se hunde bajo el pudor de lo más hondo. Ciertos poemas hablan como diamantes, comprimidos por dolor, el peso, el frío de las pruebas más difíciles, forzados a lo esencial. Es esa palabra esencial la única que, contra el abismo del mal y de la muerte, es capaz de sostenerse, sostenernos –la única capaz de convertir la noche en luz blanca.

Se llamaba Job aquel que en el Hus vivía
todo él “temor de Dios, ajeno al mal”.
Ah mal y muerte
(espiritual)
se alzan
blanca la noche y negro el viento todo.
¿Y hablas tú, Satanás, con este Dios?
Tiéntalo
en el pan del bueno. Y se queda desnudo.
Si, Job todo desnudo
ya no es paciente
no es el árbol que quiere obedecer a las naves
de Dios.
¿Porqué, porqué?, pregunta Job
y maldice la vida,
los racimos y la muerte
–pasan las hojas en el cielo de invierno.

Cuando leo estos versos me viene a la mente Paul Boudiquet hablando sobre los autorretratos de Rembrandt viejo, “es el pintor sobre el paso del tiempo”, señala, “hay que haber muerto varias veces para poder pintar así”. Hay que haber renacido varias veces para poder escribir estos versos.

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