El ocaso de los símbolos imperiales

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Corea del Norte anunció el 28 de julio que había probado con éxito su misil balístico intercontinental, y la reacción de Estados Unidos con sus dos aliados asiáticos, Japón y Corea del Sur, fue de pánico. El dictador norcoreano ha publicitado –y supondremos que las fuentes de inteligencia estadunidenses lo han confirmado– que su país ha conseguido reducir cabezas con carga nuclear para adaptarlas a ese misil balístico.

El día 30 sobrevolaron de nuevo la península coreana los dos bombarderos supersónicos B1 Lancer con capacidad para 48 artefactos nucleares y cientos de proyectiles de uso diverso que se han usado para los amagos de destrucción masiva contra el régimen de Kim Jon-un durante toda esta década.

En esta ocasión el mensaje fue más explícito. Uno de los bombarderos lanzó un misil balístico, que fue interceptado por el escudo THAAD instalado por el ejército estadunidense en Corea del Sur. En la maniobra participaron aviones sudcoreanos y japoneses.

Por ahora, en la fantasía paranoica que sustituye el pensamiento racional de quien sigue esta escalada militar en Oriente, es imposible no preguntarse cómo mirarán chinos y coreanos este resurgimiento de la aviación imperial nipona.

Cierto que la Segunda Guerra Mundial quedó en el desván de los símbolos caducos, pero la memoria de los pueblos no cambia al ritmo de las negociaciones de los políticos pragmáticos. Actualmente el país que encabezó la penúltima embestida de la globalización económica está pendiente de la ley aprobada en junio, que permitirá abdicar al emperador Akihito,

Paralelamente, el país está en máxima alerta desde hace décadas por la acelarada actualización armamentista de ese gigante cuya sombra ha definido muchas de sus características: China. Además, Japón coopera incondicionalmente con Estados Unidos para enfrentar la amenaza económica amarilla, pues la economía japonesa es blanca.

Los símbolos son difíciles de borrar con unas cuantas películas y declaraciones anuales. Más bien se revitalizan cada vez que salen a cuento. En 2005, como parte de las celebraciones de la victoria “rusa” –ya no soviética– sobre la Alemania nazi, se regalaban tanques de juguete a los niños en la Plaza Roja y el Ministerio de defensa auspició una reconstrucción teatral de la toma del Reichstag de Berlín. El embajador de Alemania en Rusia, Rüdiger von Fritsch, presenció el drama y se dijo “preocupado” de que se hiciera la escenificación oficial “olvidando que el Reichstag es hoy el lugar donde se reúne un parlamento democrático”.

Pero volvamos a la aviación imperial nipona, cuyo comandante bien podría replicar: “Se olvida que hoy nuestra aviación está al servicio del imperio del Sol Poniente”.

El imperio de los sentidos

Los medios informativos electrónicos le dieron color al domingo 7 de junio con una noticia que suena a curiosidad: el 10 de abril pasado una de las botanas comerciales preferidas por los japoneses, papas fritas sabor pizza de la firma Calbee, que costaban entre 130 y 200 yenes, según el tamaño de la bolsa, se subastaban en línea a mil 250 yenes cada una, de forma que un paquete de 12 costaría unos 15 mil yenes, equivalentes a 2 mil 530 pesos mexicanos.

El corporativo, que controla el 75% del mercado de papas fritas y el 53% del de botanas empacadas en el país asiático, tiene una alianza estratégica con otros gigantes exportadores como Pepsico y Kikkoman para colonizar con sus alimentos chatarra 14 países, entre ellos España, Corea y Australia. Otros de sus productos son chícharos y aros de cebolla crujientes, con variedades bajas en sal y con salsa de soya.

A partir de la fecha mencionada, Calbee anunció la suspensión temporal de sus ventas por falta del insumo principal. La isla de Hokkaido, donde se produce 80% de la papa para freír –distinta de la utilizada en cocina–, fue azotada por un tifón en agosto del año pasado y la cosecha del tubérculo fue paupérrima.

Esa firma no fue la única afectada. También la empresa Koike-Ya Inc. anunció que dejaría de fabricar 16 de sus productos. Además, sin interés alguno de promover las exportaciones de papa estadunidense, el corporativo de información financiera Bloomberg advirtió que los efectos de la escasez pueden golpear pronto a los restaurantes y la industria del catering.

La solución obvia del problema es la inmediata importación de grandes volúmenes de papa barata de los productores estadunidenses que hace años tocan a la puerta del mercado nipón o bien compran embarques de emergencia desde otros países, pero en el mercado internacional configurado por los países desarrollados esto no es tan sencillo.

En primer lugar, para fortalecer el mercado interno, asegurar los precios de la preciosa producción de Hokkaido y mantener el esquema de distribución agresivamente conquistado por corporativos como Calbee, la legislación japonesa amoldada a los requerimientos de los monopolios dispone de fuertes medidas proteccionistas e impone estándares de ingreso casi inalcanzables para un productor agrícola extranjero, así se trate de los gigantes de la agroindustria. Una de esas regulaciones consiste en la estricta limpieza de las papas, ya que al cultivarse bajo tierra pueden introducir en el país gérmenes y plagas, y otra es la restricción de los volúmenes de importación.

Esas leyes que en el ideograma protegen la salud de la población japonesa dejándola a merced de los alimentos chatarra nacionales, ahora están ahorcando a las estrellas del folclor corporativo.

La situación tiene nerviosos a los inversionistas internacionales y evidencia una vez más las debilidades de un modelo económico que se nos enseñó a admirar como uno de los supuestos “milagros” de la posguerra. Desde hace décadas se debate fuerte en Japón acerca de los aspectos sociales de este desarrollo, sobre todo en el aspecto educativo, pero el tamaño y el dinamismo de la economía acalla rápidamente las objeciones hasta que se presentan circunstancias como esta, que el diario especializado Nikkei Shimbun llamó “la crisis de la papa”.

Lo interesante es que conforme avanza el debate, afloran los mismos puntos que se plantearon con motivo de otra crisis, que recorrió semanas antes otras secciones de los medios informativos al cumplirse su sexto año: el desastre nuclear de Fukushima, cuyos efectos aún se estudian en laboratorios de varios países.

La carencia de papitas sabor pizza y la liberación del monstruo nuclear (tan arraigado en el imaginario japonés) el 11 de marzo de 2011 tienen raíces y causas comunes.

Una de ellas es la imposibilidad de expandir el “espacio vital”, que como en siglos anteriores obliga a que Japón optimice sus pocos recursos naturales; es la premisa principal del uso industrial de la energía nuclear y de los cultivos superespecializados.

Esa realidad también dirige la gestión económica a objetivos prioritarios, como la búsqueda del liderazgo tecnológico y financiero. En el siglo pasado lo alcanzó con creces, a un costo social que a un sector del pensamiento japonés le parece inaceptable.

En semanas anteriores, entre los balances económicos del colapso nuclear, el recuento de daños y la reseña de las decisiones del gobierno japonés sobre la rehabilitación de las ciudades aledañas a la planta nuclear, la nota que salió a flote en más medios de nuestro idioma fue la elaborada por el portal RT en Español a partir de un artículo original de New Scientist.

Un equipo de investigadores del Instituto Noruego para la Investigación del Aire, encabezado por Nikolaos Evangeliou, concluyó que “más del 80% de la radiación liberada en Fukushima tuvo como destino el océano y los polos”, por lo que “la población mundial recibió la menor exposición”. Para tranquilizar a los lectores, comparó esa exposición con la más común: “Cada uno recibió una radiografía extra”.

El investigador se refiere al promedio de radiación de dos isótopos de cesio que alcanzó a cada uno de los habitantes de la tierra, pero es evidente que no se repartió con tal uniformidad y que, de ser concluyentes estos resultados, ahora debe evaluarse el efecto de la radiación acumulada en los polos, sobre todo con miras al calentamiento global.

En cuanto al impacto ecológico, el instituto relacionó el aumento de los niveles de radiación de la zona con la disminución de las aves, insectos y “algunos mamíferos” entre 2011 y 2014.

¿Alguien quedó más tranquilo? En los seis años posteriores al desastre –lo siguen llamando accidente, pero fue la segunda peor fuga radiactiva después de Chernobyl– la empresa operadora de la central nuclear, Tepco, admitió que se liberó 2.5 veces más radiación de lo estimado inicialmente y que el 99% de la radiación fue emitido en las primeras tres semanas.

En 2013 Tepco informó que después del “accidente” vertió diariamente casi 80 mil galones de agua contaminada al Océano Pacífico. Al año siguiente se midió la magnitud de la polución: las fuentes de agua subterránea cerca de la planta de Daiichi, a 80 pies desde el Océano Pacífico, contenían 20 millones de becquereles de estroncio-90 por galón, cuando la norma internacional permite un máximo de 120 unidades por galón.

En febrero de 2015 se notificó de una nueva fuga de líquido radiactivo desde el desagüe de un reactor hacia el mar. Y una semana antes del sexto aniversario del desastre se descubrió un repentino aumento del nivel de radiación en la zona a causa de un agujero de dos metros de diámetro en el reactor 2.

Harta de ese fantasma nuclear que volvió a materializarse en Fukushima, la población de las ciudades cercanas a Fukushima, como Namie, se resisten a volver aunque el gobierno las ha declarado habitables.

No es para menos: es el mismo tipo de gobierno que hizo caso omiso de las advertencias sobre el complicado manejo de la energía nuclear porque suplía los combustibles fósiles y las limitadas capacidades de las plantas hidroeléctricas. El mismo tipo de gobierno que, con un extraño complejo de Godzilla, supuso que el país podría alimentarse de esa energía que le infligió devastadoras heridas en agosto de 1945.

El gobierno que se incorporó sin reservas al modelo económico desarrollado en Europa y Estados Unidos, a sabiendas de que la mayoría de los otros países estaban condenados a hundirse para que los industrializados se enriquecieran.

Seguramente Japón tiene otras alternativas energéticas, alimentarias y comerciales, como las tienen prácticamente todos los países. Nadie dirá que existen soluciones fáciles, pero se avanzaría si en la elaboración de las políticas fundamentales participaran más sectores, además de esos monopolios que terminan enredándose en su poder casi absoluto.

Y ellos no pueden abdicar: las nuevas disposiciones legales se aplican únicamente al emperador.
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