La escritura perdurable de Javier Valdez*

El 15 de mayo de 2017, bajo un sol implacable en la ciudad de Culiacán, fue ejecutado el periodista Javier Valdez Cárdenas. Obvio es decir que el asesinato fue un gesto salvaje de la delincuencia organizada para callar la voz incómoda que señaló con el mismo rigor y valentía los ajustes de cuentas y ejercicio sanguinario de quienes participan en la guerra del narco, así como las alianzas con policías, funcionarios, políticos y demás miembros de esa estructura implacable que responde con balas al razonamiento.

El cuerpo de Javier fue captado por numerosas cámaras y pronto llegó a muchísimos lugares del mundo, en plena calle, muy cerca de donde se encontraban las oficinas del periódico en el que trabajaba y del cual fue fundador, Ríodoce, abatido, con su sombrero tan cerca de él como el dolor; su cuerpo explica, corrobora, que decir la verdad es un acto de justicia y también la posible firma de la sentencia de muerte. El cuerpo de Javier entre la sangre y la tristeza también revela más cosas:

Por desgracia no es el primero ni el último de los periodistas muertos en nuestro país por mostrar verdades crueles e incómodas a la sociedad, días antes su amiga y también corresponsal de La Jornada Miroslava Breach fue asesinada, meses antes Max Rodríguez, Rubén Espinosa, Regina Martínez… los motivos y los nombres son interminables. Es lamentable que la indiferencia se adelante a la justicia para enfrentar la barbarie; Javier Valdez y los suyos ahora son una cifra más, un expediente que nació gastado, sucio, muerto. Son ahora un número ascendente de periodistas, reporteros, fotoperiodistas, analistas sociales, críticos de una realidad política manchada por la corrupción y los excesos, baleados o desaparecidos; un número más de periodistas muertos en este país donde prevalecen la violencia, la impunidad y la desfachatez política.

Conocí a Javier Valdez en 2009. El primer contacto fue telefónico, nos enlazó la editora y novelista Orfa Alarcón, con la aprobación de nuestra gerente editorial, Patricia Mazón; buscábamos una voz que atendiera a las mujeres que participaban en el narco o sufrían su marcha fúnebre, mujeres que vivieran en las entrañas de esta barbarie como esposas, narcas, madres, víctimas, justicieras, levantadas, torturadas. Queríamos ir más allá de las amantes de los narcos, sus compañeras excelsamente maquilladas, sus novias impulsadas al cielo infernal por la ayuda de cosméticos y cirugías. Queríamos saber de seres humanos más terrenales, mujeres que abrieran su corazón para decir su verdad: en qué momento advirtieron la amenaza, cuándo fue que su hermano se metió al tráfico de drogas, a quién mató su novio, qué le hicieron los policías, dónde perdieron sus sueños, o mejor, dónde fueron levantados, violados, torturados…

(…) Semanas después de nuestra comunicación por teléfono visitó la Ciudad de México y nos encontramos. De inmediato su presencia y simpatía llenaron el ambiente; sencillo, encantador, malhablado, travieso, era un niño grande, muy grande. Al verlo no pensabas que ese hombre cubría ejecuciones y levantones, la desolación de madres en busca de sus hijos, la derrota de los hermanos al descubrir el cadáver del padre. No imaginabas que en ese ser de alegría y abrazos había un lugar para la pesadilla, el horror de nuestra cotidianidad marcada por la violencia y la muerte.

Con el equipo de Editorial Aguilar, entonces del grupo Santillana, trabajamos muy de cerca Miss Narco, el libro de Javier Valdez Cárdenas que lo posicionó como un periodista notable, implacable y conmovedor. El éxito del libro nos entusiasmó a todos, se desmarcaba de la frivolidad de algunas publicaciones que se ocupaban de la mujer en el narco para exaltar las operaciones al cuerpo femenino, sus avatares eróticos y los desenlaces fatales de estas mujeres voluptuosas. Miss Narco se hacía a un lado de ese contexto, incluso cuando habló de las reinas de belleza prevaleció la amargura, la desolación detrás de los reflectores y mostró los rostros de jóvenes soñadoras, de hermosa sencillez, ilusionadas, abolidas, abolladas, algunas muertas.

Después atrapó los criterios del mundo editorial con otro libro “premonitorio”, de amargos presagios: Los morros del narco. Justo cuando conversábamos sobre el segundo libro de Javier en editorial Aguilar y discutíamos la pertinencia de hablar sobre la participación de los niños y adolescentes en esta actividad extrema, se dio la detención de un niño narco dedicado a ejecutar al enemigo. Un niño de 13 años más o menos, capaz de decapitar, dar muerte con la adrenalina en cada poro, en cada cabello, en cada espacio de piel temblorosa, un niño verdugo.

Hablamos con Javier, estábamos ante una zona minada, un territorio de guerra creciente. Resultaba trágico y lamentable atender la vida de estos niños cuya inocencia vacilaba entre habitar el trauma o navegar en el estupefaciente. Así armó Valdez Cárdenas su segundo libro con nosotros, retrató a niños sicarios, se acercó a criaturas cuyos ojos extraviados buscaban en la sequedad del barrio la fe muerta, ofreció a los lectores los perfiles de tantos niños desdichados y con ello la certeza que nos deja helados: en ese contexto de abandono, miseria, promiscuidad y carencia es muy difícil, tal vez imposible, que los niños elijan el colegio, la lectura, la esperanza de una vida mejor. Si vieron a su madre ultrajada, a su padre violento y alcoholizado, si a la mano está la droga, sin duda la puerta al abismo es más grande y no se requiere pasaporte al inframundo, a la noche más oscura del alma.

Después, con la incorporación al equipo de Aguilar de los editores David García y Andrea Salcedo, quienes también trabajaron directamente con él y aprobaron en cada libro su destreza y aciertos no sólo en la pluma –cada vez más afinada, puntual y emotiva–, también en los conceptos y rumbo de sus crónicas/reportajes/retratos de inmensa calidad humana, aun en las zonas más áridas, surgieron los libros: Levantones, Con una granada en la boca, Huérfanos del narco y Narcoperiodismo. La mención de sus títulos me permite acercar a los lectores algunas consideraciones útiles para comprender la labor periodística de Javier Valdez Cárdenas: su evolución como periodista y los temas que destacan en su oficio.

(…) En ese mundo de vértigo y bruma, de calor agobiante o lluvia sucia se movía Javier Valdez Cárdenas. Su propósito: darle voz a los desposeídos, a las mujeres rendidas, a los huérfanos, a las madres que se resisten a enterrar, con los restos de su hijo, a la justicia. En este contexto Valdez Cárdenas, El bato, como le decían sus amigos, buscaba a las rastreadoras, entraba en su dolor; le preguntaba a los niños en qué ocupaban sus horas de orfandad; conversaba con policías receptores de tres, cinco, siete o más balazos, quienes aún se preguntan cómo sobrevivieron; aguardaba la respuesta de los drogadictos mientras miraba en sus pupilas la angustia, el trastorno existencial, el abandono, la desilusión…

A esas madres valientes se acercó Javier, mujeres que iban del forense a la comandancia, las que bebían rabiosas sus lágrimas para no olvidar; también a los taxistas que en busca del sustento para sus hijos vieron asomarse en la madrugada, de una troca silenciosa y lenta, la majestad de un cuernos de chivo; a los hermanos del levantado, del muchacho que no pudo pagar la deuda, no se puso a mano con “el bueno” y ahora muerde y remuerde el gusto amargo de la tierra, seco y reseco entre hierbajos, muerto y vuelto a morir arrumbado en cualquier pedazo del monte; a los padres de la enfermera alegre y de gran corazón cuya ayuda desinteresada la distinguía entre sus compañeros, a esa joven de mirada brillante cuya bala indiferente anidó en su cabeza para cerrar sus ojos tan llenos de luz… Tres temas son esenciales en la obra de Javier Valdez Cárdenas: la infancia sin amparo, desolada y ahogada en los vicios en la pobreza y la desesperanza; la condición femenina desde el punto de vista de la madre del narco, la hija del narco o la pareja del traficante, y la fractura familiar, los agujeros en el alma que deja no sólo la ráfaga en los cuerpos, también el enfrentar la muerte del padre, el hijo, el ser amado, cercano o no, delincuente o no, la ruptura familiar con su larga lista de complicaciones que van del dolor profundo y perdurable a las necesidades económicas si el padre, la madre o el hijo eran los surtidores.

Dos libros dedicó Javier a la condición infantil y sus tribulaciones: Los morros del narco y Huérfanos del narco; además en sus otros volúmenes asomaban su tragedia niños desamparados, niños asesinos, niños drogados, niños inmersos en la vida miserable, la violencia y el destino fatal. Valdez Cárdenas, padre también, padre amoroso, lograba rescatar del rostro triste e infantil un perfil de honda aflicción, el encuentro con los niños resultaba devastador y de una ternura amarga, difícil de digerir.

(…) Ese hombre feliz, festivo y generoso era Javier Valdez Cárdenas, siempre dispuesto a la broma, siempre atento a las palabras de sus interlocutores, irrespetuoso y encantador, preciso y notable en su forma de hacer periodismo, con esa energía de quien se guarda sus aflicciones –claro que las tenía–, sus preocupaciones y penas, para convidar a los demás la parte avasallante, risueña de su ser digno y valiente.

* Fragmentos del prólogo a la antología Javier Valdez Cárdenas. Periodismo escrito con sangre (Aguilar, 2017) y publicado en la edición 2126 de la revista Proceso del 30 de julio de 2017.

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