La mentalidad priista

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, no es un ensayo sobre “lo mexicano”, sino sobre el PRI. El autor jamás deslindó los dos porque él mismo estaba hundido en esa mentalidad, donde México es tan singular que merece ser lo único en que pueden pensar los mexicanos. Cuando digo “mentalidad” me refiero a la inercia de lo trivial. No existe, por supuesto, “lo mexicano”, sino un modo de dominación. Roger Bartra lo advirtió así en su respuesta a Paz, La jaula de la melancolía, que este año cumple 30 de publicada: “La definición de ‘lo mexicano’ es más bien una descripción de la forma en como es dominado y, sobre todo, de la manera en que es legitimada la explotación”. Es la mitología del sometimiento, que viene de Samuel Ramos y de José Vasconcelos: el relajo, la desidia, el fatalismo, el complejo de inferioridad, el resentimiento, el valemadrismo, el sentimentalismo caben en el uso de las máscaras, la Conquista española narrada como complejo freudiano –y su redención en la Virgen de Guadalupe– y en burlarse de la muerte. Apunta Bartra: “La indiferencia ante la muerte del mexicano es un mito que tiene dos fuentes: la fatalidad religiosa que auspicia la vida miserable y el desprecio de los poderosos por la vida de los trabajadores”. Toda la construcción de este peculiar “mexicano” abona a la obediencia indisciplinada, a la apatía miedosa, el desgano predestinado y, últimamente, al “todos son iguales” y la imposibilidad de la política, el futuro y el valor de las palabras. Morirse calladitos es la demostración del desaliento sometido.

La mentalidad priista se nutre, además de “lo mexicano”, de una idea de sociedad indivisible con la que se topó. Con la Independencia y el caótico siglo XIX, la élite fue construyendo una idea del Estado que no era, como se suponía, un pacto entre ciudadanos, sino un orden corporativo hecho de distintos grupos que se iban acomodando. Así, los ciudadanos no eran iguales entre sí a la hora de votar ni ante la ley, sino en función del lugar jerárquico que ocupaban. El Señor Presidente, antes que simplemente un tirano sexenal, era el sujeto con la mejor posición jerárquica para ordenar a los demás y adjudicar decisiones y recursos. Una de las ventajas que tenía su posición era la de tener un horizonte de visibilidad más grande que el resto, por mirarlo desde la cima. ¿Cuántas veces no escuchamos que el Partido o el Presidente velaban por el “interés nacional”, cuando en realidad perjudicaban a la mayoría? Había algo de místico, de adivinación, en el nuevo proyecto de cada sexenio, que no tenía jamás que ver con los intereses de los ciudadanos, sino con un plan maestro para dejar de ser un país pobre o subdesarrollado o no modernizado. Ese plan venía no del Presidente, sino de su otro cuerpo, trepado en la cúspide y contemplando la geografía patria.

El presidencialismo priista cambiaba cada seis años por decisión del Presidente, quien designaba a su sucesor. Este llamado “dedazo” permanecía en secreto hasta que se cumplían los tiempos legales y ocurría, entonces, el “destape”. Se abría entonces una recombinación de elementos que buscaban un nuevo acomodo. Como el Partido era único, los perdedores podían aguantar hasta la próxima recombinación. La política mexicana conjuga un sólo verbo y no es, como decía Martín Luis Guzmán, “madrugar”, sino “acomodarse”. Se llevaban a cabo, entonces, unas elecciones que sólo era un plebiscito para refrendar la decisión del Presidente. En México nunca hemos tenido ciudadanos, sólo votantes. Éstos iban a las urnas a ratificar su pertenencia al Estado. Esa pertenencia es otro pilar de la mentalidad priista: somos producto de una revolución cuyos beneficios sólo son accesibles dentro del Partido. Así, la estructura del Estado, de su burocracia gubernamental, sindical –los sindicatos son su base corporativa–, eran los puestos de trabajo y poder dentro de la jerarquía orgánica. Pero se votaba también por la idea que el argentino Domingo Sarmiento había descrito en el Facundo: “El gobierno es el consentimiento no premeditado que una nación da a un hecho permanente”. Es decir, el Partido fue votado durante todo el posrevolucionario siglo XX porque era la fuente de lo que ya estaba.

Esta idea de que el Estado antecede a la sociedad la vemos todavía cuando los expertos califican a las protestas contra un plan de desarrollo como “obstáculos” a esa movilidad casi mística: el Estado quiere ir hacia adelante pero el pueblo malo –el que se resiste– no lo deja. Por su parte, siendo el Estado monolítico y jerárquico, cualquier oposición, aunque fuera sólo en el lenguaje, se veía como un ataque al régimen. El régimen, más que ser una forma peculiar de distribución del poder, era un principio. Esta es una racionalidad de origen inquisitorial. Todo el que protestaba debía hacerlo dentro de los cauces “institucionales”, es decir, dentro del Partido e instituciones, y esperando, como toda la burocracia, acomodo dentro del Estado. A los pobres, a los indígenas, a las mujeres, se les buscaba “incorporar” a ese gran cuerpo social encabezado por el Presidente en turno y guiado por los planes del Partido. No hay revolución sino dentro de este principio de orden. Y la revolución es el pago de horas extras, los uniformes del equipo de futbol de la oficina, el carnet para la clínica de salud, el vale de leche para los niños. Los derechos no son ejercibles porque están en la ley, sino que deben ganarse con lealtad electoral, en el barrio, el sindicato o el ejido. No hay ciudadanos, sólo súbditos. La cortesana es la única política rentable. Fuera de la corte hay sólo ilusiones, “utopías regresivas”, marginalidad y derrota. La revolución del PRI es un intercambio de las demandas sociales por el altruismo del patrón. Su gran idea es que el Estado antecede a la sociedad y que está manejado desde siempre, con errores y desatinos momentáneos, por una clase que tiene el poder de adivinar qué es lo mejor para el país. En otras manos –se piensa– vendría la debacle.

Lo que quedó fuera del Partido fue sujeto de una forma de dominación cultural: la oposición “dividía” al país, como si se tratara de un pastel que nunca alcanza. Las ideas fuera del Partido eran “extranjerizantes”, es decir, que venían de la Cuba revolucionaria, y no correspondían con la revolución nacional de 1917, que se veía siempre como “incumplida” en sus metas o “desviada” por algunos gobernadores, funcionarios menores, pero que contenía todavía la fuerza de una Constitución que era una aspiración para el futuro. Llena de derechos que jamás se cumplían, lo “constitucional” se llenó de mitologías. Sus héroes derrotados eran quienes querían forzar su cumplimiento. La Constitución, como texto místico, fue modificada hasta hacerla contradictoria con la Revolución Mexicana, pero guardó su aura de lo deseable, de ese país que, obedeciendo al Estado indivisible, funcionaría si tan sólo “todos hacen lo que tienen que hacer”. No era por tanto un pacto, sino un edificio. Su metáfora arquitectónica fue el Monumento a la Revolución. Originalmente pensado como la cúpula de un Capitolio por la dictadura de Porfirio Díaz, la construcción iba a simular lo que en la realidad no existía, una cámara de representantes. Pasada la Revolución, los diputados y los jueces no fueron poderes autónomos, sino complementarios del Presidente y del Partido. Y la cúpula fue levantada como monumento, ahora museo con torniquetes.

Hoy, con distintos partidos, ahí donde existe Estado –o sus sustitutos ilegales– hay mentalidad priista. La idea de que todos tienen que irse “incorporando” a él, de acomodarse en sus estrechas posibilidades, demostrarle lealtad y sumisión a la Unidad, se completa con ese otro diseño de que retarlo es dejar de ser mexicano, porque esa esencia es de quien aguanta por valentía, es escéptico por pragmatismo, indiferente hasta con la propia muerte. Por eso cuando algunos hablan de la “restauración autoritaria” –la impunidad a cielo abierto de la corrupción y el asesinato por cientos de miles desde el poder– creo que también tendrían que pensar en ese laberinto priista. En la celda compartida, esa nuestra inercia de lo trivial.

Este reportaje se publicó en la edición 2126 de la revista Proceso del 30 de julio de 2017.

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