Cuando Fox expulsó a las FARC

Marco León Calarcá, quien representaba a las FARC en México desde finales del siglo pasado y fue corrido del país por el gobierno foxista hace 15 años, narra a este semanario ese incidente diplomático –cuyo ejecutor, contra su voluntad, fue el subsecretario de Relaciones Exteriores Gustavo Iruegas–, que significó mucho más que sólo la expulsión de un guerrillero: fue, según el entrevistado, el fin de una era de política exterior mexicana.

BOGOTÁ (Proceso).- En abril de 2002, el entonces subsecretario mexicano para América Latina y el Caribe Gustavo Iruegas citó en su oficina de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) al representante de la guerrilla de las FARC en México, Marco León Calarcá, para comunicarle que el gobierno del presidente Vicente Fox había decidido expulsar del país a todos los delegados de ese grupo insurgente.

En entrevista con Proceso, Calarcá recuerda que Iruegas estaba apenado.

“Era evidente”, dice, “que el subsecretario Iruegas no estaba de acuerdo con esa decisión, porque política y diplomáticamente no tenía ningún sentido. Pero me explicó que era una petición que le habían hecho a Fox el presidente colombiano (Andrés Pastrana en ese entonces) y Álvaro Uribe (quien un mes después sería elegido presidente de Colombia)”.

De acuerdo con Calarcá, Fox y su canciller, Jorge Castañeda, ya habían comenzado a romper antiguas tradiciones de la diplomacia mexicana, como la de jugar un papel neutral frente a los conflictos internos en la región, para dejar abiertas las puertas a eventuales mediaciones, como lo hizo en Centroamérica en los ochenta y noventa.

“Toda esa política exterior mexicana se fue perdiendo desde la llegada de Fox al gobierno”, dice Calarcá.

Y la “presión principal para sacarnos de México fue de Uribe. Él hizo un acuerdo con Fox”, asegura el representante de las FARC en el Mecanismo de Monitoreo y Verificación del cese al fuego y el desarme que, bajo coordinación de la ONU, pusieron en marcha el gobierno colombiano y esa exguerrilla, tras firmar un acuerdo de paz en noviembre pasado.

Durante los ochenta y noventa, diferentes grupos guerrilleros latinoamericanos tuvieron oficinas de representación en México, entre ellos el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, de El Salvador, y la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca, que a la postre lograron acuerdos de paz en sus países con la facilitación de gobiernos mexicanos.

Un mes antes de tomar la decisión de expulsar a las FARC de México, Fox había sido anfitrión, en Monterrey, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Financiamiento del Desarrollo, en la cual restringió la participación del gobernante cubano Fidel Castro, según quedó demostrado con la grabación de una llamada telefónica que éste hizo pública y en la que el panista le dijo: “Comes y te vas”.

Y justo cuando se estaba produciendo la salida de los delegados de las FARC de territorio mexicano, México votó una resolución sobre Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra.

Calarcá sostiene que había una “animadversión” en el gobierno panista con todos los movimientos y gobiernos izquierdistas de América Latina.

Meses después de la expulsión de las FARC de México, Iruegas renunció a su cargo por diferencias con el canciller Castañeda, a quien acusaría en 2005 de trasladar “su ruptura personal con la Revolución Cubana a las relaciones entre México y Cuba” y de tener “una retorcida ambición de poder totalmente desconectada de los intereses del país”.

Para Calarcá, esa ruptura con la izquierda –a la que Castañeda había pertenecido antes de acercarse a Fox– le cayó “como anillo al dedo” a Álvaro Uribe, quien en mayo de 2002 ganó las elecciones presidenciales de Colombia con la promesa de “acabar con las FARC”.

La embajada insurgente

Las FARC, que llegaron a ser la guerrilla más poderosa de América Latina, habían abierto una oficina en México en 1993 como parte de las labores de su Comisión Internacional, que buscaba dar a conocer la lucha de esa insurgencia a los gobiernos, partidos políticos y organizaciones sociales de la región, el hemisferio y la Unión Europea.

“Como integrante de la Comisión Internacional a mí me tocó hacer esa labor en México, Centroamérica, Estados Unidos y Canadá. Y mi base, desde 1993 hasta que nos expulsaron, nueve años después, fue México”, señala Calarcá.

Dice que su principal contacto y apoyo en México fue el exsenador priista Gustavo Carvajal Moreno, quien durante tres décadas desarrolló una gran actividad en la región como dirigente y presidente fundador de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe.

A partir de 1995, los delegados de las FARC en México iniciaron una relación “muy buena” con diferentes funcionarios de la SRE, con los que Carvajal Moreno los puso en contacto.

Cuando Fox llegó a la Presidencia, en diciembre de 2000, fue Iruegas, como subsecretario para América Latina y el Caribe, quien se encargó de los asuntos con esa guerrilla, cuyos delegados en México tenían la visa de residencia permanente FM3.

Todos entraban al país con pasaportes colombianos con sus nombres verdaderos, no los de su vida en la guerra y la clandestinidad. El de Calarcá –apellido que tomó de un cacique indígena colombiano que combatió la conquista española– es Luis Alberto Albán Burbano.

La relación con Iruegas, dice Calarcá, era fluida y “de mucha comunicación”, porque el diplomático –que participó en las negociaciones de paz en El Salvador y Guatemala– sabía que la oficina de las FARC en México era “muy útil para el gobierno colombiano, porque muchas veces, cuando quería hacer contacto con la organización (guerrillera), lo hacía a través de nosotros”.

En febrero de 2002, los diálogos de paz que sostuvieron las FARC y el gobierno de Pastrana en la suroriental región del Caguán se rompieron. Uribe, que entonces era un candidato presidencial que prometía “mano firme” contra esa guerrilla, encabezaba por amplios márgenes todas las encuestas.

Fue cuando, según Calarcá, Uribe y Pastrana –quienes hoy rechazan los acuerdos de paz con las FARC y son aliados de cara a los comicios presidenciales y legislativos de 2018– “presionaron” al gobierno del panista Vicente Fox, quien tenía una gran sintonía política con esos dos colombianos.

Cuando Iruegas comunicó a Calarcá la decisión de Fox de expulsarlos de México por petición de Pastrana y Uribe, el represente de las FARC manifestó su ­inconformidad.

“Pero le dijimos al subsecretario, que era una excelente persona y un excelente diplomático, que si esa era la decisión del gobierno mexicano la íbamos a acatar. Yo no puedo estar en tu casa si no quieres que esté, porque si tú me has dado acogida, si quieres que me vaya, me voy”, dice el dirigente de esa exguerrilla que el pasado 27 de junio terminó el desarme de sus 6 mil 803 combatientes.

Y recuerda que Iruegas, “muy apenado”, les dijo: “Pues ustedes digan cuándo se van… y me avisan”.

En México, además de Calarcá, estaban integrantes de las FARC como Olga Marín y Juan Antonio Rojas, y en ocasiones llegaba Raúl Reyes, jefe de la Comisión Internacional de esa guerrilla y quien murió el 1 de marzo de 2008 durante un bombardeo de las fuerzas militares colombianas a un campamento instalado en territorio ecuatoriano.

“Nosotros le dijimos a Iruegas que nos diera unos días para salir y empezamos a hacer las vueltas internas para ver a dónde nos íbamos. Vimos que había un contexto muy desfavorable. Ya no estaba el PRI, sino el PAN, que de alguna manera quería romper con la política exterior progresista que tenía México. Y era evidente que Uribe nos quería cerrar todos los espacios”, dice Calarcá.

Recuerda que los últimos días en México fueron muy desagradables. “El seguimiento que usualmente nos hacía la policía se volvió hostigamiento, con muchos agentes de civil montando un cerco en la vivienda que ocupábamos… una cosa descarada”.

Las FARC decidieron que los expulsados regresaran a Colombia, donde tras la ruptura de los diálogos del Caguán el conflicto armado interno revivió con intensidad.

“Hicimos escala en Cuba y seguimos para Colombia. Yo entré directo, para hacer contacto con el Bloque Caribe. ¿Por dónde entré? ¿Con qué papeles? No sé”, dice Calarcá sonriendo. “No me acuerdo de nada. Y dejémosla ahí”.

Con el PRI, “la mejor relación”

Marco León Calarcá, quien antes de formar parte de la Comisión Internacional de las FARC era integrante de las milicias urbanas de esa guerrilla en su natal Cali (310 kilómetros al suroccidente de Bogotá), indica que en México daban por descontado que la policía política les hacía seguimiento.

“Pero nunca nos preocupó eso, porque no estábamos haciendo nada diferente a lo que habíamos pactado con el gobierno mexicano que haríamos. Es decir, presentar la lucha de las FARC a los partidos, a organizaciones sociales. México nos había recibido y nunca íbamos a hacer nada que fuera en detrimento del gobierno mexicano”, asegura.

–¿Con el PRI tenían una buena relación? –se le pregunta.

–Sí. Era una relación que siempre se daba a través de Gustavo Carvajal. También teníamos relación con el PRD, el PT (Partido de los Trabajadores). Y había sectores de extrema izquierda que nos cuestionaban que tuviéramos relación con el gobierno o con la derecha. Pero tener relaciones con la derecha no quiere decir que nos estuviéramos volviendo de derecha.

–¿Visitaban muchas universidades?

–Sí, claro. Fuimos mucho a la UNAM. Allá se formó una organización de solidaridad con las FARC y con la paz de Colombia. Algunos de esos muchachos, desafortunadamente, murieron en el bombardeo en el que murió Raúl Reyes. Estaban visitando un campamento de las FARC y ocurrió un bombardeo.

Ese ataque, ocurrido el 1 de marzo de 2008, constituyó una violación de Colombia a la soberanía ecuatoriana, pues el campamento de Reyes se encontraba en territorio del vecino país.

El bombardeo dejó 22 muertos, entre ellos Reyes, guerrilleros de su escolta y los estudiantes mexicanos Verónica Natalia Velázquez Ramírez, Soren Ulises Avilés Ángeles, Juan González del Castillo y Fernando Franco Delgado. La joven mexicana Lucía Morett fue una de las tres únicas sobrevivientes.

Los estudiantes mexicanos habían viajado a Quito para participar en un congreso bolivariano y después se desplazaron por tierra y vía fluvial al campamento de Reyes, cerca de la frontera con Colombia.

–¿Usted coordinó el viaje de esos jóvenes al campamento? –se le pregunta a Calarcá.

–No, yo ya no estaba en México ni tenía comunicación con ellos. Pero ellos seguían teniendo un vínculo con la organización porque habían formado un comité de solidaridad con la paz de Colombia.

–Se ha mencionado que el exgobernador interino de Guerrero, Rogelio Ortega, tuvo estrechos vínculos con las FARC a través de usted. ¿Lo conoció durante su estancia en México?

–Lo conocí en un evento al que nos invitó la universidad (Autónoma de Guerrero) en Acapulco, en 2000 o 2001. Esa fue la relación que tuvimos con él, como con muchos universitarios de esa y de otras universidades a las que íbamos a dar a conocer nuestras posiciones y nuestra apreciación sobre la guerra en Colombia.

–Tampoco faltaron acusaciones de que la oficina de las FARC en México tenía relaciones con cárteles mexicanos de las drogas…

–Esas fueron mentiras que solamente sirvieron para titular de prensa. Esa supuesta vinculación de nosotros, como Comisión Internacional de las FARC, con cárteles mexicanos, incluso fue investigada por la justicia mexicana y concluyó que no teníamos nada que ver en nada de eso.

–¿Y nunca participaron en cuestiones logísticas clandestinas propias de una guerrilla, como el suministro de armas?

–No teníamos nosotros dentro de nuestra misión esa tarea. Fue algo que decidimos desde que se creó la Comisión Internacional de las FARC, dedicarnos sólo a hacer trabajo político y diplomático, a dar conferencias y charlas. O nos dedicábamos a una cosa o a otra. Si no, hubiéramos acabado enredados. Eso siempre lo tuvimos claro.

–¿Y a qué países viajaba mientras estaba en México, porque usted era como el vicecanciller de las FARC, después del “canciller” Raúl Reyes?

–Por todo el mundo. Centro y Sudamérica, Europa, Canadá, Estados Unidos…

–¿Entraba clandestino a Estados Unidos?

–No –dice sonriendo–, tenía una visa de turista por 10 años. La saqué en México. Yo iba mucho a dar charlas en universidades de Chicago, de Nueva York, de varias partes.

–¿Y lo seguían la CIA o el FBI?

–Me imaginó que sí. Pero yo no estaba haciendo nada ilegal.

Este reportaje se publicó en la edición 2126 de la revista Proceso del 30 de julio de 2017.

Comentarios