El caso Venezuela abre el debate sobre la Doctrina Estrada

Aunque los principios de diplomacia exterior que México enarboló con firmeza durante el siglo pasado se mantienen en la Constitución, deben ser sometidos a un profundo análisis, pues hoy, además de ser ignorados, se invocan de manera errada. Y en torno al conflicto interno que padece Venezuela, llegó a mencionarse la Doctrina Estrada sin que viniera a cuento. Los investigadores Ricardo Valero, Jorge Eduardo Navarrete y Lorenzo Meyer, clarifican los alcances de esos principios, y cuestionan el equívoco papel del gobierno mexicano.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Instituida el 27 septiembre de 1930 por el entonces secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada Félix –aunque con el espíritu del “respeto al derecho ajeno” del siglo XIX de Benito Juárez–, la Doctrina Estrada recobró protagonismo hoy a la luz de las escaramuzas entre los cancilleres de México y Venezuela, desatadas por la situación política en el país bolivariano.

Pero el precepto diplomático mexicano no se salvó de los cuestionamientos sobre su vigencia.

Para los embajadores Ricardo Valero Becerra y Jorge Eduardo Navarrete, miembros del Servicio Exterior Mexicano e investigadores en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y el historiador Lorenzo Meyer, académico del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México (Colmex), consultados por Proceso, valdría la pena la reflexión.

El conflicto entre los gobiernos de Enrique Peña Nieto y el de Venezuela, encabezado por Nicolás Maduro, debido a los mutuos señalamientos que se han hecho por violación a los derechos humanos y falta de democracia, escaló durante la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), realizada en Cancún, Quintana Roo, del 19 al 21 de junio pasado, en la cual el canciller Luis Videgaray intentó sacar una resolución contra el gobierno sudamericano.

Entre las críticas al titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SER) de México se enunciaron la violación a dos principios considerados fundamentales de la política exterior, establecidos en el artículo 89 de la Constitución Política: La autodeterminación de los pueblos y la no intervención, referida a la idea de no entrometerse en asuntos internos de Estados extranjeros. Y se invocó en más de una ocasión la Doctrina Estrada.

Los especialistas entrevistados en estas páginas coinciden en precisar el planteamiento de Estrada con respecto a los principios de la política exterior, y en señalar los errores de Videgaray al condenar al gobierno de Maduro, no porque sus acciones no sean reprobables sino porque hechos recientes, como las pasadas elecciones o la desaparición forzada de personas (señalada por la excanciller venezolana Delcy Rodríguez), no le otorgan al gobierno de Peña Nieto autoridad moral para hacerlo.

Práctica mexicana

Exsubsecretario de Cooperación Internacional en la SRE, embajador de México en Chile entre 2001 y 2004 y encargado de las gestiones de paz en el Grupo Contadora, Valero Becerra lamenta “la gran ignorancia” en torno a la Doctrina Estrada –pues no se trataba de desconocer al gobierno de Maduro durante la pasada asamblea de la OEA, encabezada por el uruguayo Luis Almagro.

Incluso otros cancilleres, como Luis Ernesto Derbez, la desconocían, dice al comentar que en alguna ocasión le preguntaron al canciller foxista sobre la doctrina y la relacionó con “algún” personaje del siglo XIX, pero en suma no supo qué contestar.

“Igual que Videgaray llegó a aprender, y no aprendió nunca. Y sin ningún mérito quiso dirigir la OEA (llegó en aquel momento el chileno José Manuel Insulza), y como si hubiera tenido una muy destacada actuación, digna de recordarse, aspira a ser candidato a la presidencia de la República.”

Contrasta a Estrada, “hombre muy culto, cercano al grupo de intelectuales Los Contemporáneos”, para puntualizar que su Doctrina es una declaración “impecablemente escrita, referida exclusivamente al reconocimiento de gobiernos”.

Dicen los enunciados de Estrada textualmente:

“México no se pronuncia en el sentido de otorgar reconocimientos, porque considera que ésta es una práctica denigrante que, sobre herir la soberanía de otras naciones, coloca a éstas en el caso de que sus asuntos interiores puedan ser calificados en cualquier sentido por otros Gobiernos, quienes, de hecho, asumen una actitud de crítica al decidir, favorable o desfavorablemente, sobre la capacidad legal de regímenes extranjeros.”

Añade:

“El Gobierno de México se limita a mantener o retirar, cuando lo crea procedente, a sus agentes diplomáticos, y a continuar aceptando, cuando también lo considere procedente, a los similares agentes diplomáticos que las naciones respectivas tengan acreditados en México, sin calificar, ni precipitadamente ni a posteriori, el derecho que tengan las naciones extranjeras.”

Estrada expone parte de sus motivaciones en el texto “Doctrina México”, publicado en 1931 y recogido en el segundo tomo de sus Obras Completas, compiladas y prologadas por el desaparecido escritor Luis Mario Schneider para Siglo XXI Editores. Dice ahí el diplomático, poeta y escritor, nacido en Mazatlán, Sinaloa, el 12 de junio de 1887, y fallecido en la Ciudad de México el 29 de septiembre de 1937:

“Es un hecho muy conocido el que México ha sufrido como pocos países, hace algunos años, las consecuencias de esa doctrina [del reconocimiento]que deja al arbitrio de gobiernos extranjeros el pronunciarse sobre la legitimidad o ilegitimidad de otro régimen, produciendo con ese motivo situaciones en que la capacidad legal o el ascenso nacional de gobiernos o autoridades, parece supeditarse a la opinión de los extraños.”

Exsubsecretario de Asuntos Económicos en la SRE, embajador eminente del SEM, y titular de embajadas como Venezuela, Austria, Gran Bretaña y Brasil, Navarrete indica que el principio constitucional de “no intervención” está incluido en la Carta de las Naciones Unidas y su propósito es regir las relaciones entre los Estados miembros de la ONU.

La Doctrina Estrada es un ámbito muy diferente, “es mucho más limitada, se le denomina Doctrina y en realidad es una práctica diplomática mexicana”, consistente en decir que México no utiliza la práctica del reconocimiento de los gobiernos de terceros países. Recuerda como un ejemplo el golpe militar de Augusto Pinochet en Chile, donde México decidió retirar a sus agentes diplomáticos.

Tanto Navarrete como Lorenzo Meyer citan por igual el golpe de Francisco Franco a la República Española, cuando se retiraron los diplomáticos mexicanos. Aunque se diga que hubo una intervención del gobierno de Lázaro Cárdenas, “como el gobierno formal era el republicano, no era intervención, era el apoyo a un gobierno amigo”, precisa Meyer.

Para el caso de Venezuela, indica Navarrete, podría llegar un momento, según la evolución de los acontecimientos, en el cual el gobierno de México considerara improductivo y hasta contraproducente mantener sus representantes, entonces “sin pronunciarse al respecto, sin decir formalmente qué opinión o juicio le merece ese gobierno, pues lo contrario sería un acto de intervención, retiraría a sus agentes diplomáticos”.

Agrega que en ese acto habría una censura implícita, pero “hace mucho no aplicamos la Doctrina Estrada y la confundimos; muchos de nuestros actuales funcionarios de Relaciones Exteriores no saben de qué se trata, la mencionan como mencionan las bondades del aire limpio al hablar de cambio climático sin saber qué es”.

Un destinatario

Valero Becerra resume que cuando México nació a la vida independiente como nación tuvo tres problemas: La amenaza a su integridad territorial, siempre acosada por el vecino Estados Unidos, que culminó con la guerra de 1847 y la pérdida de una parte del territorio; el temor a la intervención, que se hizo real ante la imposibilidad de nuestro país de satisfacer compromisos internacionales, sobre todo económicos, en casos como el Segundo Imperio; y ligada a los anteriores, la búsqueda del reconocimiento. España no aceptó reconocer a México sino hasta bien entrado el siglo XIX.

A decir suyo, este problema se agudizó durante la Revolución mexicana, pues todos los gobiernos, lo mismo el del usurpador Victoriano Huerta que el de Venustiano Carranza o Álvaro Obregón, buscaron ser reconocidos. Menciona incluso que no se conoce completamente el contenido de los Acuerdos de Bucareli, suscritos por Obregón para ser reconocido por Estados Unidos. El tema, pues, fue crucial en las relaciones internacionales de México prácticamente hasta el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, refiere el embajador.

Meyer describe a su vez que Porfirio Díaz también negoció y fue reconocido por Estados Unidos hasta que se comprometió a pagar una deuda. Recuerda como la única ocasión en que esta práctica del vecino del norte benefició a México, el derrocamiento de Victoriano Huerta a Madero en 1913, cuando el presidente Woodrow Wilson decide no reconocerlo y retira a su embajador Henry L. Wilson, con lo cual “es innegable que el presidente estadunidense ayudó a la Revolución mexicana y exigió que hubiera elecciones en México”.

A Carranza le “regatea el reconocimiento” por el hecho de haber llegado al poder por la vía de las armas, se lo otorga primero “de facto” y después “de iure” (de derecho). Y en el caso de Obregón, se exigió el pago de la deuda externa y límites en la reforma agraria, indica el historiador.

Esa historia resumida es el trasfondo de la doctrina, “México se está defendiendo de un pasado del siglo XIX y XX. A Juárez lo reconocen después de aceptar el Tratado McLane-Ocampo… Así que Estados Unidos usa el reconocimiento como un arma”. Y Estrada rechaza la idea, considera que está mal y asume que México no debe nunca juzgar a ningún gobierno:

“Claro que eso lo lleva a tener relaciones con un montón de dictadores, con los Duvalier en Haití, por ejemplo, los de Centroamérica que eran unas bestias, y no dice nada. Ahora ya está metiéndose en el caso de Venezuela.”

Para Meyer la doctrina tenía “dedicatoria” pues a su creador le importaba Estados Unidos, la potencia dominante en nuestra región. Anteriormente, por ejemplo, a Juárez no le hizo mella que Europa no lo reconociera tras el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo.

La pregunta es si debe ser sometida a una revisión para saber si sigue siendo vigente. Breve, Navarrete expresa que una reflexión sobre sus alcances y aplicación sería útil.

Meyer responde:

“Sí. Tiene sus bemoles porque cierra los ojos a ciertos horrores, cosas que evidentemente están mal, como tantos dictadores en América Latina donde México no dijo ‘están bien o están mal’. Ahora, con el tema de los derechos humanos eso cambia, ya ningún país puede decir ‘no me meto en lo que hagan otros violando los derechos humanos, es su soberanía, la no intervención, etcétera’. Eso se acabó sobre todo después de la Guerra Fría.

“Y podemos decir: ‘México con qué cara va a andar reclamando, cuando aquí se tienen elecciones como las del Estado de México’. Es decir, aquí no hay democracia en el sentido que supone reclamarle a Venezuela. Se necesita calidad moral para poder decir ‘me meto en asuntos internos de otro país, porque violan normas universales’. Pues se necesita no violarlas uno.”

–¿El tema no es entonces el incumplimiento de la Doctrina Estrada?

–No, porque con el paso del tiempo se ha quedado obsoleta. Todas esas doctrinas tienen fecha de caducidad, la verdad, aunque no se diga.

La Doctrina, como corolario de la no intervención, no ponía ningún requisito ético y México se asumía moralmente neutral frente a problemas internos de otras naciones. Ahora Videgaray sí toma partido, “y mire nada más quién, hay que decirle ‘primero arregla las cosas en casa y si no las puedes arreglar sé discreto, no te metas’”.

Se lo dijo la ahora excanciller venezolana Delcy Rodríguez, al referirse días antes de la reunión de la OEA, a la declaración que el canciller mexicano quiso sacar adelante junto con otros 13 países y no prosperó por falta de consenso:

“Hay que ser realmente inmoral para que, teniendo las realidades que no atienden para sus propios pueblos, pretendan señalar a Venezuela en materia de derechos humanos, en materia de democracia.”

Enseguida señaló que México es el país más violento, el más peligroso para el ejercicio del periodismo, donde el narcotráfico ha penetrado la institucionalidad, convirtiéndolo en un Estado fallido, y donde los desaparecidos suman cifras espeluznantes, y es uno de los países más desiguales; y remató con la frase: “Atienda a su pueblo, canciller de México”. Videgaray calificó la intervención de la diplomática en Cancún como un “espectáculo de majaderías” y reiteró su posición de “defensa de la democracia representativa como única forma de gobierno admisible en el hemisferio americano”.

Con qué cara

A decir del embajador Valero los temas planteados en Cancún no son injerencistas, se pueden tratar pero hay prejuicios o una mala interpretación de la política exterior, además no tenían que ver con la Doctrina Estrada pues no se puso en entredicho el reconocimiento al gobierno de Maduro.

Considera que ha llegado el momento de discutir la vigencia de los principios de esa política, sobre todo porque México ha suscrito la protección y promoción de los derechos humanos, y uno de ellos es la democracia, entonces son temas que se pueden tocar. Pero coincide con Meyer:

“Para tratarlos se necesita autoridad moral y política que no tiene el gobierno de México, con qué autoridad va a hablar de democracia cuando los procesos electorales internos están naufragando… Esto lo debió haber previsto el secretario de Relaciones Exteriores. ¿Qué pensaba, que se iban a quedar callados? Le hablaron de Ayotzinapa, de las desapariciones, del trato a los migrantes, en fin.”

Cuando se le comenta que la ministra de Relaciones Exteriores fue calificada de majadera, lamenta cómo se le criticó y no así al secretario general de la OEA, cuya actitud no fue neutral, se extralimitó al hacer suyo el punto de vista de muchos países, y mucho menos a Videgaray. En este sentido expresa su desacuerdo con la columnista Olga Pellicer (Proceso, 2121), para quien el mayor obstáculo fue “el comportamiento enloquecido, irracional y fuera de cualquier institucionalidad diplomática de la canciller venezolana”.

Valero Becerra juzga la asamblea de la OEA como un fracaso para la delegación mexicana pues no logró sacar la resolución anhelada, “no alcanzó el apoyo suficiente por el reclamo más o menos abierto que hicieron otras delegaciones. Y peor todavía, no previó la reacción del gobierno venezolano cuya delegación se preparó en los términos más amplios, estuvo muy bien organizada, muy bien informada, hizo evidente la poca legitimidad que tenía el gobierno de México para promover la resolución”.

Fue lamentable, concluye, que supusiera que contaba con los votos suficientes antes de la presentación de la resolución, y no los tenía, y la respuesta de Venezuela ni siquiera fue contra el contenido de la resolución sino por la falta de legitimidad del gobierno mexicano para presentarla.

“El canciller no aprendió suficientemente en estos meses que ha estado al frente de la SRE.”

–¿Pero no podría suponerse que está rodeado de quienes sí saben, de diplomáticos del SEM como los embajadores Carlos de Icaza o Gómez Robledo, por decir?

–Sí saben, por supuesto hay un SEM confiable, preparado, competente, no sé si lo asesoraron adecuadamente, y si los atendió o no los atendió. La verdad, es todo un tema la falta de preparación de tiempo atrás de los altos funcionarios y particularmente los secretarios de Relaciones Exteriores. Con excepción de Patricia Espinosa, ninguno ha sido miembro del SEM.

¿Qué sigue frente a la situación en Venezuela? El embajador Navarrete coincide en que Almagro se inclinó por una de las posiciones. Tendría que hacerse un análisis más fino, dice, para descubrir los muchos matices que debe haber dentro de las fuerzas políticas que apoyan al régimen de Maduro, como en las que están en contra, para buscar una iniciativa diplomática regional que elimine la violencia y restablezca los cauces constitucionales.

La idea del referéndum revocatorio le parece absurda, pues cuando una democracia funciona bien no son necesarios este tipo de instrumentos. Resta tratar de ser “un componedor amigable” en esta situación cada día más difícil, “porque cada vez se encona más y la posibilidad de una salida es mucho menor, y mientras esto ocurre la diplomacia se queda sin instrumentos”.

Este reportaje se publicó en la edición 2127 de la revista Proceso del 6 de agosto de 2017.

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