Una cultura sin muros (otra propuesta para la renegociación del TLC)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde que la secretaria de Cultura, Maraqui García Cepeda, nos convocó a varios artistas para pronunciarnos sobre lo que nos gustaría que pasara en la renegociación del Tratado de Libre Comercio, que ocurrirá en cosa de un mes, yo me he pasado preguntándoles lo propio a los artistas con quienes trato a menudo.

En sus respuestas, la mayoría ha usado un verbo: proteger.

Se debe proteger la cultura nacional de la aplanadora de la cultura estadunidense, que llega a nuestro territorio con un aparato de publicidad colosal y es apoyada por la quinta columna de nuestros críticos de arte, típicamente malinchistas.

Sé que promotores del cine nacional están hablando de cuotas, y hacen bien. Creo que los teatristas deberían también notar cómo nuestra cartelera ha venido a ser dominada por los dramaturgos estadunidenses. Sin embargo, quiero acá hablar de una postura –que no excluye un grado de sabio y estratégico proteccionismo– pero sí es diametralmente distinta.

–¿Por qué no hacemos que el TLC promueva el cruce de las fronteras?

Me lo preguntó Philippe Amand, uno de nuestros escenógrafos cuyo prestigio trasciende no solo nuestro territorio, sino el continente. Y me lo preguntó precisamente en un descanso de nuestras charlas iniciales sobre una escenografía que debe viajar entre Buenos Aires, México y España.

–Debemos tener confianza en la calidad de lo que hacemos en México y asumir al mundo globalizado como una oportunidad. Lo que no ha hecho la política cultural mexicana, y es casi increíble que no lo ha hecho, es impulsar ese cruce de fronteras.

Philippe estaba recién llegado de Japón, donde participó con otros mexicanos, en la exposición mundial de escenografía (World Stage Design 2017). Un encuentro donde él ha ganado en otros años el premio principal, con las escenografías de eXtras y de Santa Juana de los Mataderos.

Me contó que este año, como siempre, México ganó varios premios, y que por ello es considerada una potencia en el rubro. Ningún país se compara con la diversidad y originalidad de nuestro arte escenográfico.

Tanto es así, que el representante estadunidense se le acercó para proponerle que en la próxima emisión construyan un pabellón común México, Canadá y Estados Unidos, que se llame Sin Muros.

El pabellón es una gran idea, como lo es el cambio de la mentalidad que propone Philippe para nuestra política cultural.

Canadá protege su cultura con cuotas, pero al mismo tiempo impulsa su cruce de fronteras con múltiples programas: becas, subsidios, festivales de arte canadiense que organiza en el extranjero, pactos de intercambio.

Y para los neoliberales, que no ven más allá de los pesos y centavos, una viñeta: cuando la Secretaría de Cultura de Canadá detectó que unos cirqueros callejeros atraían la atención del turismo, por su maravillosa relectura de lo que es el circo, les preguntó:

–¿Qué necesitan para crecer?

Respondieron:

–Una universidad de cirqueros y dinero para una gira.

Así nació Cirque du Soleil, que ahora viaja por el mundo y sigue basado en Canadá.

No pocos mexicanos han aprovechado la globalización. Revise uno el calendario de giras de Los Tigres del Norte o de Gloria Trevi y descubrirá que dos terceras partes de sus presentaciones ocurren al norte del río Bravo.

Pero revise luego los temas de nuestros críticos y reporteros de arte, y notará que ignoran las puestas de teatro mexicanas que viajan, o los textos de teatro nacional que se montan lejos, o las exposiciones y los conciertos extranjeros de nuestros mejores pintores, escultores y músicos, o las ediciones de libros mexicanos traducidos a otros idiomas.

O revise uno los apoyos para los eventos internacionales que se convocan en México, como el Festival de Cabaret, que cada año organizan las Reinas Chulas, y descubrirá que apenas y a regañadientes son apoyados. (Y eso que, a semejanza del Cirque du Soleil, las Reinas Chulas están revolucionando el viejo arte del cabaret, al mezclarlo con la carpa mexicana.)

El nacionalismo rancio de los críticos y periodistas de arte es idéntico al de nuestros funcionarios culturales: una ceguera más que una mala leche, un prejuicio viejo más que un propósito.

Una correspondencia mínima entre el arte que cruza de norte a sur con el que cruza de sur a norte: he ahí una propuesta concreta para los negociadores que se sentarán a la mesa del TLC.

Eso y un cambio de actitud de toda la política cultural. Nuestra cultura se fortalece al salir de la pajarera y cruzar fronteras, y mientras más lejos vuele, más nuestra será.

Este análisis se publicó en la edición 2127 de la revista Proceso del 6 de agosto de 2017.

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