Una fiscal sentenciada a muerte

Son varias las bandas criminales que la quieren matar, por ello Claudia Carrasquilla, tiene toda la protección posible: vehículos blindados y un contingente de escoltas, además de que duerme con una pistola bajo la almohada. Y es que la fiscal en jefe de Medellín ha golpeado fuertemente a la Oficina de Envigado y al Clan del Golfo, poderosos cárteles colombianos relacionados con las mafias mexicanas de trasiego de drogas.

Medellín, Colombia (Proceso).- La fiscal en jefe de esta ciudad, Claudia Carrasquilla, no sólo tiene 10 escoltas, tres camionetas blindadas y un contingente de policías para protegerla las 24 horas, también está entrenada para utilizar, como una tiradora profesional, su arma institucional: una pistola Jericho Baby nueve milímetros, de fabricación israelí, que, por si acaso, pone debajo de su almohada antes de dormirse.

Esta abogada de 50 años tiene muy buenas razones para tomar todas las precauciones: es objetivo militar de las más poderosas organizaciones criminales de Medellín. El problema para las autoridades que intentan desarticular el plan para asesinar a la fiscal es que, en esa confabulación, no participa una sola banda criminal. Son varias las que quieren matarla.

Las investigaciones de Carrasquilla han golpeado tanto a la Oficina de Envigado como al Clan del Golfo y a las pandillas satélite de estas dos estructuras mafiosas que dominan Medellín y que están relacionadas con los cárteles internacionales de las drogas, en especial los mexicanos.

En febrero pasado, en un allanamiento a una casa en la zona metropolitana de Medellín en la que fue capturado Julio César Salazar Arboleda, Pantera, la policía encontró un escrito en el que se mencionaba una colecta que estaban realizando 26 bandas criminales de la ciudad para asesinar a la fiscal.

Pantera, un delincuente con larga trayectoria criminal en el Clan del Golfo, confesó que ya se habían recaudado unos 65 mil dólares para ejecutar el plan.

“Tenían granadas y fusiles para matarme”, dice Carrasquilla a Proceso.

Según Pantera, el atentado contra la fiscal se planificó “porque ella está encima de las organizaciones (delictivas) y está haciendo muchas capturas, entonces había que pararla”.

Carrasquilla señala que varios fiscales y agentes del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) a su mando han avanzado en la identificación de “varios cabecillas” de “combos” (pandillas) de Medellín que aportaron dinero para asesinarla.

“Vamos a hacer varias capturas”, adelanta la directora de la Fiscalía en Medellín.

Al descubrirse el complot, el esquema de seguridad de la fiscal fue reforzado a tal grado, que hoy está más protegida que el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, un político que ha hecho de la lucha contra el crimen su principal acción de gobierno.

Pero las investigaciones de la fiscal han tocado incluso las puertas del alcalde. El pasado 4 de julio, Carrasquilla giró una orden de aprehensión contra el secretario de Seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, un funcionario muy cercano a Gutiérrez, por sus presuntas relaciones con capos de la Oficina de Envigado.

Villegas se entregó en la sede de la Fiscalía, donde Carrasquilla lo notificó de cargos por “concierto para delinquir agravado”.

De Pablo Escobar a “Otoniel”

Claudia Victoria Carrasquilla Minami era una estudiante de preparatoria cuando su natal Medellín fue sacudida por una ola de atentados terroristas con los que el jefe del Cártel de Medellín, Pablo Escobar, buscaba tumbar la extradición de colombianos a Estados Unidos y doblegar a los gobiernos que lo perseguían.

“Yo vivía en la zona del estadio Atanasio Girardot de Medellín, que es donde se presentaron muchos de estos hechos de violencia. Había masacres, asesinatos de policías, balaceras y carros bomba. Fue una época muy dolorosa para la ciudad y para el país, en la que Pablo Escobar desafió al Estado y mató a mucha gente. Eso me motivó a estudiar derecho”, cuenta Carrasquilla.

Ella es funcionaria de la Fiscalía en Medellín desde 1994, cuando era estudiante de leyes. Empezó como asistente y técnico judicial y en 2003, cinco años después de recibirse, se convirtió en fiscal.

En 2012, fue designada fiscal especializada de la Unidad Contra el Crimen Organizado, cargo desde el cual comenzó a perseguir a los grandes capos de Medellín, la segunda ciudad más importante de Colombia y un antiguo centro de operaciones de poderosas organizaciones del narcotráfico.

Desde la Fiscalía, Carrasquilla vio cómo el imperio criminal construido por Pablo Escobar no se acabó con la muerte del capo, el 2 de diciembre de 1993, durante un operativo policiaco en una casa cercana al sector del estadio Atanasio Girardot.

Uno de los sicarios de más alto rango en el Cártel de Medellín, Diego Fernando Murillo, Don Berna, fue quien asumió el control de gran parte del aparato militar de Escobar cuando éste fue abatido y, con ese poder de fuego, se convirtió en el nuevo “patrón” de las organizaciones delictivas de la ciudad, a las que aglutinó en la Oficina de Envigado.

Don Berna fue el capo de capos en Medellín hasta 2008, cuando fue extraditado a Estados Unidos tras entregarse a la justicia colombiana e incumplir –siguió delinquiendo desde la cárcel– un acuerdo de paz al que llegaron varios jefes narcoparamilitares con el gobierno del presidente Álvaro Uribe.

Ya como fiscal de la Unidad Contra el Crimen Organizado en Medellín, Carrasquilla comenzó una batida contra los herederos de Don Berna: Maximiliano Bonilla Orozco, Valenciano, y Érickson Vargas, Sebastián, quienes acabaron enfrascados en una cruenta guerra por el control de la Oficina de Envigado, que dejó unos 5 mil muertos en la ciudad.

Según informes de inteligencia de la policía colombiana, Valenciano –capturado en Venezuela en 2011 y extraditado a Estados Unidos– era socio de Los Zetas, mientras Sebastián era uno de los proveedores de cocaína del Cártel de Sinaloa.

Tras la detención de Valenciano, Carrasquilla puso la mira en Sebastián.

“Como él estaba tan escondido”, cuenta la fiscal, “dejó la operación de sus negocios criminales en manos de su hermano Frank (Franklin Vargas), y lo primero que hicimos fue ir por éste. Sabíamos que al capturar al hermano, Sebastián tendría que moverse y salir. Y así fue”.

Una unidad de policías y agentes del CTI al mando de Carrasquilla detuvo a Frank en febrero de 2012 en un centro comercial de Medellín. Desde entonces, la fiscal comenzó a ser resguardada por escoltas las 24 horas del día. Seis meses después fue capturado Sebastián en un municipio del área conurbada de esa metrópoli colombiana.

Las pugnas entre Sebastián y Valenciano, los dos capos de la Oficina de Envigado –que lleva ese nombre porque Envigado es el sector de Medellín donde tenía su base de operaciones Pablo Escobar—, y su posterior captura, le abrieron las puertas de la ciudad al Clan del Golfo, el más poderoso cártel colombiano de las drogas.

Con presencia en todos los corredores estratégicos del narcotráfico de Colombia y con un gran músculo militar y financiero, el Clan del Golfo pronto arrebató una buena tajada de las rentas criminales en Medellín (narcotráfico, narcomenudeo, extorsión) a la Oficina de Envigado.

Carrasquilla reorganizó su equipo de fiscales e investigadores para perseguir ya no a una sino a las dos organizaciones criminales que se disputaban el control de esa urbe colombiana integrada por 10 municipios y con una población de 3.9 millones de habitantes.

“Comenzamos a hacer capturas sistemáticas de los cabecillas de la Oficina y del Clan del Golfo. Por eso los jefes ya no son tan visibles, por el temor a ser capturados. Ahora manejan un perfil mucho más bajo, pero aun así los estamos atacando, y por eso las amenazas contra nuestra vida”, señala la fiscal.

La Oficina de Envigado y el Clan del Golfo –una organización que también es conocida como Los Urabeños y que está liderada por Dairo Antonio Úsuga David, Otoniel, el hombre más buscado de Colombia— hicieron un acuerdo de no agresión en 2013, el cual fue bautizado por el experto en violencia urbana Luis Fernando Quijano como “el pacto del fusil”.

Ese pacto, vigente hasta ahora, tuvo como propósito terminar con la ola de homicidios que atraía los reflectores de los medios de comunicación y de las autoridades.

Carrasquilla no aflojó en sus investigaciones y entre 2014 y 2015 llevó a la cárcel a la esposa de Otoniel, Blanca Madrid, y a la hermana del capo, Nini Johanna Úsuga, así como a una veintena de familiares cercanos y lugartenientes del jefe del Clan del Golfo que fueron acusados de delitos como lavado de dinero, tráfico de drogas y homicidio.

De los jefes de la Oficina de Envigado, la fiscal ha capturado a Freiner Ramírez García, Carlos Pesebre (2013); Diego Mauricio Muñoz Agudelo, Diego Chamizo (2016); Julio Perdomo, El Viejo (2017), y Carlos Mauricio Soto Isaza, Soto (2017), así como a 26 de sus lugartenientes.

“Cuando empecé a atacar a estos cabecillas que habían sido intocables en Medellín, se generó mucha molestia en estas organizaciones criminales porque ya no podían estar en la zona de confort, y por eso le pusieron precio a mi cabeza”, dice la fiscal, quien tiene a su mando a 950 personas entre fiscales, investigadores y policías judiciales.

–¿Antes de que usted llegara a la unidad contra el crimen organizado y a la jefatura de la Fiscalía en Medellín había permisividad con estas mafias y corrupción? –se le pregunta a Carrasquilla.

–Las dos cosas. La corrupción la hemos encontrado y atacado dentro de la misma Fiscalía. Y aquí, lastimosamente, mis propios compañeros me decían que yo era boba, que para qué me exponía, que trabajara o no trabajara yo recibiría mi salario. Esa es la mentalidad de muchos funcionarios públicos, lo que me parece muy triste.

–¿Por qué decidió no ser como ellos?

–Porque yo hago mi trabajo por convicción, porque me nace. Yo soy de Medellín y he visto lo que la delincuencia ha dañado a esta ciudad. Entonces, desde muy joven añoraba perseguir a estos criminales. Por eso he capturado a cabecillas que eran íconos y que nadie había logrado capturar, como Diego Chamizo y Carlos Pesebre. No es que sea una heroína, es que ese es mi trabajo.

“Tom”, el siguiente

Una de las capturas que más recuerda la fiscal Carrasquilla es la de Carlos Pesebre, quien debe su apodo a que nació y creció en el populoso barrio El Pesebre de Medellín. El delincuente, quien había sucedido a Sebastián como el máximo jefe de la Oficina de Envigado, cayó en marzo de 2013 en una finca cercana a la ciudad por delación de un exescolta.

Cuando la fiscal lo tuvo frente a ella, en un cuartel de la policía, él la desafió. Le dijo que no tenía ninguna prueba en su contra, que le sería imposible llevarlo a un proceso penal y que ningún hombre en Medellín se atrevería a declarar contra él.

Carlos Pesebre no sabía que Carrasquilla ya tenía a un testigo de un asesinato ordenado por el capo.

“Pero yo en ese momento no le revelé nada”, recuerda la fiscal. “Sólo le respondí que yo no soy igual a los demás fiscales y que el día de la audiencia le diría lo que tenía para incriminarlo como cabecilla de la Oficina de Envigado. Cuando fuimos a la audiencia y empiezo a sacar los elementos probatorios y el testimonio, él solo movía la cabeza y me miraba con ojos de odio”.

–¿Pesebre está implicado en el complot para atentar contra usted?

–No lo he podido determinar. No tengo nombres claros de los cabecillas, pero sí sé que son cabecillas importantes de la ciudad de Medellín y no sólo de la Oficina. Últimamente hemos establecido que el Clan del Golfo también estaba patrocinando económicamente este atentado.

–¿En sus investigaciones se ha topado con actividades de los cárteles mexicanos en Medellín?

–Sabemos que hay un nexo muy estrecho entre las organizaciones criminales de México y de Medellín, y que aquí hay transacciones, pero el tema de los cargamentos del narcotráfico lo han manejado los fiscales especializados en interdicción marítima.

–Tras las detenciones de Pesebre y Diego Chamizo, se menciona a Juan Carlos Mesa Vallejo, Tom, como el nuevo jefe de la Oficina de Envigado. ¿Él es hoy su principal objetivo?

–Sí. Yo ya solicité su captura, pero no lo hemos podido encontrar. Alias Tom es la persona más representativa que tiene hoy la Oficina de Envigado. Él ha llegado a controlar muchas de las rentas criminales en la ciudad y muchas organizaciones más pequeñas están a su servicio. Pero le estamos pisando los talones y lo vamos a agarrar.

Claudia Carrasquilla exhibe en su trayectoria como fiscal unas mil capturas de delincuentes involucrados en las estructuras criminales de Medellín. Sabe que cada uno de ellos es un enemigo potencial que probablemente la quiera eliminar.

La fiscal dice que no tiene miedo por ella, sino por sus dos hijos y su pareja, a quienes trata de dedicarles los fines de semana porque entre lunes y viernes apenas los ve. Sale de su casa a las seis y media de la mañana y regresa alrededor de las 10 de la noche.

Para sustraerse del mundo criminal con el que se topa a diario y para mantenerse en forma, Carrasquilla madruga a hacer ejercicio. Levanta pesas, corre en una trotadora, hace flexiones y tira muchos golpes en sus rutinas de box.

Y los fines de semana escucha música electrónica y cocina pastas y mariscos para su familia y sus amigos, en un intento por hacer de cuenta que esa es la normalidad de su vida.

Este reportaje se publicó en la edición 2127 de la revista Proceso del 6 de agosto de 2017.

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