Caso Rafael Márquez: Deporte, crimen y juicio paralelo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Fue un instante oscuro que iluminó el fuego que precede a la muerte. La habilísima mano había disparado cuatro veces la pistola Parabellum. El sonido estridente del arma penetró en el silencio de la noche africana. Los vecinos de un presuntuoso barrio de la ciudad de Pretoria, entre sobresaltos, perdieron la tranquilidad de su vida cotidiana. En una escena como narrada por Agatha Christie, Oscar Pistorius había matado a Reeva Steenkamp.

Cuando el atleta sudafricano aniquiló a su pareja en el interior de su residencia el día de San Valentín de 2013, en una historia novelesca o periodística del agresor y su víctima como una trama tejida de deporte, fama y logros personales que trajeron aparejada la fortuna económica, quedó expuesto un fenómeno que ya se encontraba larvado desde hace mucho tiempo: en su desarrollo, el deporte moderno ha generado su propia criminalidad.

Que el deporte es criminógeno es algo que ya no se duda. Como una constante actividad humana –el juego pertenece a la naturaleza del hombre– el deporte ha participado activamente y a veces con anticipación en los procesos históricos de mundialización y globalización –sus mecanismos financieros provocan la admiración en el universo de los negocios y resultan atractivos para el crimen organizado–, y se ha convertido en un producto industrial en el mercado, sujeto a las fuerzas invisibles de las leyes de la oferta y la demanda. Esta transformación ha dejado en la evidencia que sus directivos, empresarios –los hay para todos los paladares criminológicos– atletas, deportistas y consumidores (aficionados, hinchas o fanáticos) dan lugar a hechos criminales que ya no aparecen como comportamientos aislados o individuales en ejercicio del libre albedrío, sino que se orientan como conductas que se articulan dentro de las estructuras y sistemas deportivos a los que pertenecen.

Esta tesis puede escandalizar a sacristanes y monaguillos de esta religión de dioses minúsculos que es el deporte. Así que no queda más que ejemplificar. El boletaje es una tentación. Así que no extraña que dirigentes del Comité Olímpico Internacional incurran en la venta ilícita de billetes de entrada a las competencias de carácter olímpico. Las casas de juego contaminan ligas, competencias, partidos y hasta jugada por jugada en sus indetenibles afanes lucrativos. La policía suiza, que es una de las mejor capacitadas para aprehender a los huéspedes mientras duermen a pierna suelta en los hoteles cantonales, se despachó con la cuchara grande y, a petición de los tribunales de Nueva York, barrió con los dirigentes de la FIFA una madrugada. Algunos de ellos ya han confesado sus andanzas y fechorías ante su juez de Brooklyn.

La democracia española no pudo escapar a la tentación de los caudales que ofrece a manos llenas la corrupción. A los políticos y empresarios de ambición desmedida siguieron los dirigentes deportivos. Hoy viven las penalidades de los procesos penales un presidente del club Barcelona y el de la Federación Española de Futbol con todo y su séquito. En Alemania, no obstante sus rígidos controles fiscales, fue condenado por defraudación el presidente del Bayern Múnich, y en Francia Michel Platini ha sido defenestrado por sus debilidades y ambiciones.

Pierre de Coubertin, obviamente sin pretenderlo, postuló el principio inspirador del doping: Citius, altius, fortius. La necesidad de correr más rápido, de saltar más alto y ser más fuerte indujo a los atletas al consumo de sustancias prohibidas. Los deportistas pasaron del dopaje a los delitos de cuello blanco. Lionel Messi y Javier Mascherano, futbolistas argentinos que juegan en España –Barcelona todavía es España– son delincuentes primarios. Así lo determinaron las sentencias dictadas por los tribunales de la monarquía ibérica. Mientras tanto, se inician las diligencias para investigar a Cristiano Ronaldo por haber participado en mecánicas fraudulentas para no pagar impuestos. Por otra parte, los hechos de violencia y sangre se repiten en todos lados. En este campo, Estados Unidos ha integrado un comité para estudiar y prevenir el desarrollo y auge de la violencia de los deportistas que se han visto involucrados en homicidios, lesiones y agresiones constantes de carácter familiar. Claro que no bastan las sanciones privadas en el ámbito deportivo; algunos de ellos han enfrentado juicios y condenas por conductas reprobables, como el adiestramiento de perros de pelea y ganar con ello más dinero.

Respecto al principio de inocencia, se puede afirmar que en México la delincuencia deportiva se repite con más frecuencia en los últimos tiempos. Un exportero del equipo Monterrey está sujeto a proceso por secuestro. Como el jugador hace gala de inteligencia en las entrevistas que le han hecho en la cárcel, expresa conceptos y razones muy interesantes respecto de la estructura del futbol mexicano. En la ciudad de Aguascalientes se juzga en los tribunales a dos jugadores profesionales del Necaxa que provocaron la muerte de un hombre en las inmediaciones de un centro nocturno. Otro jugador, del equipo Guadalajara, fue acusado como autor de un ataque sexual muy grave, en tanto que un entrenador es señalado porque no distingue con claridad a qué se dedican las podólogas y los masajistas al servicio de la empresa deportiva.

El conjunto de hechos relevantes para la ley penal, de los cuales se pueden enlistar muchos más, incluye a los seguidores deportivos. Los partidarios del equipo de futbol Atlético de Madrid apuñalaron y tiraron al río Manzanares el cadáver de su víctima, que era otro seguidor del mismo equipo. La venta y consumo de sustancias prohibidas en los estadios está a la orden del día. Pero el hecho más significativo de los extremos criminales a los que se puede llegar en la tribuna tuvo lugar recientemente en el estadio Kempes, en la ciudad argentina de Córdoba. Sin olvidar las numerosas tragedias multitudinarias en los campos deportivos, la muerte del joven Emanuel Balbo es un caso tan cruel como reprobable. El joven fue golpeado a lo largo y ancho de la tribuna y lanzado al vacío entre el regocijo de sus agresores. El joven Balbo, mientras agonizaba en las escaleras del túnel del estadio –su cabeza había golpeado contra metal y concreto– era insultado por los asistentes a la zona baja de la tribuna. Todos estos excesos han pasado a ser comportamientos normales por las características que presenta el deporte posmoderno.

El deporte acarrea tras de sí sus propios males. Uno de ellos es el juicio paralelo. La digresión, dice Milan Kundera, es un derecho. En ejercicio de este beneficio, cabe señalar que el único remedio actualmente a la mano para evitar la arbitrariedad gubernamental y los excesos sociales son los derechos humanos, cuya normatividad fundamental pretende conducir los destinos de los ciudadanos como personas que son respetables para unos y otros, incluso cuando incurren en la realización de hechos ilícitos porque al fin y al cabo este orden jurídico y legal constituye el ordenamiento jurídico de la decencia humana. En este sentido ha sido muy difícil comprender que los juicios paralelos son contrarios a la democracia, la vida institucional y los derechos del hombre.

Si se exige una descripción de lo que debe entenderse como juicio paralelo, puede atenderse a la siguiente idea: es un juzgamiento que se efectúa al margen de los procesos institucionales de orden público. Expresado en otras palabras, son los juicios que se ventilan fuera de los tribunales. Su naturaleza conflictiva trata de ejercer presión sobre jueces y magistrados, y mientras se lleva a cabo, se destruyen la intimidad, la dignidad, el honor y la vida de las personas. Obviamente, en el juicio paralelo están en juego los hechos, las personas y la información como libertad de expresión, por lo que su tratamiento exige responsabilidades a los medios de comunicación.

Hoy se vive un caso ejemplar que pone a prueba los derechos humanos, y al sistema de procesamiento acusatorio en sus lineamientos de discreción y publicidad frente al juicio paralelo. Ciertamente, los derechos humanos imponen el principio de inocencia que implica la dignidad del ser humano inmerso en los procedimientos penales que se fincan siempre sobre la base de la humillación.

En consecuencia, el sistema de procesamiento oral ha establecido como un principio el secretismo de la investigación y la publicidad del juzgamiento. Todo lo que escape a estos principios constituye un juicio paralelo. No se trata de opinar, criticar y juzgar con negligencia, banalidad o ignorancia, porque el riesgo y el mal para todos es mayor. El caso del jugador de futbol profesional Rafael Márquez Álvarez ha dado lugar a un juicio paralelo sumarísimo. Ha sido denunciado, investigado, se han reunido pruebas en su contra y lo han condenado en 24 horas: ya nada queda de él. Lo han aniquilado. Como postularon los practicantes del juicio paralelo, ha quedado sin dinero, sin futbol y sin carrera. Antes de los tribunales públicos, los medios de comunicación lo han sentenciado. La lección no deja de ser amarga, el deporte acarrea sus propios males.

Este análisis se publicó en la edición 2128 de la revista Proceso del 13 de agosto de 2017.

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