El viaje de Dominga a Nueva Jersey

OAXACA, Oax. (apro).- Dominga ya se había hecho a la idea de que nunca más vería a su hija Paulina. Entre sollozos y agobiada por dolor e invadida por la soledad, llegó un momento en que incluso despidió: “Ya sé que no puedes venir, aunque sea que te manden decir que ya me enterraron”.

Por un segundo, la mirada de Dominga se humedeció, pero contuvo el llanto. Su diminuto cuerpo se contrajo, se hizo todavía más pequeño sobre la silla del salón de juntas de la gubernatura sólo de imaginar que va a viajar en avión para reencontrarse con su hija, a quien no ve desde hace 20 años.

“Es una cosa extraña. Es como si Dios me dijera guarda (los apoyos que recibe de la tercera edad) y lo fui juntando. Ahora voy a ir a Nueva Jersey a ver a mi hija y a mis dos nietos”, comparte feliz.

“Sin querer voy a viajar en avión. Me da mucho miedo. Ni siquiera soñaba que voy a subir a ese aparato. Nunca pensaba de eso”, aclara.

En su corazón se disipa lo malo. Confiesa que hasta bromeó con una de sus compañeras que también hará el viaje:

“Le dije a aquella señora que cuando llegue a Estados Unidos le voy a decir al gringo, ya quiero…”, luego guarda silencio al tiempo que hace un movimiento con su mano derecha, junta la yema de los dedos apuntando hacia la boca.

Al interrogarle qué intenta decir, explica que con esas señas dirá al gringo que ya tiene hambre. No logra contener la risa. Sonríe cubriéndose la boca para ocultar su escasa dentadura.

Luego su rostro se pone nostálgico sólo de imaginar qué va a hacer cuando tenga a su hija frente a ella. Guarda silencio. Se le humedecen los ojos y confiesa:

“Estoy emocionada, muy nerviosa, con ganas de llorar, siento muchas cosas. No sé qué voy a sentir cuando los vea. No te digo que un día yo le hablo llorando a mi hija y me dice ‘¿por qué llora?’. Le dije que ‘porque no te veo’, y me dice ‘pues que no ve las fotos’, y le dije que no es lo mismo”.

Y es que “siempre me dice, ‘voy a ahorrar para ir el fin de año’, y así pasan los años y ya van 20. Ahora menos porque sus niños no quieren venir, entonces le dije ‘y si vienes cuando ya me enterraron, ya para qué’.

La indígena mixteca Dominga Feria López, de 73 años, es uno de los 41 adultos mayores que forman parte del programa Guelaguetza Familiar, con el cual se propicia la reunificación familiar e intercambio cultural de migrantes en Nueva York y California, Estados Unidos.

La directora del Instituto Oaxaqueño de Atención al Migrante, Aída Ruiz García, reconoció que en Estados Unidos radican alrededor de dos millones de oaxaqueños, principalmente en los estados de California, Washington, Oregon, Arizona, Texas, Florida, Nueva York, Nueva Jersey y Georgia.

Y ahora con este programa del gobierno del estado no sólo reencontrarán a padres con sus hijos, a los que no ven desde hace décadas, sino que buscarán fortalecer la identidad y cultura entre la comunidad migrante oaxaqueña radicada en Staten Island, New Brunswick, Poughkeepsie en Nueva York, así como en San Diego y Los Ángeles, California.

Este programa cuenta con el apoyo de dos organizaciones de latinos: Mecenas, en Nueva York, y de la Inmaculada Virgen de Juquila, en California, quienes correrán con los gastos de la estancia de los 41 adultos mayores, entre ellas 33 mujeres y ocho hombres, de entre 62 y 82 años.

Mientras que el gobierno del estado los apoyó hasta conseguir su acta de nacimiento, tramitar el pasaporte, llenar la solicitud de la DS-160, y llevarlos a la embajada en la Ciudad de México. En ese viaje a la capital del país pidieron que los llevaran a la Villa a ver a la virgen de Guadalupe.

De la pizca al destierro

La señora Dominga cuenta que su hija Paulina Hernández Feria se fue de “mojada” muy chiquita, aunque no recuerda a qué edad. Y hace sus cuentas: “Si tiene 20 años que no la veo y ella va a cumplir 35 y entrar a los 36, tendría como 15”.

También recuerda que cuando tenía 30 años se quedó viuda porque a su esposo “se lo llevó el trago”.

“Ya tiene más de 40 años que se murió el papá. Me quedé sola. Yo trabajaba en la casa, pues sé cocinar, tender camas, barrer o trapear en Tlaxiaco con una enfermera”.

Para mantener a sus hijas se dedicó a servir en casas, hacer comida, lavar trastes y asear consultorios.

Ella es originaria de la comunidad mixteca de San Pedro Siniyuvi, perteneciente al municipio de Putla de Guerrero. Tampoco dormía de pensar que a sus hijas les esperaba trabajar en la pizca de mazorca o del café.

“Un día, mi sobrino que era coyote en ese entonces, me dijo que Paulina se quería ir. Hablé con ella y se la llevó por el desierto cuando el camino era más amable. Cobró 10 mil pesos, caminó en el desierto como cinco o seis horas. Luego pasaron. Aguantó a llegar y pasó tranquila.

“Ahorita nadie pasa, ahorita está duro el camino, cobran como 80 ó 100 mil pesos y no pasan (por la política del presidente estadunidense Donald Trump)”.

“Es muy triste porque ya tiene 20 años que no veo a mi hija. Luego le cuento cómo me fue. Aunque sean pocos días (diez) voy a ver a mi hija y a mis dos nietos: Karim y Yoseliyn”. Su cara se ilumina al recordar que apenas en abril conoció a sus nietos, cuando su yerno Felipe Ortiz Chávez se los llevó a la comunidad.

“Apenas en abril conocí a mis criaturas. Yo hablo mixteco y ellos hablan como allá, inglés. No les entendía, sólo abrazaba y acariciaba a mis niños. Uno tiene 7 años y la otra 4. Vinieron con su papá, el sacó su papel y vinieron a enseñarlos. Estuvieron ocho días. Yo les preparaba su comida. Su mamá me dijo lo que comen su carne, yogurt, jamón, fruta. No probaron lo de acá. Bueno, sí probaron unos tamalitos de frijol nada más”.

“Y ahora cuando yo vaya allá (este sábado 19) no me preocupa qué vaya a comer o si hace frío, porque allá comen pan y yo estoy acostumbrada a mi tortillota. También dicen que hace frío y cae nieve. A veces la nieve les llega a la cintura, pero no importa, como pan si no hay tortilla y me tapo con la cobija, me acuesto y ya no me levanto si hace frío, lo importante es que voy a estar con mi hija.

Al regresar, le espera otra realidad: seguir rentando un cuarto en la ciudad de Tlaxiaco para lavar trastes de la gente, asear casas para así poder comer, pues su hija de Estados Unidos le manda unos mil pesos, “cuando le alcanza a la pobre, si mucho me manda dos o tres veces al año. La otra está con sus quehaceres, en mi pueblo Siniyuvi”.

Sin embargo, todo eso no le arrebata su felicidad: “Es que nunca en mi vida soñaba que esto me pasaría, y de repente me llegó, voy a volar en avión, voy a ir a Estados Unidos y voy a ver a mi hija. Es un buen regalo de cumpleaños, porque apenas el viernes 4 cumplí 73 y entré a los 74”, comparte sonriente doña Dominga.

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