La hija de Stalin, Svetlana Allilúieva (1926-2011)

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Con acceso a los archivos de la KGB, de la CIA, y de los distintos gobiernos soviéticos, la canadiense Rosemary Sullivan recompone las piezas de la increíble vida de Svetlana Allilúieva, hija mayor de Josef Stalin, en la magistral biografía La hija de Stalin. La extraordinaria y tumultuosa vida de Svetlana Allilúieva (Debate/Penguin Random House Grupo Editorial, México. 543 páginas).

Traducida al castellano por Hugo López Araiza Bravo, La hija de Stalin pinta el insólito retrato de una mujer atormentada, utilizada como un peón en la Guerra Fría y que, a pesar de sus repetidos intentos por desvincularse del pasado, se vio siempre atrapada por la alargada sombra de su padre.

Sullivan logra explorar un personaje complejo en un aún más complejo contexto sin perder nunca de vista la poderosa historia humana, reabriendo a lo largo del proceso las puertas cerradas de la brutal historia del corto siglo XX que tanto nos fascina.

Prefacio por la autora

¿Qué significará haber nacido y ser hija de Stalin, cargar con el peso de ese nombre durante toda la vida y nunca liberarse de él?

En la URSS, Stalin era mítico. Era el vozhd, el líder supremo que convirtió a la Unión Soviética en una superpotencia y ganó la guerra contra los nazis.

Sin embargo, para sus millones de víctimas soviéticas, fue el hombre responsable del terror y del infame gulag. En Occidente lo catalogaron como uno de los dictadores más brutales del mundo. Por mucho que lo intentara, Svetlana Allilúieva nunca pudo escapar de la sombra de Stalin. Como ella misma lo lamentó:

“Vaya a donde vaya, ya sea a Australia o a alguna otra isla, siempre seré prisionera política del nombre de mi padre”. [1]

En la URSS su vida fue terriblemente dolorosa. Su madre, Nadezhda Allilúieva, se suicidó cuando Svetlana apenas tenía seis años y medio de edad. Durante la Gran Purga, a finales de la década de 1930, Stalin no eximió a su familia. Sus amados tíos María y Aleksándr Svanidze, cuñados de Stalin por parte de su primera esposa, fueron arrestados y ejecutados como enemigos del pueblo; el hijo de ambos, Johnik, compañero de juegos de Svetlana, desapreció. Su tío Stanislav Redens, esposo de Anna, hermana de su madre, fue ejecutado. Su tío Pável, hermano de su madre, murió de un ataque al corazón por la impresión.

Cuando Svetlana acababa de cumplir 17 años, su padre sentenció a su primer amor Alexéi Yákov, en un campo de prisioneros. En 1947 y 1948, durante la ola de represión conocida como la Campaña Anticosmopolita, la hermana de su madre, Anna, y la viuda de Pável, Zhenia, fueron sentenciadas a siete años en confinamiento solitario. La hija de Zhenia. Kyrá, fue encarcelada y después exiliada.

Tras la muerte de su padre, en 1953, las tragedias continuaron. Su hermano mayor, Vasili, fue arrestado y finalmente murió de alcoholismo en 1962. Sus amigos literatos de mediados de los 60 fueron enviados a campos de trabajo forzado. Cuando por fin encontró la paz en una relación amorosa con un hombre llamado Brajesh Singh, le negaron oficialmente el derecho a casarse con él antes de que muriera, aunque sí le autorizaron llevar sus cenizas de vuelta a la India.

A la mitad de su vida, a los 45 años de edad, Svetlana Allilúieva decidió impulsivamente desertar.

La noche del 6 de marzo de 1967 entró en la embajada estadunidense en Nueva Delhi para solicitar asilo. Deseaba huir de su pasado y buscar la libertad que le negaban en la Unión Soviética, donde decía que la trataban como propiedad estatal. Al principio, el departamento de Estado norteamericano le negó la entrada a EUA, porque su deserción desestabilizaría las relaciones con los soviéticos. Esperó en Suiza mientras los diplomáticos buscaban un país que la acogiera.

Cuando por fin la admitieron con una visa de turista, los estadunidenses la recibieron como la desertora más famosa de las que habían huido de la URSS. Muy pronto se convirtió en la desertora millonaria: le compraron Rusia, mi padre y yo, las memorias que había escrito en 1963 y que extrajo de la Unión Soviética tras su salida, por un adelanto de 1.5 millones de dólares.

Pero no entendía el concepto del dinero: regaló una buena parte y muy pronto perdió el resto por las maquinaciones de Olgivanna Wright, la viuda del arquitecto Frank Lloyd Wright, quien la engañó para que se casara con Wesley Peters, el arquitecto en jefe de la Fundación Taliesin, también de Wrisght. A los 45 años de edad, Allilúieva dio a luz a Olga Peters. Su hija fue un consuelo. Había abandonado a su hijo de 21, Iósif, y a su hija de 16, Katia, al huir de su país de origen. Las intrigas de la KGB le impidieron contactarlos durante los siguientes 15 años.

Su humor lacónico ayudaba. Decía cosas como: “Ya no tengo la agradable ilusión de poder liberarme de la etiqueta de ‘hija de Stalin’… No puedes lamentar tu destino, pero yo sí lamento que mi madre no se haya casado con un carpintero’”. [2]

Pasó la mayor parte de sus 44 años como nómada en Occidente: se mudó más de 30 veces, e incluso desertó de nuevo cuando retornó a la Unión Soviética por un tiempo.

La tacharon de inestable. El historiador Robert Tucker señaló que “a pesar de todo, ella era, en cierto sentido, igual a su padre”. [3] Y sin embargo, es impresionante lo poco que se parecía a él. No creía en la violencia. Tenía la resistencia de quien asume riesgos, una entrega a la vida y un optimismo inesperado, aun cuando su existencia padeció, de la manera más desgarradora, las brutalidades del siglo XX, con lo cual pudo conocer el lado oscuro de la experiencia humana como poca gente lo hace.

Atrapada entre dos mundos en las luchas de poder entre Oriente y Occidente durante la Guerra Fría, ningún bando la trató bien. Tuvo que aprender lentamente cómo funcionaba Occidente. El proceso de su educación es fascinante y casi siempre triste.

A Allilúieva le costaba trabajo explicar a su padre, tanto como a cualquiera. Su actitud hacia Stalin era paradójica. Rechazaba inequívocamente sus crímenes, pero él era el padre que, en sus recuerdos infantiles, había sido amoroso… hasta que dejó de serlo. Buscó, con poco éxito, entender qué había motivado sus políticas brutales.

“No creo que haya sufrido cargos de conciencia; no creo que los haya sentido. Pero tampoco era feliz, porque había alcanzado sus máximos deseos matando a muchos, aplastando a otros y recibiendo la admiración de algunos.” [4]

Sin embargo, advertía que describirlo sólo como simplemente monstruoso sería un grave error. La pregunta es qué le ocurrirá a un ser humano en su vida privada y en un sistema político particular que dicte tal historia. Siempre insistió en que su padre nunca actuó solo. Tuvo miles de cómplices.

Svetlana Allilúieva pensó que en Occidente podría construirse una vida privada como escritora y encontrar a alguien con quien compartirla. A pesar de sus esfuerzos heroicos, creyó que había fallado, aunque hay quienes no están tan seguros, Es sorprendente que haya sobrevivido bajo esas circunstancias.

NOTAS

[1] Carta a Mary Burkett, 7 de abril de 2009, colección privada.

[2] Angela Lambert, Independent, 10 de marzo de 1990, p. 29.

[3] Robert Tucker, “Svetlana Inherited Her Tragic Flaw”, Washington Post, 25 de noviembre de 1984, p. C1.

[4] Svetlana Allilúieva, Sólo un año, trad. Paul Chavchavadze, Nueva York, Harper & Row, 1969, p. 393.

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