Lo que la marcha por Morelos dijo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, Marx escribía que “las revoluciones son las locomotoras de la historia”. Hoy sabemos que no es así, que, como lo señaló Walter Benjamin –una víctima de esa locomotora enloquecida que lleva los nombres de Progreso y Violencia–, “las revoluciones (son) las formas en que la humanidad, que viaje en ese tren, acciona el freno de emergencia” (Tesis sobre la historia).

Recientemente, del 31 de julio al 3 de agosto, algo inédito en la historia del país sucedió: un rector, un obispo, un presidente municipal, un empresario, un transportista y un poeta decidimos apretar el freno de esa máquina enloquecida que es México y echarnos a caminar desde el monumento de la Paloma de la Paz en Cuernavaca hasta la Secretaría de Gobernación de la Federación. No sólo rememorábamos dos acontecimientos importantes en nuestra historia reciente: La Marcha por la Dignidad, que en 1991 realizó el doctor Salvador Nava desde San Luis Potosí y que concluyó con la destitución del entonces gobernador Fausto Zapata, y la Marcha por la Paz, que en 2011 realizó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y que logró visibilizar a las víctimas de la violencia y crear la Ley de Atención a Víctimas. Llevábamos también seis demandas relacionadas con las corrupciones y las violaciones a los derechos humanos del gobierno de Graco Ramírez y con la violencia y la ingobernabilidad que sufre el estado de Morelos.

Si esa marcha, como sucedió con las anteriores, logrará cambios, no es tanto por las personas que la encabezamos, sino porque, como lo demostraron las otras marchas que menciono, caminar es una forma de la detención, una manera de accionar el freno de emergencia.

En medio de la velocidad de la violencia, de los medios de comunicación, de las redes sociales, de las aceleradas y furibundas luchas por el poder, en donde todos hablan, nadie escucha y nada es más viejo que el Twitter de hace dos minutos; en medio de la velocidad de las ciudades, cuya imagen no es ya la locomotora, sino el automóvil, quienes marchamos por Morelos no sólo accionamos el freno de la locomotora de la violencia y de la agitación electoral, sino que descendimos de ella y, al ponernos a caminar, ejercimos –como lo vio Benjamin– un acto revolucionario y pedagógico: volvimos a nuestra proporción humana: dejamos de ser bultos en el asiento de un automóvil, dirigiéndonos a toda prisa a algún sitio, envueltos por la falsedad de una atmósfera climatizada y ajenos, en los trompicones y detenciones del tránsito, a la realidad y a la reflexión; dejamos de ser cibernautas que, apoltronados frente a computadoras y celulares, lanzan y escuchan mensajes de rabia, insultos y ocurrencias, creyendo que así se transforma el mundo, cuando en realidad somos sólo interfaces conectadas a un complejo sistema de dominación, que tiene el sonido del ruido y la desesperación de la angustia; dejamos de ser los marchistas de siempre que, poseídos por la indignación, gritan consignas y se dispersan una vez que la catarsis concluyó, y nos negamos, con ello, a ser una ciudadanía partidocrática que se define por la velocidad con la que hace alianzas innaturales y golpea a sus adversarios en los medios y las redes sociales.

Al desplazarnos sobre nuestros pies no sólo recuperamos nuestro suelo –aguzamos los sentidos, percibimos cada parte del mundo que recorríamos: olíamos, mirábamos, escuchábamos la sabia lentitud del ritmo de la vida y de nuestros corazones, y experimentábamos el peso y la densidad del territorio que nuestros pies pisaban–, nos obligamos y obligábamos también a las autoridades federales a reflexionar, en cada paso dado, sobre los agravios que llevábamos y que expresábamos cada vez que nos deteníamos para descansar. Interrumpíamos así la locura sin sentido de la velocidad del país y sus efectos perversos, para hacer entender de qué dimensión es el problema que vive Morelos y encontrar, al ritmo sin prisa de la marcha, los caminos que nos permitan resolverlo.

Caminar –balancearse sobre las piernas al acompasar nuestro verdadero ritmo con los de la naturaleza– no sólo permite reconstruir la gramática de la evidencia de la vida, sino, con ella, develar el galimatías de la velocidad que nos tiene entrampados en el caos y el ruido. Nos permite, asimismo, recuperar el sitio del común, del que las luchas por el poder y sus ofertas de progreso nos desapropian. Ese acto tan simple y sencillo como estirar la mano y jalar el freno de emergencia es una crítica profunda a la civilización moderna: la del homo oeconomicus, la del homo tecnologicus, la del homo trasportandus, la del ruido, la prisa, el poder y la devastación, que reduce la vida a una mercancía, a un producto, a un destazadero, a un rastro.

Lo que la Marcha por Morelos mostró es que Benjamin tenía razón cuando afirmaba que debemos accionar el freno de emergencia de la locomotora de la historia. Aunque al hacerlo no detuvimos la máquina, evitamos, al menos por un momento, su descarrilamiento en Morelos. Caminar es un signo, un símbolo de que es necesario seguir accionándolo. Tal vez un día, a fuerza de hacerlo, podamos detener realmente la máquina y volver a recuperar el maravilloso ritmo en que la vida se expresa y florece.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, refundar el INE y declara nulas las elecciones del Estado de México y de Coahuila.

Este análisis se publicó en la edición 2128 de la revista Proceso del 13 de agosto de 2017.

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