“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

Rius

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En septiembre de 1963 Rius publica una caricatura del entonces candidato del PRI, Gustavo Díaz Ordaz. Bajo el título de “Programa de gobierno”, el político poblano, secretario de Gobernación de Adolfo López Mateos –que había encarcelado a los ferrocarrileros en huelga por libertad sindical y al pintor David Alfaro Siqueiros–, se muestra como un monaguillo. El candidato lleva una estola litúrgica en la que, en vez de la cruz cristiana, porta una swástica nazi. En la mano derecha empuña una macana de granadero con el letrero “Disolución Social”, en la izquierda, apretada contra el costado, una tabla como las de Moisés, que dice:

“No te manifestarás en la vía pública ni te reunirás en locales cerrados./No desearás los latifundios de tu prójimo./No verás films socialistas./No leerás literatura subversiva./No viajarás a Cuba./No murmurarás contra el gobierno./No ejercerás el derecho de huelga./No pensarás en ideas exóticas./No hablarás mal del gobierno de la Revolución./No pedirás justicia./No agitarás.”

Un coche sin placas secuestra al caricaturista en una calle del centro de la capital. Vendado, amordazado, amarrado de pies y manos, es llevado a lo alto del Nevado de Toluca. Ahí escucha cómo le forman un pelotón de fusilamiento.

–Vamos a ejecutar a dos más
–le avisan, y oye el estruendo de las detonaciones.

Cae en el hueco que le han excavado como tumba y escucha la voz ronca de su ejecutor:

–No le dispares. Ni sabe dibujar.

Esta historia la conté más de 40 años después en una novela sobre Gustavo Díaz Ordaz, Disparos en la oscuridad. A finales de 2004 recibí un telefonazo de Rius para hacerme ver que me había equivocado en las fechas de su fusilamiento simulado. Le pregunté si ese episodio le había afectado en su trabajo como monero.

–Al contrario –respondió entre suspiros–. Pero, en lo físico, creo que desde entonces no ando bien del corazón.

Ahora que Rius ha muerto, quiero referirme al simulacro de los fusilamientos. El cartón político que se inaugura en los sesenta mexicanos lo hace con Rius y Abel Quezada en primera fila. Frente al cierre de los medios a la opinión pública, son los caricaturistas los que gozan de cierta insignificancia de lo que no es solemne. A veces se les deja hacer, aunque corren el riesgo del Nevado de Toluca. La labor de Rius es poner por delante del funcionario, su función. Es un emblema, más que un retrato. Lo ridículo, lo risible, no es la persona, sino la ridiculez misma y se corrigen todas las imperfecciones de la identidad retratable. Lo caricaturizable es la semejanza entre el político real y su situación moral, que va ocupando el espacio de la línea del dibujo hasta desplazar al sujeto particular para dejarle todo lo visible a su insignificancia exagerada. Lo que Rius hacía era dibujar para ejecutar a un político o a un personaje que retrataba uno de nuestros absolutos: el indígena Calzonzin, el priismo de Don Perpetuo, la corrupción del Licenciado Trastupijes. Desde entonces, el cartón político no es el gobernante, sino su relación con la opinión pública; no es un modelo, es una idea. Y el lector asiste a su fusilamiento simulado: aparecer en un cartón político es una breve muerte para un burócrata. Es un recordatorio de que no existe por sí mismo, sino por nosotros. A diferencia de la fotografía oficial del acto legal de auto-conmemoración, de auto-beatificación en vida, de los funcionarios públicos, el cartón político no nos pone ante el Licenciado, sino a través de él. Lo que vemos es su estulticia, su depravación cínica, su pequeñez exacerbada por lo desorbitado de sus rasgos. Como una bala, el cartón deja ver en el exterior lo que sospechamos del interior de ellos, los que tienen el poder. Al contrario, la fotografía que sólo quiere documentar la presencia de los políticos en sus actividades diarias –discursos y conmemoraciones– es solemne, hierática, rígida, porque así se conciben en la eternidad. El cartón es nuestro poder de corrosión. La condena es instantánea, perdura hasta el siguiente cartón.

Con Rius, además del cartón político, tenemos la dimensión del narrador. Autor de 108 libros, la idea de que uno podía instruirse a través de una historieta sobre política, religión o nutrición, caló hondo –La panza es primero ha vendido más de 1 millón de ejemplares– en un país en el que sus clases dirigentes jamás lograron usar la “cultura elevada” como método de legitimación. El juego de los libros de historietas que explicaban el mundo con “monos” –desde la Revolución Cubana, el marxismo, el ateísmo hasta la herbolaria– es el de un libro de texto alternativo. Monsiváis lo sintetiza: “Rius es la Secretaría de Educación Pública”. En ese momento, los años setenta y ochenta, la cultura dominante está haciendo un esfuerzo por legitimarse vía un ataque a la cultura de masas. Contra el muralismo mexicano, se encumbra una vanguardia que “iguale” su producción con la de cualquier otro país “desarrollado” y que le resulte ininteligible al fantasioso populacho. Del lado de la historia, se machaca en una gesta gubernamental que revuelve derrotados con triunfadores en el engrudo nacional en el que el modernismo ya es sólo un arma de propaganda oficialista. Lo que hace Rius es tomar la historieta y convertirla en una narrativa de la resistencia crítica, una venganza de la cultura de masas que vegeta en la publicidad, en los aparadores de los centros comerciales y en el diseño de aparatos electrodomésticos. Muchas veces utiliza el collage que viene de ese fracaso del país moderno –el alemanismo termina en la rapiña de la corrupción y en la masacre de 1968– y lo recicla con un contenido alterno. Lo que resulta en el contraste –veo el esfuerzo descomunal de Rius y de sus millones de lectores acompañando al “arte en la calle”– con el anti-intelectualismo dominante es un juego de resistencia para narrar otra historia del mundo con otra forma de hacerlo. Con ello duplica las caras de la rebelión.

Rius, por supuesto, no tenía el poder de una institución como la Secretaría de Educación Pública, pero, como las historietas no estaban destinadas a un público, sí se fueron creando uno. El desprecio por la “cultura media”, como símil degradado de una dominante y legítima, fue aprovechado plenamente por los caricaturistas. En el populacho hay también formas de consagración, a diferencia del mundo “artístico”, cuyos habitantes llegan a explicar su fracaso de público como un signo inequívoco de distinción del territorio de la cultura oficialista de homenajes, premios, medallas intercambiables en la obituaria posteridad. La de Rius consistió en instalar la génesis de una forma de ver desde lo marginado: la moral de la política, la convicción como una manera de ser cotidiano, el humor como única forma de salud mental colectiva.

Aquellas balas de salva que no atravesaron al caricaturista, terminaron, imaginarias y sonrientes, por atravesar la columna del poder en México con una sola frase: “En este libro todavía no hay dioses”..

Esta columna se publicó en la edición 2128 de la revista Proceso del 13 de agosto de 2017.

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