El “talk show” delirante en la Casa Blanca

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La intensidad de la cultura del espectáculo estadunidense está asfixiando a la Casa Blanca. La semana pasada, horas después que se confirmara la renuncia de Steve Bannon, exresponsable de la estrategia de seguridad nacional en la Casa Blanca, el “gran manipulador” declaró a The Weekly Standard que “la presidencia de Trump, por la que peleamos y ganamos, está acabada”.

Especialista en el contragolpe de los talks shows, género televisivo especializado en la humillación del adversario, Trump le respondió el sábado pasado al Rasputin de la ultraderecha gringa que “Steve Bannon será una voz dura e inteligente en el @BreitbartNews…tal vez, incluso, mejor que antes. ¡Las noticias falsas necesitan competencia!”.

De un tuitazo, Trump le recordó a Bannon su verdadero peso para la Casa Blanca, una especie de contragolpe a los medios tradicionales de Estados Unidos –The New York Times, The Washington Post, Time, CNN, etc-, que se han convertido en adversarios de una presidencia que mantiene a ese país en el hilo de la conmoción mediática todo el tiempo.

No es menor el retiro de Bannon de la Casa Blanca, pero corresponde al perfil errático de una presidencia autócrata, como la de Trump, que en menos de siete meses ha tenido dos jefes de gabinete, dos asesores de seguridad nacional, dos subasesores de seguridad nacional, tres voceros y un subjefe de gabinete.

En otras palabras, Trump no tenía equipo para gobernar a Estados Unidos, pero menos para “gobernarse” a sí mismo como jefe del Ejecutivo. Hasta ahora, su incapacidad e inexperiencia la ha resuelto con lo único que sí sabe hacer bien: crear un continuo talk show como cortina de humo para encubrir su incapacidad.

Bannon se sintió el artífice e ideólogo de un “movimiento nacionalista populista” porque el propio Trump y sus votantes le hicieron creer que así era. Ahora, el magnate inmobiliario pretende minimizar el impacto de esta salida con bofetadas de guante blanco contra el frustrado periodista y líder de un medio digital dedicado a propagar las mentiras trumpianas y los “hechos alternativos”.

Bannon “no es un racista, puedo decirles eso. Es una buena persona y recibe muy mala prensa”, afirmó Trump el pasado viernes 18 de agosto, pero también minimizó su impacto en la victoria electoral de noviembre de 2016:

“El señor Bannon llegó muy tarde (a la carrera presidencial), ya lo saben. Tuve a 17 senadores, gobernadores, y gané todas las primarias. El señor Bannon vino mucho más tarde que eso”.

En realidad, Trump tuvo que ceder el puesto de Bannon por el caos generalizado que es su gobierno en medio del escándalo generado por los enfrentamientos de los supremacistas blancos del Ku Kux Klán y otros grupos de ultraderecha contra activistas de derechos humanos en Charlottesville, Virginia.

La salida de Bannon es el sacrificio inducido que tuvo que realizar Trump para darle mayor peso a su nuevo jefe de gabinete, el general y exjefe del Comando Sur, John Kelly, quien representa el ascenso del estamento militar a la Casa Blanca para controlar el desaforado talk show trumpiano.

El talk show ha mantenido en una montaña rusa a la opinión pública estadunidense: tan sólo hace diez días renunció Anthony Scaramucci, un lenguaraz vocero que atacó al propio Bannon y sólo duró 10 días en su encargo; y antes que Scaramucci fue retirado Reince Priebus, quien se desempeñaba como jefe del gabinete y era el enlace real de Trump con el Partido Republicano; y antes que Priebus cayó el estrambótico vocero Sean Spicer y en febrero se retiró Michael Flynn, exconsejero de Seguridad Nacional, de esta especie de “Montessori de la ultraderecha” que es la Casa Blanca.

Los observadores más agudos señalan que será inevitable el retiro del yerno Jared Kushner, el “orgullo del nepotismo” trumpiano que ha metido en una espiral de conflictos de interés a la Casa Blanca.

Sin embargo, ninguna de esas escandalosas renuncias han podido evitar los dos puntos fundamentales del fracaso inicial del gobierno de Trump: la sospecha de su vínculo oscuro con el gobierno ruso de Vladimir Putin, algo que es más delicado para el Pentágono que los desplantes nucleares de Corea del Norte, y la imposibilidad de Trump para imponer una agenda legislativa y presupuestal acorde a sus delirios.

Ahí están el fracaso del Obamacare y el inminente fin de la retórica sobre la construcción de un “bellísimo muro” en la frontera de Estados Unidos con México.

La errática reacción de Trump ante el brote de violencia protonazi en Charletosville generó ya deslindes públicos de los republicanos. El presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Paul Ryan, admitió el lunes 21 que el presidente no manejó adecuadamente esta situación.

Este martes 22 se difundió la información de que el Servicio Secreto de Estados Unidos se está quedando sin fondos para cubrir los costos de que genera el estilo de vida de Trump y su familia. En entrevista con Usa Today, Randolph Alles, jefe del órgano policial, afirmó que mil de un total de 6 mil 500 agentes ya han alcanzado el límite máximo establecido por el gobierno para sus sueldos y horas extras –160 mil a 187 mil dólares– porque se han agotado los fondos para el año entero, que rebasan los 20 millones de dólares.

Tan sólo los continuos viajes de Trump a Mar-a-Lago se tradujeron en un gasto de 20 millones de dólares en sus primeros 80 días como Presidente, según difundió la cadena CNN en abril de este año.

El talk show continuará para alimentar la cultura del espectáculo que domina en Estados Unidos, pero Trump muy pronto se convertirá en su peor pesadilla: un títere controlado por alguna fuerza todavía no determinada.

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