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“Instinto”: las revelaciones de un supermercado

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- ¿Por qué huyes?, ¿quién te persigue?, ¿a quién buscas?, ¿qué quieres alcanzar? …Correr, siempre correr. Correr como metáfora de vida, correr como la manera en que nos hemos acostumbrado a vivir.

Bárbara Colio, autora y directora de la obra teatral Instinto, nos invita a adentrarnos en el mundo de la mercancía, a convertirnos en una mercancía más, a vernos como compradores compulsivos o compradores potenciales de las grandes empresas.

Un supermercado abierto las 24 horas del día es el punto de reunión de cuatro personajes solitarios que se han refugiado en ese lugar a altas horas de la noche. Un espacio aparentemente neutral que la autora resignifica de manera brillante, y complejiza la diversidad de significados. Ninguno se conoce y ninguno está dispuesto a conocerse. Cuatro seres anónimos, indiferentes hacia el otro, ciegos, centrados en sí mismos, en su persecución, en sus preocupaciones, obsesiones y abandonos:

Un fotógrafo (Tizoc Arroyo)  que huye de cualquier compromiso: de un posible hijo, de un padre, del recuerdo de un querido abuelo. Una corredora de bolsa (Nailea Norvind), mujer súper competitiva a la que no le importa pisar al otro para alcanzar sus fines, exitosa, sí, pero egocéntrica, con poder adquisitivo, pero sin nadie con quien compartir. Una mesera (Francesca Guillén) con voz infantilizada, que se siente poca cosa y quiere ser querida y aceptada. Por último está O, el personaje que reúne a todos en su universo conceptual: el rarámuri de pies alados (Harif Ovalle), el que cuestiona el sistema y muestra la simplicidad de la vida más allá del consumo, el que tiene una familia que alimentar y sufre la pérdida de su lugar natal, su cultura y sus tradiciones.

Dónde más visualizar la realidad individualista y mercantil de nuestra sociedad que en un supermercado; y qué acertado atravesarlo con ese instinto, con ese ímpetu de sobrevivencia, ese elemento que detona el movimiento y pone a correr sin descanso a los personajes. Ellos huyen, ellos buscan, ellos se ocultan y mantienen su soledad a salvo, aun a su pesar. Por eso la autora estructura su obra con monólogos introspectivos; los personajes comparten el mismo espacio pero no se hablan, aunque se hablen. La corriente de pensamiento se concreta en la propuesta dramatúrgica y se fortalece la metáfora del aislamiento.

Bárbara Colio crea sus propias convenciones, y si en un principio cada personaje corre en realidades aparte, ella los reúne en el supermercado, donde mezcla la corriente de pensamiento de cada uno de ellos, con diálogos reales o supuestos.

La estructura dramática que la autora va bordando hábilmente es sólida y abierta a la vez, permite las hipótesis y las realidades, plantear una escena de la familia feliz, y un choque de carritos en el pasillo número cinco del supermercado. Bárbara Colio juega con la fragmentación y al mismo tiempo concentra la atención en un momento climático que distiende al máximo: el choque de carritos y el hecho de tomar, de un paquete de 50, sólo 5 panecillos. La situación nos lleva a una reflexión ética y la obra cobra una dimensión trascendental, significativa.

Instinto cuenta con buenas actuaciones, igual que la coreografía de Rossana Filomarino, el diseño de escenografía y vestuario de Mario Marín y la iluminación de Matías Gorlero. Nos invita a detenernos un poco para después correr por nuestra vida antes que el individualismo nos alcance. Se presenta en el Teatro el Galeón.

Esta reseña se publicó el 27 de agosto de 2017 en la edición 2130 de la revista Proceso.

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