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Alemania y Turquía: el peor de los desencuentros

BERLÍN (apro).- El pasado 18 de agosto, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, llamó a los casi tres millones de ciudadanos alemanes de origen turco a realizar un boicot contra las elecciones federales alemanas que se realizarán el próximo 24 de septiembre y de las cuales saldrá electo un nuevo canciller.

“Los democristianos (CDU, el partido de la canciller Angela Merkel), el SPD (los socialistas que gobiernan en coalición al país) y los Verdes son enemigos de Turquía. Por eso llamo a todos los turcos que viven en Alemania a no apoyar a estos partidos (en la elección)”, señaló el mandatario turco ante los medios de comunicación, tras participar en la oración musulmana de los viernes.

El llamado incendiario de Erdogan supone el punto más álgido de los desencuentros diplomáticos que, desde hace poco más de un año, sostienen los dos gobiernos y cuya espiral se profundiza.

Y es que, el gobierno de Ankara no perdona lo que considera una política suave y de nula cooperación por parte de Alemania y la acusa de proteger y alentar a los miembros de los grupos armados del PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán), que lucha por la independencia del Kurdistán, y del DHKP-C (Partido Revolucionario Liberación del Pueblo). Ambas organizaciones consideradas tanto por Turquía como por la Unión Europea como terroristas.

Además, también reprocha que el gobierno encabezado por la canciller Angela Merkel haya dado “cobijo” a siete mil 700 turcos que han pedido asilo en Alemania luego del intento de golpe de Estado de julio del año pasado. Según el gobierno de Erdogan, cuando menos una tercera parte de ellos serían seguidores del clérigo Fethulláh Gülén, a quien acusa de haber organizado desde su exilio en Estados Unidos el levantamiento fallido en su contra.

El deterioro grave de la relación bilateral comenzó en junio del 2016, cuando el Parlamento alemán votó una resolución en la que se reconocía como genocidio la matanza que el imperio turco cometió en 1915 contra aproximadamente 1.5 millones de armenios.

La furia e impotencia de no poder detener una resolución de tal magnitud le dio al gobierno turco la oportunidad de comenzar los enfrentamientos no sólo verbales, en un contexto en el que una buena relación entre ambas naciones era no sólo lo deseable, sino una amplia colaboración para lograr el acuerdo mediante el cual Turquía apoyaría en la contención de la ola migratoria de refugiados hacia Europa.

La consecuencia de la votación del Parlamento no se hizo esperar y el gobierno del presidente Erdogan apretó donde podía doler: durante tres meses los diputados alemanes no contaron con la autorización para visitar en suelo turco a las tropas alemanas que forman parte de la alianza internacional que lucha contra el Estado Islámico y que se encuentran estacionadas en la base aérea de Incirlik.

No fue sino hasta septiembre del 2016 y sólo luego de que el vocero del gobierno federal alemán, Steffen Seibert, declaró públicamente que la resolución votada por el Parlamento no sería jurídicamente vinculante para Alemania, que los políticos lograron visitar a las tropas alemanas.

Pero esto fue sólo el inicio de una larga lista de desencuentros que hoy los tiene en la peor crisis diplomática en la historia de las relaciones entre ambos países.

“Sin duda, no recuerdo una crisis tan profunda como esta”, asegura en entrevista con Apro Christian Brakel, politólogo miembro de la Sociedad Alemana de Política Exterior y especialista en la relación bilateral entre Turquía y Alemania.

Para el también director de la oficina en Estambul de la Fundación alemana Heinrich-Böll, para ambas naciones la relación bilateral tiene significado central, pero Turquía podría resentir más las consecuencias del pleito.

“Para ambas partes su alianza tiene un significado central. En el caso de Alemania, Turquía tiene un significado importante a nivel político y de seguridad. Eso, sin tomar en cuenta el efecto en la política interna alemana de la minoría de origen turco que vive en el país (estimado en tres millones aproximadamente).

“Pero en el caso de Turquía, Alemania representa su principal socio comercial. La dependencia económica de inversionistas extranjeros es un punto que la hace especialmente vulnerable en este pleito. Sin embargo, las decisiones a este respecto no las decide sólo Alemania, sino que se toman en el marco de la Unión Europea”, explica Brakel.

Represión

La noche del 15 de julio del 2016, un grupo de militares del ejército turco intentó un golpe de Estado contra el gobierno de Erdogan. La intención fracasó en gran medida por la resistencia de la propia población que cerró filas en torno al gobierno, incluso la oposición. El hecho, sin embargo, dio pie a una ola de represión.

De entrada, un día después del fallido golpe, la administración de Erdogan ordenó la detención de más de dos mil 700 jueces y más de dos mil 800 militares fueron también arrestados. En las semanas y meses subsecuentes la represión se extendió a todo aquel que pudiera ser sospechoso: fundaciones, organizaciones no gubernamentales y periódicos fueron cerrados. Profesores universitarios, funcionarios, jueces, científicos y periodistas, encarcelados.

La prensa internacional reportó que, como consecuencia de la “limpia” interna del régimen de Erdogan, alrededor de 150 mil personas han perdido sus empleos y 50 mil han sido encarceladas al ser acusadas de tener contacto o relaciones con el PKK o con el movimiento de Gülen.

En este contexto de persecución y represión política es que han continuado los desencuentros con el gobierno de Merkel: ante le negativa de que ministros de estado turcos hicieran campaña electoral en Alemania a favor del “sí” en el Referéndum que impulsó Erdogan en abril de este año, éste comparó públicamente a Alemania actual y a su gobierno con el nazismo de los años 30.

Pero, lo que sin duda atizó el conflicto, fue la detención y encarcelamiento en Turquía de dos periodistas y un defensor de derechos humanos alemanes.

Desde diciembre pasado Deniz Yücel, corresponsal en Turquía del diario alemán Die Welt, sabía que su nombre se encontraba en una lista negra del gobierno de Ankara. Tras semanas de incertidumbre y asesorías sobre qué hacer, el periodista turco-alemán -que posee doble pasaporte- se presentó en febrero voluntariamente ante la policía para ser interrogado. Desde entonces, permanece encarcelado acusado de terrorismo e instigación.

La misma suerte corrió la traductora y periodista alemana, nacida en Turquía, Masale Tolu. El 30 de abril, con lujo de violencia, fue detenida dentro de su vivienda en Estambul en presencia de su pequeño hijo de dos años. A ella se le acusa de propaganda terrorista y de pertenecer a una agrupación terrorista. Tolu trabajaba para la agencia de noticias de izquierda ETHA y junto con Yücel engrosa la lista de 158 periodistas encarcelados en Turquía.

“Reorientación”

El caso que derramó el vaso fue la detención el pasado 5 de julio del defensor de derechos humanos, también alemán, Peter Steudner, mientras impartía un seminario en la isla turca de Büyükada. Junto con él fueron detenidas ocho personas, entre ellas el sueco Alí Gharavi y la directora de Amnistía Internacional en Turquía, Özlem Dalkiran. La justicia turca los acusa de apoyar al terrorismo.

La respuesta no se hizo esperar y de todos los niveles de gobierno y partidos políticos alemanes llegó la condena. Especialmente dura fue la respuesta del Ministerio de Asuntos Exteriores, cuyo titular, el socialista Sigmar Gabriel, recomendó a los ciudadanos y empresas alemanas evitar Turquía.

En rueda de prensa, anunció que Alemania no es capaz de garantizar la seguridad de ciudadanos y empresas en suelo turco por lo que su recomendación es no viajar más al país euro-asiático. No sólo eso. El ministro alemán también anunció una reorientación de la política alemana hacia su hasta poco viejo amigo y socio.

“Debemos tener una completa reorientación de nuestra política con respecto a Turquía y tenemos que ser mucho más claros de lo que hemos sido hasta ahora para que los responsables en Ankara entiendan que las violaciones de los derechos humanos no pueden quedar sin consecuencias”, aseguró Gabriel, cuyo mensaje tuvo el consenso de la canciller Merkel.

Las sanciones en materia económica es algo que Turquía puede lamentar. Sin embargo, el anuncio alemán no ha suavizado en nada la conducta del gobierno encabezado por Recep Tayyip Erdogan.

“Me parece que en el futuro la relación bilateral estará caracterizada por altibajos. Quizás venga un acuerdo temporal, pero mientras la situación política no cambie al interior de Turquía, ésta permanecerá dentro de la agenda nacional alemana”, vaticina el especialista Brakel.

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