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Vidas lloradas y vidas no lloradas

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- ¿A qué seres humanos se con-sidera humanos? ¿Qué vidas lloramos cuando desaparecen? En torno a esas preguntas giran varias de las recientes reflexiones de la filósofa feminista Judith Butler. El sentido amplio de su pensamiento se desarrolla de cara a la interrogación sobre qué es eso que llamamos justicia y cómo a través de pensar en la precariedad de la vida, la violencia y el duelo, podemos acercarnos a dar ciertas respuestas.

Al hablar de precariedad, Butler alude al hecho de que cualquier ser humano podría estar expuesto a la enfermedad, la indigencia, las heridas corporales, el debilitamiento y la muerte por hechos que escapan a su control. “Los seres humanos no controlamos ni podemos llegar a controlar las condiciones que determinan nuestra vida”. Pero esta verdad se vive de manera diferenciada, pues las experiencias en las que los seres humanos somos más vulnerables no sólo ponen a descubierto nuestro carácter precario como individuos, sino también los fallos e injusticias de las instituciones políticas y socioeconómicas en relación a la marginación social y económica. Por ejemplo, los accidentes laborales y la reducción de los servicios sociales afectan mucho más a ciertas personas que a otras, en especial a la clase trabajadora y a las personas desempleadas. Butler señala que si alguien carece de empleo es porque el sistema de economía política ha fallado, y de igual forma si hay personas sin hogar es porque previamente se ha producido un fracaso social en la organización de la vivienda de manera que sea accesible para todos.

En su trabajo sobre la guerra, la muerte y la vulnerabilidad humana, Butler establece una distinción entre “vidas lloradas” y “vidas no lloradas”. Ella plantea que aunque la guerra se vive como algo inevitable, incluso a veces como algo bueno o como fuente de satisfacción moral, si estamos en contra de la guerra debemos “conocer en qué condiciones se desarrolla la guerra para así desmantelar las condiciones de su posibilidad”. Butler se pregunta: “¿qué significa responder éticamente ante la violencia?”, y recuerda la interpretación que hace Susan Sontag sobre las pavorosas fotografías de guerra en Regarding the Pain of Others. Según esta crítica de la cultura, esas fotos muestran verdades de manera disociada, documentan el horror pero no dan elementos para comprender la causa que provoca el horror. En ese sentido, aunque las fotos tienen la capacidad momentánea de conmovernos, les falta la coherencia narrativa que permite la comprensión. Si, como dice Sontag, la representación visual del sufrimiento se vuelve un cliché, ¿qué podemos pensar de la representación en México, del discurso mediático? Las noticias sobre las personas “levantadas”, “ejecutadas”, desaparecidas y las fosas con restos humanos, ya no provocan el estremecimiento que causaban hace algunos años. Ya se han vuelto un cliché más de nuestra situación. ¿Quiénes lloran esas vidas?

Butler señala que el marco interpretativo que se usa para analizar el contexto que se vive participa activamente en lo que ella denomina “una estrategia de contención”. El marco es la perspectiva con la cual “enmarcamos” (valga la redundancia) las experiencias. Nuestro marco produce una manera de ver, y así selecciona e impone lo que va a contar como algo “importante”, como algo “real”. El marco actual instituye una “interdicción” para el duelo por ciertas personas, pues sus vidas no cuentan, por lo cual no se las vive como una pérdida.

¿Por qué 13 muertes en Barcelona conmocionan a todo un país mientras cientos y cientos de muertes en México no nos llevan a manifestar nuestro duelo en la calle?

Las “vidas no lloradas” en México son las vidas de aquellos seres humanos que ya viven y/o trabajan en sectores y zonas pobres de nuestro país: los campesinos, los albañiles, los policías, los soldados, las afanadoras, los mineros, las trabajadoras sexuales callejeras, los obreros y, sí, hasta los sicarios y los halconcitos. Esto significa que cuando esas vidas son destruidas por la muerte, nada se pierde, no hay por qué llorar. Por eso Butler enfatiza que, al hablar de violencia, los números no cuentan. Cuenta el significado que las vidas tienen para los demás. En Barcelona cuentan 13 vidas mientras que en México no cuentan, de la misma manera y con la misma expresión de duelo popular, miles de vidas.

Butler hila sus reflexiones sobre la precariedad y el duelo, y dice que “en la destructividad de la guerra no hay forma de restringir la trayectoria de destrucción”. Según esta filósofa, visualizar nuestra propia precariedad podría llevarnos a visualizar la de los demás, y entonces tal vez hacer algo. En su argumento en relación con la precariedad ella señala que toda persona depende de las relaciones sociales y de una infraestructura para tener un nivel de vida “vivible” sin sufrimiento. Y exhibe que la desigualdad radical que existe entre una “ vida vivible” y una vida precaria se expresa también en la diferencia entre las “vidas llorables” y las “vidas no llorables”.

Los miles de personas que salieron a la calle en Barcelona a llorar la vida de 13 seres humanos sentían y asumían su propia precariedad. Y en México, ¿qué nos pasa?

Este análisis se publicó el 27 de agosto de 2017 en la edición 2130 de la revista Proceso.

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