Aún abierto, el caso de las esclavas sexuales

En los años treinta y cuarenta del siglo pasado, cuando el imperio japonés se extendió por gran parte de Asia, ocurrió un fenómeno terrible: se establecieron burdeles para los soldados nipones, pero en ellos trabajaban, esclavizadas, adolescentes –sobre todo chinas y coreanas– que sufrían los peores tratos o que incluso eran asesinadas cuando se negaban a obedecer. Ahora hay muy pocas sobrevivientes, pero ellas quieren que Tokio reconozca sus crímenes y las indemnice, además de disculparse. Algo que no parece que vaya a ocurrir pronto.

BEIJING (Proceso).- A principios de agosto Japón protestó contra el plan surcoreano de instaurar un día nacional para honrar a las esclavas sexuales del pasado siglo. Ya antes había amenazado con retirar temporalmente a su embajador, luego de que activistas locales instalaran una estatua de una esclava sexual frente a su consulado en la ciudad portuaria surcoreana de Busan.

Esto evidencia que las viejas heridas siguen dictando la agenda en Asia Oriental. Tokio y Seúl acumulan décadas de desencuentros por la dolorosa etapa imperialista de Japón, pese a la determinación estadunidense para que sus principales aliados en la región aúnen sus esfuerzos contra el auge chino y los desmanes norcoreanos.

Se les conoció como jugun ianfu (en japonés) o comfort women (en inglés) –es decir mujeres de solaz–, eufemismos para designar a las 200 mil esclavas sexuales del Ejército Imperial japonés el siglo pasado.

Tres cuartas partes de ellas eran coreanas, y el resto, de los países ocupados por Japón, que fueron muchos. Un mapa asiático en House of Sharing, residencia de un puñado de supervivientes, muestra alta densidad de puntos en China. Hacia el sur, más puntos en Papúa, Filipinas e Indonesia. Muchos más hacia el oeste, en Malasia, y un poco menos en Tailandia, Camboya y Vietnam. Y un gran sarpullido en Myanmar. Cada uno de los 20 mil puntos equivale a un burdel.

La mayoría de ellas tenía entre 13 y 16 años cuando fueron secuestradas en las calles o engañadas con ofertas de empleo en fábricas o como niñeras; dieron una media de 30 servicios diarios durante años; enloquecieron, quedaron estériles por las medicinas o las violaciones; murieron por las enfermedades de transmisión sexual, las palizas o el hambre; algunas se suicidaron y otras fueron asesinadas para eliminar las pruebas luego de la rendición japonesa en 1945. Sólo una de cada cuatro sobrevivió. En el mejor de los casos quedaron atrapadas en un país extraño, con un idioma que no entendían, sin dinero ni ganas de regresar a sus naciones por el temor al repudio de sociedades muy puritanas.

Este corresponsal habló años atrás con la octogenaria Yi Ok-seon en la residencia House of Sharing, a las afueras de Seúl. “Era aún de día. Un furgón paró a mi lado y dos japoneses me empujaron adentro. Había cinco chicas más, atadas. Tenía 15 años y era la más joven. Nos metieron en un tren. No nos dieron de comer hasta que llegamos a China. Llorábamos y pedíamos que nos soltaran. Trabajamos en un aeropuerto, haciendo las labores más duras. Nos pegaban si hablábamos. Una semana después nos llevaron a un edificio y nos dieron un kimono y unos calcetines japoneses”.

Tokio había empezado su expansión asiática en 1932 y las violaciones de sus soldados a la población local preocupaban a los mandos. Urgía reducirlas, elevar la moral de la tropa, evitar las enfermedades sexuales y las fugas de información. En los centros de solaz, decidieron, el soldado compraría un boleto que le daba derecho a un condón y compañía. El primero de esos burdeles se abrió en Shanghái con prostitutas japonesas voluntarias. La demanda se desbordó en el continente y se optó por el reclutamiento forzoso.

De las comfort women no se supo hasta que las primeras rompieron el tabú en los años noventa. Unas contaron que las obligaron a matar con bayoneta a civiles chinos, otras a comer carne humana, y todas que padecieron maratones sexuales con pocos minutos de descanso o que debían tratar al cliente con la amabilidad de una esposa. Cada mujer tenía el nombre de una flor. Se escribían en pequeñas piezas de madera que se colgaban juntas de la puerta para que el soldado eligiera.

“Una chica se negó. La ataron a una silla y acuchillaron sus brazos. Se volvió a negar y la acuchillaron hasta matarla. Tiraron su cuerpo a la calle para los perros. Yo escapé, pero me atraparon y me castigaron. Aún tengo cicatrices en el pie y en el brazo. Los fines de semana o antes de una batalla no teníamos tiempo ni de comer. Tenías que esmerarte porque si no conseguías suficientes tíquets, te pegaban. ¿Algún soldado bueno? Cualquiera que no me pegara o me acuchillara”, contaba Yi Ok-seon.

Japón lo niega

La reacción de Japón a su pasado de proxeneta continental es tan decepcionante como volátil. Durante mucho tiempo lo negó, favorecido por que sus tropas habían quemado los documentos incriminatorios en su retirada. Todo dio un vuelco en 1995, cuando el primer ministro Tomiichi Murayama ofreció disculpas incondicionales. Pero Shinzo Abe, el actual primer ministro, negó 12 años después que hubiera pruebas de coerción sobre aquellas mujeres y sugirió que eran prostitutas. Sólo tras una llamada de Washington matizó sus declaraciones.

El asunto seguía dinamitando las relaciones bilaterales hasta que un acuerdo firmado en 2015 –calificado de “final e irreversible”– pareció finiquitarlo. Sólo con las negociaciones en marcha, la expresidenta surcoreana Park Geun-hye había aceptado reunirse con Abe después de años de rechazos. El acuerdo se había cocinado durante más de un año en una docena de encuentros hasta su fórmula final: las disculpas formales japonesas y un fondo de mil millones de yenes (8.7 millones de dólares) para las víctimas.

Abe envió sus “disculpas y remordimiento de corazón por todas aquellas que sufrieron tanto dolor y mantienen cicatrices tan difíciles de curar física y mentalmente”, y Park señaló su voluntad de que se abriera al fin una nueva era. Ambos gobiernos se comprometían a abstenerse de criticarse en los foros internacionales.

Pero poco después se supo que las víctimas habían sido apartadas de la negociación del acuerdo y muchas se negaron a aceptarlo, por lo que el asunto volvió a la casilla de salida. Fue la última humillación para quienes durante mucho tiempo sintieron el indisimulable deseo reinante de que su muerte natural extinguiera el problema.

Hace unas semanas murió Kim Gun-ja a los 91 años y el número de supervivientes se reducía a 37 de las 239 que tenía registradas Seúl. En 2011 vivían aún 82 y últimamente mueren a razón de una decena cada año. Kim es la tercera fallecida este año.

“Las víctimas han sufrido el ostracismo de las diferentes partes. En las dos últimas décadas han sido estigmatizadas por alzar la voz en una sociedad patriarcal, por sugerir que los hombres surcoreanos también compartían algo de culpa al haber facilitado su reclutamiento, por buscar compensaciones para cubrir sus facturas médicas y angustia… Algunas veces se han sentido utilizadas como peones por el gobierno surcoreano”, señala, vía correo electrónico, David Fedman, profesor de historia coreana de la Universidad de California en Irvine.

Un año antes de la firma del último acuerdo, más de un centenar de víctimas había presentado una demanda contra su propio gobierno, exigiendo reparaciones a su dignidad humana y compensaciones. La causa procesal aún no ha sido resuelta.

Las diferencias nacen en las opuestas percepciones de las disculpas entre Japón y sus víctimas. Tokio juzga que son suficientes y que no puede flagelarse eternamente. Dos años atrás, en el discurso por el 70 aniversario de la rendición japonesa, Abe aludió al “profundo arrepentimiento” por los “insoportables sufrimientos” causados, pero después recordó que 80% de la población japonesa ha nacido en tiempos de paz y que no se debería permitir que “las siguientes generaciones estén predestinadas a disculparse”. El matiz de caducidad temporal descompuso a China y a Corea del Sur.

Japón afronta dos problemas. El primero es que sus disculpas deben competir con las alemanas sobre su pasado nazi y Berlín no ha podido ser más ejemplarmente claro durante décadas. Y Japón continúa muy por debajo. Los relativistas o negacionistas japoneses no son marginados sociales como en Alemania, sino que están integrados en universidades, medios de comunicación, alcaldías o parlamentos. Sus declaraciones perturban cíclicamente la paz en la región.

Y el segundo es que la hemeroteca subraya el ultranacionalismo de su primer ministro. Abe desdeñó las condenas de los procesos de Tokio (equivalente a los de Nuremberg contra los nazis) como la “justicia de los ganadores”, se había opuesto cuando era un joven legislador a la declaración de Murayama y ha visitado varias veces Yasukuni –templo sintoísta en Tokio donde están representadas las almas de todos los soldados japoneses y, entre ellas, las de los criminales de guerra–. Equivaldría a que Angela Merkel visitara las tumbas de Hitler o Goebbels.

“Una de las claves es si un primer ministro japonés podrá dirigir una disculpa inequívoca directamente a las comfort women. Las disculpas por las fechorías del pasado han sido muy generales y encajonadas en declaraciones muy amplias. Eso no ocurrirá pronto probablemente, pero muchos surcoreanos creen que es un requisito para que progrese la solución del conflicto”, añade Fedman.

Los planes del nuevo presidente surcoreano, Moon Jae-in, no auguran la distensión: en 2019 creará una institución para estudiar el asunto de las comfort women, abrirá un museo en 2020 y no descarta renegociar el acuerdo de 2015.

El menguante grupo de víctimas –ya octogenarias y llenas de achaques, pero decididamente dignas– continuará exigiendo una disculpa oficial, compensaciones económicas a las víctimas de todos los países y que los libros de textos japoneses incluyan la verdad sobre las injusticias que sufrieron.

Este reportaje se publicó el 27 de agosto de 2017 en la edición 2130 de la revista Proceso.

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