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Kenia: la Corte Suprema sorprende y anula las elecciones presidenciales

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El viernes 1, la Corte Suprema de Kenia anuló las recientes elecciones presidenciales en ese país y ordenó su repetición inmediata.

Tal decisión tiene resonancia en otros países donde analistas y ciudadanos sospechan que las decisiones del Poder Judicial no son independientes de la voluntad del Ejecutivo.

Y es una decisión peculiar porque, a diferencia de lo que ha ocurrido en procesos comiciales en otras naciones, los observadores no registran señales de que el ganador vaya a ser distinto si se realiza una nueva elección más limpia. Además, este país empobrecido tendrá que enfrentar la inestabilidad financiera derivada de la incertidumbre y el elevado costo económico de otra ronda de campañas y marcha a las urnas.

En la oposición, sin embargo, se ha impuesto un ambiente de festejo y revancha, y la convicción de que, ahora sí, la victoria ansiada se convertirá en realidad. Con un pasado reciente de extrema violencia postelectoral, su derrota podría derivar en conflictos inter-tribales más sangrientos de lo visto hasta ahora.

La hegemonía Kikuyu

Desde la independencia en 1964, el poder en este país ha sido disputado tradicionalmente entre los miembros de la élite de la tribu mayoritaria (22% de la población) y aliada con los británicos, los kikuyus, y las otras tribus grandes: luhyas (14%) y lúos (13%).

Desde el padre de la nación, Jomo Kenyatta, hasta el actual mandatario, su hijo, Uhuru Kenyatta, todos los presidentes han sido kikuyus, salvo Daniel arap Moi, un kalenjin aliado a los kikuyus.

El 27 de diciembre de 2007, el Movimiento Democrático Naranja -una coalición de lúos, luhyas y otros grupos- enfrentó a la Coalición Nacional Arcoiris del presidente kikuyu Mwai Kibaki. El fraude electoral, con la convalidación de la Corte Suprema, condujo a una guerra tribal en la que aldeas enteras fueron arrasadas por grupos enemigos con armas automáticas.

Y en los gigantescos slums (barrios extremadamente pobres, sin planeación urbana ni servicios públicos) de la capital Nairobi y otras ciudades, se enfrentaron a balazos bandas de jóvenes alineados con los políticos rivales. La policía fue acusada de numerosos asesinatos.

El resultado fue de mil 200 a mil 500 muertos -incluidos varios parlamentarios- en dos meses. Además, unas 600 mil personas tuvieron que escapar de sus hogares para salvar sus vidas.

El 28 de febrero de 2008, Kibaki y Odinga lograron un acuerdo para que el primero mantuviera la presidencia y el segundo fuera nombrado primer ministro.

A pesar del intenso odio mutuo, las facciones enfrentadas encontraron pronto un motivo de unidad: un argentino, Luis Moreno Ocampo. Como fiscal de la Corte Penal Internacional, fue enviado a Kenia a investigar las matanzas. En los medios locales, su nombre fue tratado como el equivalente del lobo que aterroriza la campiña.

En enero de 2012, Moreno presentó cargos en los que incluía, entre los perpetradores de la violencia, tanto al lugarteniente de Kibaki, el viceprimer ministro Uhuru Kenyatta, como al de Odinga, el secretario de Educación Superior, William Ruto.

Kenia, simplemente, se rehusó a entregar a los acusados, que continuaron su carrera política, al grado de que, en las elecciones de marzo de 2013 y para enfrentar la creciente fuerza electoral de Odinga, Ruto lo abandonó para unirse a Kenyatta como aspirantes a vicepresidente y presidente, respectivamente, y formaron la Alianza Jubileo. No importó que la Corte Penal Internacional presentara una petición de que no se registrara como candidato a ninguno de los acusados por crímenes contra la humanidad. Los magistrados kenianos se opusieron unánimemente.

En tres de cuatro grandes encuestas, Odinga venció a Kenyatta, por ventajas que iban de los dos a los seis puntos. Con una demora inexplicable de cinco días, no obstante, el órgano electoral declaró triunfador al segundo, por un margen de 7%, y la Corte Suprema validó el resultado semanas después, sin que Odinga convocara a protestas.

Juego sucio

Las tensiones no desaparecieron, pues entre lúos y luhyas persistió la sensación de que los kikuyus y sus aliados los excluyen del poder político para asegurarse la hegemonía económica. Aunque pertenece a la tribu kikuyu, el abogado Eddy Karamagi reconoce en entrevista telefónica que hace tiempo que se debió permitir el acceso a la presidencia de las tribus resentidas para evitar un retorno a las armas: “La sangre de 2007-2008 no puede volver a correr, pero está ahí, pulsando, amenazando”.

En previsión de las disputas, la comunidad internacional financió la adquisición de un moderno sistema de votación electrónica de 24 millones de dólares, que supuestamente debería darles plena transparencia y confiabilidad a los comicios del 8 de agosto pasado, impidiendo la alteración de resultados. A un costo de 500 millones de dólares, el proceso fue uno de los más caros de África e involucró a miles de trabajadores temporales.

Nuevamente, se enfrentaron Kenyatta, buscando la reelección, y Odinga. El juego sucio se abrió desde el primer momento y, como en otros países -de nuevo resonancias con México-, incluyó el despliegue de ejércitos de bots (falsos usuarios de redes sociales, controlados por compañías de “consultoría en relaciones públicas” que se venden al mejor postor), la fabricación de encuestas e incluso la falsificación de videos supuestamente realizados por CNN o BBC, además de viejos trucos, como la clonación de los periódicos nacionales The Star y The Nation, con portadas y artículos favorables a uno u otro político, para regalarlos en las calles.

Espejo de 2007 y 2013: el órgano electoral le dio la victoria al candidato kikuyu, Kenyatta, con 10 puntos de ventaja: 54% contra 44%. Odinga alegó que se había utilizado una fórmula matemática para alterar los resultados, porque a lo largo de todo el conteo, en cada etapa, Kenyatta siempre mantuvo una ventaja de 11%, sin variaciones, “lo cual es estadísticamente imposible”.

En varias regiones, grupos se enfrentaron con la policía y la sangre corrió. El caso fue a la Corte Suprema, siempre fiel a los kikuyus. Pero, de manera sorprendente, esta vez falló en contra. El viernes 1, los kenianos de uno y otro bando se quedaron con la boca abierta cuando los magistrados, por votación de cinco contra dos (debido a “numerosas irregularidades” que, por el momento, no han precisado), anularon la elección del 8 de agosto y ordenaron su repetición antes de 60 días.

“No puedo decirte qué tan inesperada fue esta resolución”, reconoce Eddy Karamagi. “Como si el Poder Judicial fuera realmente independiente… eso no es normal”.

En las zonas de predominio kikuyu, como el centro y norte del país, el estupor mantuvo a la gente en casa. Pero en las de los simpatizantes de Odinga, el oeste del país habitado por lúos y luhyas, el sureste costero de influencia suajili musulmana, y los grandes slums de Nairobi, se organizaron enormes fiestas populares.

Ante la sensación de que la gran oportunidad está a la mano y se puede escapar, algunos líderes sociales llamaron a dejar la fiesta y preocuparse por lo que viene:

“¡La celebración se acabó! ¡Kazi sasa!” (“a trabajar”, en suajili), publicó en Facebook Saumu A., una maestra con gran influencia en la comunidad luhya.

“NASA (siglas en inglés de Súper Alianza Nacional, de Odinga) debe detener las celebraciones ya, basta. Odiaría estar aquí dentro de 60 días, lamentándome y llorando por lo que pudimos haber hecho. La Alianza Jubileo (de Kenyatta) es superior en términos de estrategia y ahora debemos ponernos a hablar de estrategia. Una decisión histórica en la Corte debe ser seguida por una decisión histórica en las urnas”.

El reto, en efecto, es muy grande. A los 72 años, Odinga ya no parece tener el tirón de sus mejores tiempos. Esta vez, no sólo el resultado oficial fue favorable a Kenyatta, también las encuestas previas a los comicios.

El conflicto postelectoral, durante agosto no duró dos semanas y se desinfló, al contrario de los dos meses de fragor que hubo en 2007-2008. Eso sí, dejó una treintena de muertos, lo que ha afectado la imagen del candidato lúo, lo mismo que el indignado discurso de algunos de los suyos, que llegaron a hablar de dividir al país con términos como “divorcio” e incluso “secesión”.

En su ventaja juega la motivación que el fallo judicial insufla en sus simpatizantes, que antes acudieron a las urnas en números bajos por la desconfianza en el sistema, y ahora gritan en las calles (siguiendo a Barack Obama, quien es hijo de un keniano y una estadunidense), “¡sí se puede!”

“El riesgo es que, si a final de cuentas Odinga vuelve a perder, la frustración será mucho más grande y podría ser que ahora sí vayamos a un enfrentamiento mayor que todo lo que hemos visto”, advierte Karamagi.

“Eso me hace preguntarme ¿cuáles son las causas de fondo de la extraña decisión de la Corte Suprema? Los observadores internacionales habían dicho que el proceso fue limpio. Kenyatta ganó por una distancia considerable, las protestas ya se habían apagado… ¿qué quieren conseguir con esto?”.

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