“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

V Informe

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hay una imagen que sirve para entender al PRI de estos años. Es la de Yamelián Ivánovich Pulgachov en la Rusia del siglo XVIII. Lo conocemos por la comparación que Máximo Gorki hizo entre él y la Revolución Rusa, que cumple 100 años por estos días. En 1773, Pulgachov era un cosaco que había peleado en tres guerras para el imperio de la zarina Catalina la Grande, pero que, al igual que el resto de los combatientes, apenas sobrevivía vendiendo sus servicios de mercenario a los señores de la tierra. Miembro de una familia ucraniana que había participado en el experimento de una República Cosaca un siglo antes, Pulgachov desertó del ejército zarista y llamó a una rebelión a lo largo del río Volga. Como la corona de Rusia estaba en guerra contra los turcos, no pudo sofocarla. Por su arte en el mentir, sus seguidores estaban convencidos de que Pulgachov era, en realidad, el fallecido zar Pedro III. Como en un cuento de Kafka, nadie sabía en los Urales quién ni cómo era el que los gobernaba, así que le creyeron a Pulgachov. El cosaco alzado robó un retrato de Catalina la Grande y se mandó retratar encima, conservando sólo los ojos; al tiempo, organizó una corte militar que copiaba la estructura de la de la corona rusa, con sus clérigos ortodoxos, sus soldados, sus esclavos. Gorki vio en la Revolución de Lenin, en 1917, otra copia de esa calca, al menos en los métodos: “El exterminio masivo de los opositores es un viejo procedimiento de la política rusa, de Iván el Terrible a Nicolás II. A lo Pulgachov, a lo Necháyev, Lenin se comporta como un químico en su laboratorio, dispuesto a aceptar, como exigencia de su experimento, la muerte de organismos vivos”.

El PRI de estos años es como el cuadro de Catalina la Grande, o el facsímil de la corte de la zarina en los Urales. Como muchas cosas en México, “es pero no es”. Las palabras del presidente remedan un partido que, hace más de 50 años, intercambió el crecimiento económico por las libertades y los derechos. Es el PRI de Gustavo Díaz Ordaz que, en su IV Informe de Gobierno dice de los estudiantes en las calles del país: “Tenemos la ineludible obligación de impedir la destrucción de las fórmulas esenciales, a cuyo amparo convivimos y progresamos”. Casi 50 años después, esas “fórmulas” que hay que defender con la represión no tienen cómo sonsacarle su apoyo a las clases medias. Las “fórmulas” hoy son las económicas y financieras. No hay crecimiento y la democracia “es pero no es”. Del brazo de la propaganda de los medios comprados como voceros, el intercambio que planteó el PRI en 2012 fue la fantasía de la “estabilidad” y “la paz social” a cambio de la corrupción de siempre. La violencia siguió siendo encabezada por los gobernadores –por ejemplo, de los 426 acosos a periodistas el año pasado, sólo 17 provinieron del “crimen organizado”–, y los funcionarios, alertados por la posibilidad de no continuar otros 100 años en sus cargos, se apresuraron a depositarse los presupuestos en sus cuentas bancarias. Ningún caso de corrupción arrojó una sensación de justicia. En las elecciones en Veracruz, Nayarit, Estado de México y Coahuila siguió un clásico de la mentalidad priista: el voto es una demostración de lealtad que puede o no convertirse en un programa social. Todo, en medio de la sumisión a los caprichos en el pent house de la Torre Trump. El PRI de la despedida es lo peor de la corrupción e impunidad alemanista, la demagogia echeverrista y la brujería salinista de “con estas reformas inevitables se beneficiarán los hijos de tus bisnietos; ya verás”. Lo que realmente hubo fue una distribución de los despojos. El ridículo y el escándalo presidenciales sirvieron para neutralizar ese poder destructivo. Y la legitimidad del PRI se convirtió sólo en una analogía quebrantada.

“El estilo”, definió René Daumal, “es la huella de lo que se es sobre lo que se hace”. Pensando en que, como dijo Daniel Cosío Villegas, hay un “estilo” en la forma de gobernar, el del presidente en su quinto año deja el retrato de los ojos de la zarina sobreviviendo a la superposición de otro retrato más. Pero, para entender esa marca presidencial, hay que irnos hasta el mito de la ruina de Kasch, un pueblo africano que, cuentan, fue muy poderoso. Debía ese empuje a que, cada año, cuando ciertas estrellas coincidían en el cielo de Kasch, se llevaba a cabo el sacrificio del rey en funciones. Pero, una tarde, llegó un narrador de historias y los sacerdotes se distrajeron tanto con sus cuentos que dejaron de mirar al cielo, sin reportar a los futuros sacerdotes cómo era el arreglo del desenlace del rey. Sobrevino entonces la ruina, porque el rey ya no contaba con la legitimidad del cielo ni podía ser sacrificado porque sí. Roberto Calasso cuenta el mito como lo irresoluble de la política: si se practican sacrificios sin el permiso de las estrellas, se produce la ruina. Si no se practican, no existe la legitimidad. Y sucede la ruina. El rey puede ser cualquiera o no ser. La huella del presidente es la misma de Kasch sin cielos. Calasso imagina un encuentro entre un viajero que le dice al absurdo rey:

–Me han dicho que su reino se ha arruinado tres veces.

–La ruina de mi reino –responde el rey– no basta para destruir su existencia.

La palabra que se me ocurre para tratar de pensar el partido de estos cinco años es sustitución. La entiendo, siguiendo todavía a Calasso, como una facultad para “nombrar entidades invisibles, ocasionales, no permanentes, que se superponen a lo que se percibe, borrándolo”. Pero esa sustitución ha llevado a una Presidencia que se posee a sí misma como único referente. Pensemos en cómo se sustituyó la idea de “lo legal” para superponerla a la de corrupción, en el tema de la Casa Blanca de la esposa del presidente. Es una ley que deslinda de la culpa y, además, que se usa continuamente para castigar inocentes. Los casos son legión: OHL, Grupo Higa, Odebrecht. O entreténgase en la idea del “mal humor social”, como una percepción que debe ser sustituida por “contar lo bueno”, y espiar y hostigar a los que no lo hagan. No sólo no hay cielos estrellados, sino que los sacer-dotes ya no saben las reglas del sacrificio. Eso tan nimio como la ley.

Suplantar y sustituir no son lo mismo. La usurpación es una apropiación. El reem-plazo suple a uno que se piensa como original aunque, como todo lo que tiene que ver con el origen en política, es producto de alguna usurpación. Pienso en la trama de la película de Akira Kurosawa, La sombra del guerrero. Cuenta la historia de un rey japonés, Shingen, en una guerra contra otros dos señores feudales. Al morir por una lanza de un francotirador, el círculo íntimo del difunto urde un plan para sustituirlo por un doble, para que los soldados no se desanimen. Por simple parecido físico, el cargo recae en un ladrón que debía estar encarcelado esperando la pena de muerte. Éste es entrenado para hablar, comportarse, y encabezar las tropas. Cuando lo está logrando, es descubierto por unos lunares en su cuerpo desnudo que una de sus concubinas nota. Expulsado de la casa real que le dio sentido y sustento durante tres años, el ladrón sustituto del rey asiste a la batalla final, leal al papel que ya no tiene. Muere en el campo de un flechazo. Hay muchas similitudes entre este sustituto y el que nos ocupa en su quinto año de gobierno. La más notable es que, como Pulgachov, nunca conseguirá afianzar un territorio de multitudes que realmente crean que están en presencia de la autoridad. Que sostienen su servidumbre voluntaria por una simple analogía.

Esta columna se publicó el 3 de septiembre de 2017 en la edición 2131 de la revista Proceso.

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