Juárez y su himno triunfal

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En un texto anterior (Proceso 2122) abordamos la génesis del emblema sonoro de nuestra vapuleada nación, adelantando su seguimiento. El momento es ahora, ya que se añade a las celebraciones por el sesquicentenario de la ardua restauración de la República. Como ya anticipamos, es una historia que, de no estar avalada por fuentes documentales, mostraría tonos cuyas reverberaciones, en retrospectiva, parecerían irreales.

Para comenzar, resaltemos que también a través de la música, Juárez intentó cohesionar el sentir del pueblo mexicano, con sus profundas divisiones y fracturas de identidad. Por ello, una de las primeras acciones de su gobierno ‒igual de urgente para el benemérito que la creación en ese definitorio año de 1867 de la Escuela Nacional Preparatoria o de la Biblioteca Nacional‒ fue la de desaprobar el himno del catalán Jaume Nunó ‒hay dudas de que se trató de un plagio‒[1], no sólo por tratarse de un extranjero sino, por su abierta loa a Santa Anna; por ende, buscó la manera de contar con uno nuevo, más acorde con la visión política de la restauración republicana.

Ciertamente, la primera función social que la música había desempeñado en el México Independiente fue la de ser un agente de identidad colectiva, por el simple hecho de implicar a cualquiera ‒intérpretes y escuchas‒ en un acto de convivencia cívica. Recordemos que a la naciente patria le costó mucho trabajo y, sobre todo, le tomó mucho tiempo para hacerse de un himno propio. Desde la consumación de la Independencia en 1821, transcurrieron 33 años para que Santa Anna convocara al concurso para musicalizar el poema de González Bocanegra, aparte de los nueve intentos previos que ya citamos.

No debe sorprender que para los intelectuales de la generación de Juárez, la idea de que el símbolo acústico de la soberanía nacional procediera de extranjeros era una afrenta difícil de soportar. Ignacio M. Altamirano afirmó categórico: “Un himno patriótico debe de ser tan nacional como la bandera”, y muchos más se pronunciaron en esa misma dirección, abogando por que fuera un compatriota quien le diera gloria a México a través de una composición musical.

Así pues, en el seno de la Sociedad Filarmónica Mexicana ‒de la que nació el Conservatorio Nacional y a la que pertenecían los intelectuales, artistas y académicos más sobresalientes del país‒ surgió, a mediados de 1867, la idea de que uno de sus integrantes se encargara de proponer una verdadera Marcha Nacional. El honor de tal empresa recayó, por unanimidad, en la persona de Aniceto Ortega quien era, además de un médico destacado, un pianista y compositor con las mejores credenciales para echarse a cuestas tan delicada encomienda. Es de notar que los compositores más afamados de aquel México decimonónico ‒sobre todo, estaban dos de los jurados (León y Balderas) que habían seleccionado el himno de Nunó‒ eran miembros de la Sociedad. Sobre la valía humana de Ortega, el eminente geógrafo Antonio García Cubas expresó: “era un músico culto y exquisito, un literato distinguido por su vasta instrucción y facultad imaginativa y un elegante hombre de sociedad por su fina educación.”

Una vez que el Dr. Ortega concluyó con la faena compositiva y se programó el anhelado estreno de la música patria en el Gran Teatro Nacional ‒antes Teatro Santa Anna y después Gran Teatro Imperial‒ el Monitor Republicano publicó lo siguiente:

 

“Segundo Gran Concierto vocal, instrumental y de orfeonismo de LA SOCIEDAD FILARMÓNICA MEXICANA, que tendrá lugar la noche del martes 1° de Octubre de 1867. México no posee una marcha verdadera y nacional, pues no tienen ese carácter la de Herz, Bochsa o el Himno de Nunó. A la SFM le tocaba llenar ese vacío y encomendó al Sr. Dr. Don Aniceto Ortega, la composición de una marcha. El Sr. Ortega, en vez de una, compuso dos, y se tocarán ambas en el Concierto del martes próximo. El público, que es el perito más competente para juzgar una composición popular, quedará así constituido en jurado musical y elegirá la marcha que deberá ser nacional.”

 

Las dos marchas que Aniceto Ortega compuso fueron la Marcha Zaragoza, dedicada al héroe de la batalla del 5 de mayo y otra que intituló Marcha Republicana. El culto y exquisito médico buscó que la interpretación fuera majestuosa, incluyendo la participación de una orquesta y diez pianos a cuarenta manos. Entre los pianistas se contó con la generosa presencia de amigos y colegas del Dr. Ortega, quien dirigió desde el pódium. Los apellidos que menciona el diario Siglo Diez y Nueve son los de las señoritas Acosta, Burguiciani, Guillén, Larrea, Larrañaga, Beristáin, Duclós, Montes de Oca, Olaeta y Wagner y los nombres de los maestros Jauregui, González, Meyer, Reponti, Francisco Contreras, Julio Ituarte, Agustín Balderas, Alfred Bablot y Tomás León. Sobre estos últimos, vale repetir que eran los músicos más reconocidos de la época

En cuanto al veredicto popular, El Siglo Diez y Nueve reportó: “La Marcha Zaragoza de Aniceto Ortega fue la que el público aplaudió con mayor furor, haciéndola repetir. Creemos que se popularizará, haciendo olvidar todas las que hasta aquí se han llamado, erróneamente, marchas nacionales.”. Aunque también el mencionado Alfred Bablot escribió al respecto, abundando sobre la diferencia de opiniones:

“Las marchas del Sr. Dr. D. Aniceto Ortega son dos inspiraciones felicísimas: […] los aplausos del público demostraron preferencia por la Marcha Zaragoza. Esta es de hoy más la marcha nacional mexicana. Así lo ha decidido y sancionado el voto popular, que ojalá tenga tan buen acierto en sus sufragios políticos. Empero, al concluir la función había diversidad de opiniones sobre ambas composiciones; unos se inclinaban a la marcha Zaragoza, otros a la Republicana.”

Es de enfatizar que el concierto fue presidido por Juárez, ratificando su repudio al himno de Nunó. Sobre su preferencia personal cabe decir que, en un acto de genuina democracia, acató el voto popular, a pesar de que la Marcha Republicana lo llevara como dedicatario implícito.

Con el correr del tiempo, a la Marcha Zaragoza se le incluyó en todos los actos de gobierno e incluso se le puso letra ‒que a la fecha sigue extraviada‒, suscitando verdadera exaltación en sus audiciones. Un año después, Altamirano publicó un alegato sobre su efecto en el pueblo mexicano. Se lee: “La Marcha Zaragoza es la Marsellesa de México, y de hoy en más será siempre nuestro toque de arremetida. La Marcha Zaragoza es hija de la victoria y no del dolor, y por eso sus armonías todas no se traducen en lamentos, sino en arrebatos de entusiasmo, en acentos de triunfo. [..] Aniceto Ortega puede envanecerse de haber inventado para su patria un arma poderosa e invencible.”

Lastimosamente, con el advenimiento del porfirismo, fue ninguneada la voluntad popular que había elegido un himno finalmente “nuestro”, volviendo a dársele al presunto plagiario Nunó el sitial de honor que habría de pertenecerle, por derecho propio y con total anuencia de Juárez, al Dr. Ortega. No está por demás enfatizar que el jurado que eligió al himno de Nunó había sido un grupo hiperselecto de músicos[2] y que su voto no fue dividido con el verdadero juez, que es el pueblo que habría de cantarlo. ¿No sería justo volver a escuchar las notas triunfales de la Marcha Republicana que el eminente galeno coligió con el fervor patriótico que la causa republicana le inspiró?…[3]

Pero allende la respuesta, lo relevante del caso es que el responsable de esta columna pudo ponerse en contacto con los descendientes de Aniceto Ortega, y que por voluntad conjunta el acervo orteguiano será donado en breve a la Biblioteca Nacional. En él se hayan algunas de las partes o partichelas de esta emblemática obra que se creían perdidas[4] y que con ellas pudo reconstruirse su partitura general.[5] Nadie en su sano juicio se atrevería a dudar de la importancia de rescatar una marcha que celebró el triunfo de la República mexicana después de la larga serie de cruentas intervenciones que sufrió. Ahora que se celebran los 150 años del inconmensurable logro juarista, la pertinencia es absoluta, inclusive aconsejable para ser propuesta como parte de la urgente refundación del Estado mexicano, por los políticos valientes que desean regenerarlo…

[1] Acorde con una fuente secundaria, a Julián Carrillo le fue revelada la autoría a cargo de un músico francés llamado François Chenal.

[2] Fueron nada más tres: José Antonio Gómez y los citados Agustín Balderas y Tomás León.

[3] Se recomienda la audición de entrambas. Audio 1. Aniceto Ortega – Marcha Zaragoza. (Silvia Navarrete, piano. CONACULTA 2004) Audio 2: Aniceto Ortega – Marcha Republicana. (Pista digital creada ex profeso para esta parcial primicia. © SMCH)

[4] Lo único que se pensaba que había sobrevivido era la partitura para piano a cuatro manos que está resguardada en la Biblioteca del CNA.

[5] La reconstrucción es obra del titular de la columna y su estreno mundial contemporáneo avendrá el próximo 1° de octubre en la Sala Nezahualcóyotl del CCU, en un concierto organizado por el Dr. Germán Fajardo, director de la Facultad de Medicina de la UNAM., para celebrar, tanto el día del médico, como la determinante participación de músicos y galenos en la restauración de la República.

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