Juchitán: La tragedia duerme en la calle (Video)

JUCHITÁN, Oax. (apro).- Por la noche, las calles de esta ciudad son un dormitorio. Bajo toldos improvisados o a cielo abierto, familias pasan las noches en vigilia, su sueño es apenas interrumpido por el ladrido de perros en sobresalto ante lo extraño y balaceras persistentes, más cerca o más lejos las ráfagas que perturban.

Se erigieron en albergues por sus propios medios. En la parroquia del Señor de Esquipulas, barrio de la antigua Sección Séptima, la capilla cayó el jueves 8, y junto a sus escombros, en plena carpeta asfáltica, los vecinos y feligreses, juntan su miedo a los saqueos y se declaran en resguardo.

Sus casas se desplomaron o bien registran cuarteaduras tan graves que en cualquier momento pueden venirse abajo. Eso les dijeron el fin de semana los agentes de Protección Civil que pasaron rapidito calificando riesgos, haciendo pintas con spray en sus fachadas e invitándolos a ir a los albergues comunitarios.

Felipe, Victoriano y Cristian están de guardia la noche del martes 12. Cada hora, hacen sonar un silbato que se responde en el siguiente barrio, que replica el siguiente y responde el de más allá, y así en una secuencia imposible.

Según Felipe, hasta el domingo pasaron rondines del ejército y la Gendarmería. Pero ya el lunes nadie pasó. Los rumores se propagan desde entonces: hay saqueos a mano armada; hay gente entrando a viviendas afectadas; una camioneta blanca se está llevando niños… los rumores, propalados por los altavoces por los que suelen darse avisos vecinales –una tradición tan arraigada que quizás sea su medio de comunicación inmediata más efectivo— mantienen aquí la alerta.

En los campamentos del Ejército y la Armada, ubicados en el Instituto Tecnológico de Juchitán, los mandos se quejan de llevar dos días intentando convencer a los habitantes de la región, de abandonar sus viviendas dañadas. Es infructuoso, los campamentos vecinales se mantienen.

“Ya no sabemos qué hacer… llevamos dos días diciéndoles pero no quieren dejar sus casas”, dice un oficial naval a cargo de la asistencia a damnificados.

Y es cierto. Los actos vandálicos no están comprobados pero en este barrio el miedo sí es verificable en cientos de viviendas de columnas descolocadas y en las figuras de los santos rescatados con sus desvencijados altares, en las amontonadas, sus prendas con amarres, los electrodomésticos y sus pertenencias todas, cubiertas por plásticos y aquello que pudieron convertir en materiales.

El peligro viene de “allá abajo”, del fondo de la Sección Séptima, de las colonias más allá de la carretera a Playa Vicente, una frontera que –recomienda Cristian– siempre, pero especialmente de noche, no hay que traspasar, aunque allá abajo está peor de afectado.

Disparos en la oscuridad

Las reiterativas ráfagas de metralla que escucharon entre las 11:00 de la noche del lunes y las 3:00 de la madrugada, los convencieron de que algo tenían qué hacer. Y lo que hicieron, fue establecer vigilancias comunitarias ante la ausencia de cuerpos de seguridad.

De barrio en barrio, por toda la sección Séptima, cada hora los silbatos suenan. Una vez, todo en calma; dos veces, alarma. Juntos, apenas sacando la vuelta a los escombros de sus viviendas caídas, arman fogones, preparan alimentos, se dan ánimo armados con piedras y palos, atrincherados detrás de las barricadas que impiden el tránsito.

Un grupo de hombres en torno a una mesa metálica, vence el tedio de la guardia jugando cartas. A un lado, hay mujeres que cortan con pericia verduras, amasan, atizan su anafre y hablan en un susurro. De repente, un sobresalto moviliza a los hombres del barrio de Esquipulas, que corre hacia ellas y ellos, por toda la calle Madero, palos en alto pero, antes de llegar a Insurgentes, se detendrán cuando les anuncien que todo transcurre en calma. Un silbatazo.

Aquí, en la calle Madero, los jóvenes están festivos. Como suele ocurrir con los jóvenes y el paso de las horas en cualquier parte, ellos no logran pasar demasiado tiempo en duelo. Es momento de la cascarita de futbol que arranca apasionadas discusiones, júbilos por un gol, reclamos por una falta y en fin, por todas esas cosas que arrancan los gritos apasionados de la afición. Parecen jugar al máximo, vivir al límite en periplos fantásticos, burles y birles, toques y chutes…

Eso fue lo que oyeron los de Esquipulas que ya regresaron a su albergue, como llaman al toldo callejero.


No quedó nada

“Vea mi casa. Mire las cuarteadoras. Vaya a la cocina ¿ve el escombro? Así nos fue, por eso estamos afuera. Allá, enfrente está la casa de mi abuela, donde vive mi hermana que es muy delgada y apenas logró salir. No quedó nada”.

La casa de José Antonio, en efecto luce en una ruina. La de su hermana, la mujer delgada de edad, es sólo escombro y una pared –“la pared reforzada” aclara él— de donde no hubo nada que sacar.

–¿Saben a dónde puedo ir? ¿Dicen que hasta Tehuantepec? –pregunta José Antonio desconsolado porque a esta Sección Séptima, tan tradicional y céntrica de Juchitán, ninguna dependencia de gobierno ha llegado.

Vecinos y hermanos, José Antonio y la mujer delgada que duerme a unos pasos, pasan los días entre mecedoras y catres.

Mecedoras, catres, hamacas, sillas, sillones y juegos de sala, colchones sobre el asfalto, mesas de centro y muebles, muchos muebles de rattan pero más de tejido plástico, camastros y colchonetas, sillas y mesas con la marca ya borrosa de alguna bebida comercial, cobijas, cajas de refresco, tarimas, bases de colchón, literas… una estampa inverosímil de no ser por el contexto: a media calle, una lavadora está funcionando.

La Congregación Cristiana “Puerta del Cielo”, tendió un cable desde su interior hasta la lavadora. El rebaño de vecinos está ahí, con una banca y otros muebles, casi a media calle. Un toldo los protege y, resignados, señalan sus viviendas caídas, mientras su pastor, desenvuelto, lanza bendiciones.

Ahí en la calle 2 de Abril, Asunción departe con hijas y nietas. Su marido, en un colchón bajo la banqueta, está roncando. Ella quiere mostrar que se quedó sin nada. En lo que fue su sala, sólo queda un altar, con sus veladoras que ella intenta acomodar, limpiar un poco. Quiere saber a dónde acudir.

Abandonados

Aquí, la coincidencia es que todos acusan que no hay ayuda del gobierno. En Escupilas acusaron a la alcaldesa Gloria Sánchez y al gobernador Alejandro Murat del abandono. En Madero e Insurgentes, dicen que la alcaldesa reparte ayuda de noche en las zonas que controla su partido, el PRD pero nada con los demás barrios y comunidades. En 2 de Abril, un cartel exige a Peña Nieto que deje de tomarse fotografías y ayude a la población.

Lo dicen una y otra vez en cada zona del barrio: la ayuda llega por asociaciones, por fundaciones, por los profesores de la Sección XXII, por el maestro Toledo…

Son a ellos a quienes hoy, el gobernador Murat pidió que dejen de llevar ayuda y se la entreguen a la Marina y al Ejército.

De repente, un tumulto creciente se dirige a la calle Constitución. Un grupo de mujeres de la Ciudad de México decidió reunir ayuda sin siglas ni organizaciones. Llegan a bordo de una Suburban y varios camiones de despensa… las filas son interminables y ellas maniobran como pueden para hacer la entrega. Saben que será insuficiente, son cuadras interminables de una multitud hambrienta que lleva cinco días sin casa y viviendo bajo la banqueta.

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