Manos que ayudan en la tragedia

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Un puño cerrado, arriba. Es la señal de la esperanza por encontrar a una persona viva entre los escombros. La madrugada de este martes, cientos de voluntarios exigen silencio frente a un edificio que se derrumbó en la calzada de Tlalpan, a la altura de la estación Las Torres del tren ligero.

“¡Shhh, silencio, guarden silencio!”, corre la voz entre las decenas de voluntarios, la mayoría jóvenes, que andan ahí desde hace horas, prestando sus manos y su corazón para atender la emergencia.

A lo lejos, en lo alto, soldados del Ejército mexicano siguen retirando tabiques, piedras, varillas, madera. Cada segundo es crucial. El polvo vuela en los alrededores, e igual se percibe el dolor y la desesperación cuando muchos ven su casa derrumbada.

Ahí está una mujer de no más de 60 años. Sus piernas y sus manos tiemblan. No es de frío, porque está envuelta en cobijas. En sus manos tiene un algodón remojado con alcohol, pero eso no calma sus nervios. Tampoco lo logra el abrazo de un joven, al parecer su familiar, quien intenta mantener la calma para no colapsar también.

Frente a ese edificio, en medio de las vías por donde pasa el tren ligero, se monta espontáneo un centro de acopio. Camionetas, coches, gente en moto o a pie llega y anuncia: “Traigo comida preparada”, “traigo agua”, “Van croquetas de perro”, “Son latas, atún, frijoles, leche en polvo”, “Aquí hay toallas sanitarias y papel”, “Agua, hay más agua”.

Aún no se sabe a dónde y cómo se llevará esa ayuda, pero los capitalinos la transportan impulsados por su sentido de solidaridad, por ayudar a su gente. Los voluntarios piden hacer cadenas humanas para recibir las cosas, que para entonces ya tienen un lugar clasificado.

“Estamos aquí desde hace como tres horas. Fuimos a Coapa para ver en qué podíamos ayudar, pero ahí nos dijeron que ya había mucha gente. Que mejor no estorbáramos. Empezamos a caminar por Tlalpan y encontramos este edificio y aquí empezamos a ayudar”, explica David, un joven de lentes que recibe garrafones de agua que acaban de llegar.

“Shhhh, silencio, silencio por favor”, se vuelve a escuchar entre voces que pasan de boca en boca, y crece de nuevo la esperanza de encontrar a alguien con vida. Por segundos la gente calla, deja de moverse, suspira. Desde donde están los soldados, el puño que coordina baja y se retoman las actividades.

“¡Apaguen sus celulares, hay fuga de gas, apáguenlos!”, pide otra chica que, arriba de una barda, intenta coordinar a los voluntarios y se nota molesta por la gente que no ayuda, pero que tampoco se va, esa que insiste en grabar las labores de rescate y espera que pasen dos jóvenes repartiendo café y pan de dulce que otros han llevado para los que sí apoyan.

“Traigo un bote con pasta y arroz preparado, está caliente. ¿En dónde se los dejo?”, pregunta un joven cuya cara denota esfuerzo para no llorar mientras escucha cómo a pocos metros se oyen los picos y palas que recogen más escombros.

“Vengo de Insurgentes y Sonora, me mandaron con 10 lámparas, ya traen pilas. ¿A quién se las entrego?”, pregunta un joven que salió con su moto a ver en qué podía ayudar. Unos 20 minutos antes estaba en ese otro punto de la ciudad.

Ahí ayuda a clasificar las cosas que llegan en bolsas, cajas, paquetes. Más latas, más papel, ropa, hasta paraguas y gorras nuevas llegan a esa esquina, mientras los voluntarios gritan: “¡Háganse a la orilla, muévanse, dejen pasar a los camiones de volteo!”. Uno, dos, tres, cuatro vehículos pesados avanzan con jóvenes arriba listos para cargar cascajo.

En ese punto hay varias personas que viven en la calle. Pero esta vez no van a pedir comida ni un peso para un taco. No. Ellos cargan cajas igual que el estudiante, el padre de familia, el burócrata y el repartidor de pizza que aún lleva su casco con el logo del lugar donde trabaja y que al acabar su turno se dirigió al lugar para apoyar.

Sentada en el piso hay una joven que dice saber algo de medicina. Ella se autocomisiona para clasificar los medicamentos que llegan. “Ésta es para la diabetes, ésta para la diarrea. Aspirinas y paracetamol van en esa caja. Gasas y vendas de este lado”, instruye, mientras rotula una caja de cartón con un marcatexto.

Los víveres son tantos que ya no caben en la banqueta. Hay montones de bolsas de arroz, frijoles, galletas, leche y jugos en tetrapack; fruta, salchichas, queso, paquetes de papel de baño, servilletas, platos y vasos desechables. Agua, muchas botellas de agua de todos los tamaños.

“Abran paso, es comida para los militares, comida para los militares. Ellos también tienen que comer”, indica Héctor, un hombre con chaleco y casco rojos con el logo de Protección Civil, quien coordina los trabajos de ese centro de acopio. Vía radiocomunicación recibe mensajes de sus colegas que están en otros puntos. Se nota que tiene experiencia para este tipo de desastres. Cierto, estuvo de voluntario en el sismo de 1985.

“¿En qué les ayudo?”, pregunta una mujer que acaba de llegar. “Vengo de Gabriel Mancera y me dijeron que acá necesitaban más ayuda”, dice, y se le llenan los ojos de lágrimas porque allá nadie le recibió unos 50 sándwiches que sus papás prepararon para repartir a los voluntarios.

“Gracias, ahorita estoy ayudando”, le dice un hombre. “Pregunta por allá quién quiere, yo ahorita no, gracias”, le pide una chica. “Déjalos por ahí en esa esquina, al ratito nos va a dar hambre”, instruye otro joven. Lo mismo le dicen a un matrimonio que llega con un bidón de café negro. “Está caliente, es para repartirlo ahorita de una vez”, ofrece, pero obtiene poca respuesta.

“Mejor vete a descansar y mañana a las seis de la mañana nos vienes a relevar”, le sugiere un hombre que con un altavoz pide despejar el espacio porque va a pasar una ambulancia.

Y, así, cientos de ciudadanos en la noche y la madrugada llegan a los puntos donde quieren prestar sus manos y su voluntad, impulsados por ese sentimiento que en muchos queda aún desde hace 32 años, la mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando también salieron a la calle a apoyar.

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