El anfiteatro… hora tras hora la amarga espera

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- David Ramos decidió renunciar a su empleo, el pasado lunes 18. No estaba satisfecho con lo que hacía ni con la empresa coreana que lo mantenía en el cuarto piso.

Su hermana, Ana Ramos González, permaneció en el lugar. Se quedó en el tercer piso del edificio ubicado en la calle de Chimalpopoca.

Antes de que se hiciera viral la imagen del inmueble desplomándose, David e Iván, el esposo de Ana, se dirigieron al inmueble. Desde las 2 de la tarde se enrolaron en las cadenas humanas que se dieron cita en ese sitio para rescatar a personas con vida.

Ahí pasaron la noche, pero ante la falta de comunicación, el silencio institucional los mantuvo en vilo hasta que 24 horas después un socorrista les confirmó que el cuerpo de Ana había sido transportando al Instituto de Ciencias Forenses (ICF), donde continúa la espera.

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Ana Ramos González es una de las 25 mujeres que perdieron la vida en el sismo de ayer, de acuerdo con la estadística oficial del ICF, dependiente del Poder Judicial de la Ciudad de México, en cuyas instalaciones hay una treintena de personas que han perdido casi toda esperanza.

La Ciudad Judicial, como se conoce a la serie de complejos judiciales capitalinos, lucha casi desolada. El tráfico habitual de un miércoles desapareció sin el ir y venir de oficinistas, abogados y partes implicadas en la maraña de la justicia cotidiana.

Una familia aguarda. Se ha partido en dos, una parte ayuda en la calle Álvaro Obregón, en la colonia Roma, y la otra se encuentra en la Ciudad Judicial, esperando lo peor.

“¿Sabe una cosa? Mi hija ha muerto, no podría salir viva de esa instalación”, dice el patriarca. Y prefiere no decir más.

Y así hay otras familias cansadas, que acusan la falta de comunicación e insensibilidad, porque durante 24 horas les han pedido calma en cada edificio colapsado, sin poder tener acceso a listas de heridos, desaparecidos o muertos.

Esperanza quizás perdió a Antonio, el joven taquero ambulante de la calle Salamanca que acostumbraba visitar el Palacio de Hierro para ir al baño. Y ella, que desde la media noche desesperó por entrar a la tienda departamental para sacarlo, ahora está en la Ciudad Judicial. Dice que no quiere creerlo, no puede creer que esté muerto, pero no sabe dónde más preguntar.

Cuatro familias realizan tramites en el interior. Ya saben que sus familiares no sobrevivieron. Pero el vestíbulo está atestado de parentelas que quiere ver si los tres cuerpos que no han sido identificados son los de sus familiares desaparecidos en los edificios derrumbados.

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Las caravanas. Una fila de patrullas adelante abre paso a la ambulancia. Otra fila, atrás, la acompaña.

Al llegar al lugar, los vehículos particulares se agolpan esperando ganar un lugar en la fila de quienes preguntan por sus desaparecidos que pudieran estar muertos.

En el exterior del inmueble, una unidad móvil del registro civil sirve para agilizar el trámite de actas de nacimiento, y recibir los documentos forenses para elaborar las actas de defunción.

En la acera, varias carrozas y vehículos con ataúdes acompañan la espera. Son de la asociación de funerarios que vinieron a donar carroza y traslado.

Las tragedias se acumulan. Sergio espera a la esposa de su sobrino y de antemano dice: Soy un pariente lejano.

Pero no tienen dinero y hay cosas que pagar. Por ejemplo, el embalsamamiento. De pronto, un hombre de la asociación se aproxima para ofrecer todo gratis, porque el apoyo es para la gente de bajos recursos, y si ellos lo son, está garantizado. Pero ni eso les reanima. Sus rostros, imperturbables. El duelo ha empezado.

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