La solidaridad de la población en realidad fue toma de poder

CIUDAD DE MEXICO (Proceso).- (Collage de voces, impresiones, sensaciones de un largo día)

Día 19. Hora: 7:19. El miedo. La realidad cotidiana en oscilaciones, ruidos categóricos o minúsculos, estallido de cristales, desplome de objetos o de revestimientos, gritos, llantos, el intenso crujido que anuncia la siguiente impredecible metamorfosis de la habitación, del departamento, de la casa, del edificio… El miedo, la fascinación inevitable del abismo contenida y nulificada por la preocupación de la familia, por el vigor del instinto de sobrevivencia. Los segundos premiosos, plenos de una energía que azora, corroe, intimida, se convierte en la debilidad de quien la sufre. “El fin del mundo es el fin de mi vida”. Versos. “No pasa nada, no hay que asustarse. Guardemos la calma”… Y los consejos no llegan a pronunciarse, el pánico es segunda o primera piel, a ganar la salida, a urdir la fuga de esta cárcel que es mi habitación, a distanciarse de esa trampa mortífera que fue el hogar o la residencia provisional. El crujido se agudiza, en el bamboleo la catástrofe se estabiliza, la gente se viste como puede o se viste sólo con su pánico, el miedo es una mística tan poderosa que resucita o actualiza otras místicas, las aprendidas en la infancia, las que van de la superstición a la convicción, las frases primigenias, las fórmulas de salvamento en la hora postrera.

El 19 de septiembre, en la capital, muchos carecieron de la oportunidad de profundizar en su miedo.

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–Me di cuenta de todo a fondo, como que el pavor lo hace a uno consciente de cada movimiento, y al mismo tiempo, como que el pavor es una inercia autónoma. Advertí que sólo pensaba en mí mismo, y que trataba como podía de pensar en los demás, en los míos. Me afligía y me serenaba, pero sin dejar de hacer las cosas, de gritar, de apresurar, de tranquilizar, de planear la salida, todo tan acelerado que no oía, sólo veía espectáculos. Estaba aterrado, pero el llanto de mi hija retumbaba dentro de mí, era interminable, lo seguí oyendo mucho rato después.

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El sonido de los desplomes, las imágenes de los derrumbes, las poses fantásticas de los edificios al reducirse abruptamente a escombros. Paulatinamente, en un lapso de dos o tres horas, los habitantes de la ciudad se asomaron a la dimensión de lo ocurrido, los hoteles y condominios en tierra, las escuelas y los hospitales desvencijados, la precipitación del gran edificio de Tlatelolco, las miles y miles de víctimas, la respuesta masiva ante el desastre. Se implementaron, con reiteración orgánica, los términos que en los casos extremos cubren las dos funciones: descripción y síntesis, evaluación y pena. Tragedia, bombardeo, catástrofe que, en primera instancia, son declaraciones de impotencia ante las fuerzas naturales, pesadumbre que al magnificarse se precisa, relatos que ya no necesitan extenderse.

El primer panorama lo proporcionó la radio, entre otras razones por estar sin luz gran parte de la ciudad y por hallarse Televisa cinco horas fuera del aire. La coordinación informativa de la radio, hizo posible integrar una visión de conjunto, que la experiencia personal complementó: tráfico congestionado, la colonia Roma cruelmente devastada, el Primer Cuadro zona de desastre, en un radio de 30 kilómetros cerca de cien derrumbes totales o parciales, explosiones, alarmas insistentes sobre fugas de gas, incendios, cuerpos mutilados, noticias sobre la desaparición de grupos enteros de estudiantes, turistas aislados en su desamparo, hospitales evacuados, cuadrillas de socorristas y voluntarios, familiares desesperados, crisis de angustia en las calles, gritos de auxilio provenientes de los escombros, demanda de ropa, víveres y medicina, solicitud prodigada de calma. Poco a poco, el miedo cedió paso o coexistió junto al dolor, la incertidumbre, el deseo de ayudar, el azoro. “La peor catástrofe de la ciudad de México”.

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El olor es penetrante, distinto, en cierta manera inaugural. Es un olor atribuible a la muerte, a las fugas de gas, a la percepción trastornada, al susto que se esparce en frases: “No fumen, no prendan cerillos, pasen con cuidado, aléjense, aquí hay peligro”. En el centro, en la colonia Roma, cerca de los ostentosos fiambres arquitectónicos, el olfato actúa a la caza de datos de alarma, de informaciones que ratifiquen la condición agónica de los lugares. En la exacerbación olfativa hay pánico, sospecha de hedores inminentes, certeza de que, entre otras cosas, la ciudad no es ya la misma, porque uno está consciente, ávidamente consciente de la terrible variedad de sus olores.

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De todas partes llegan a sumarse a los bomberos, a los granaderos, a los trabajadores del Departamento Central y de las delegaciones, a los policías del DF y del Estado de México. Convocada por su propio impulso, la ciudadanía decide existir a través de la solidaridad, del ir y venir frenético, del agolpamiento presuroso y valeroso, de la preocupación de otras vidas que, en la prueba límite, es ajena al riesgo y al cansancio. Sin previo aviso, espontáneamente, sobre la marcha, se organizan brigadas de 25 ó 100 personas, pequeños ejércitos de voluntarios listos al esfuerzo y al transformismo: donde había tablones y sábanas surgirán camillas; donde cunden los curiosos, se fundarán hileras disciplinadas que trasladan de mano en mano objetos, tiran de sogas, anhelan salvar siquiera una vida.
Los oficios se revalúan. Taxistas y peseros transportan gratis a damnificados y a familiares afligidos; plomeros y carpinteros aportan seguetas, picos y palas; los médicos ofrecen por doquier sus servicios; las familias entregan víveres, cobijas, ropa; los donadores de sangre se multiplican; los buscadores de sobrevivientes desafían las montañas de concreto y cascajo en espera de gritos o huecos que alimenten esperanzas. Al lado del valor y la constancia de bomberos, socorristas, soldados, chóferes de la Ruta 100, médicos, enfermeras, policías, abundó un heroísmo nunca antes tan masivo, y tan genuino, el de quienes, ante la escasez y la falta de recursos, y por decisión propia, inventaron como pudieron métodos funcionales de salvamento, el primero de ellos, una indiferencia ante el peligro, si ésta se traducía en vidas hurtadas a la tragedia. Basta recordar las cadenas humanas que rescatan un niño, entregan un gato hidráulico o un tanque de oxígeno, alejan piedras, abren boquetes, sostienen escaleras, tiran de cuerdas, trepan por los desfiladeros que el temblor estrenó, instalan los “campamentos de refugiados”, cuidan de las pertenencias de los vecinos, remueven escombros, aguardan durante horas la maquinaria pesada, izan cuerpos de víctimas, se enfrentan consoladoramente a histerias y duelos.

Por más que abunden noticias de pillaje, abusos y voracidad, tal esfuerzo colectivo es un hecho de proporciones épicas. No ha sido únicamente, aunque por el momento todo se condense en esta palabra, un acto de solidaridad. La hazaña absolutamente consciente y decidida de un sector importante de la población que con su impulso desea restaurar armonías y sentidos vitales, es, moralmente, un hecho más vasto y significativo. La sociedad civil existe como gran necesidad latente en quienes desconocen incluso el término, y su primera y más insistente demanda es la redistribución de poderes. El 19 de septiembre, los voluntarios (jóvenes en su inmensa mayoría) que se distribuyeron por la ciudad organizando el tráfico, creando “cordones” populares en torno de hospitales o derrumbes, y participando activamente –y con las manos sangrando– en las tareas de salvamento, mostraron la más profunda comprensión humana y reivindicaron poderes cívicos y políticos ajenos a ellos hasta entonces. Fueron al mismo tiempo policías, agentes de tránsito, socorristas, funcionarios del ayuntamiento, médicos, enfermeros, diputados, líderes vecinales, regentes. Por eso, no se examinará seriamente el sentido de la acción épica del jueves 19, mientras se le confine exclusivamente en el concepto solidaridad. La hubo y de muy hermosa manera, pero como punto de partida de una actitud que, así sea ahora y por fuerza efímera, pretende apropiarse de la parte del gobierno que a los ciudadanos legítimamente les corresponde. El 19, y en respuesta ante las víctimas, la ciudad de México conoció una toma de poderes, de las más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad, la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser también la importancia súbita de cada persona.

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En una casa frente al parque, la señora de edad observa por la ventana. Socorristas y vecinos la instan a salir, el lugar es inseguro, los derrumbes próximos auguran lo peor. Ella se resiste, ve con sorna al reportero de televisión, cierra y abre la ventana con enfado y parsimonia, se aleja y vuelve. Los llamados a la huida se acrecientan. “Salga, señora. Por favor. ¿Qué no ve cómo está la situación? No sea terca”. Se esconde, y al volver el reportero de la televisión ya se ha ido, y ella hace un gesto triste, como de quien perdió algo entrañable. Responde: “Aquí estoy a gusto. Déjenme en paz”. Y de nuevo cierra la ventana y se retira, y dos minutos después ya está con su público. Las vecinas se obstinan, le llaman por su nombre, la regañan. Ella replica tajante. “Aquí me quedo”, y mira con melancolía a su alrededor, segura de las causas de su persistencia. ¿A dónde podría ir? ¿Qué caso tiene el exilio a estas alturas? A su modo, y sin pretender el rango de símbolo, ella representa en buena medida, el espíritu que anima a la ciudad misma, devastado, contaminado, violentado, expoliado y, sin embargo, orgulloso de su terquedad.

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–Lo más insoportable durante el día fueron los gritos de auxilio. Allí estaban esas montañas de escombros, de acero y cemento, y nosotros sin el equipo necesario, sin plumas (grúas) ni escaleras telescópicas ni trascabos, sólo con palas y picos y tenazas. La impotencia ante la agonía de alguien que está nomás a unos pasos, es lo peor que me ha pasado, se lo juro. Mire, rescatamos a una señora que se la pasó gritando, incontrolable, que salváramos a su esposo y a sus hijos que se hallaban bloqueados por un techo. Ella lloraba, y los cadáveres de su familia allí muy cerca, pero no los reconocía, no veía nada ni aunque hubiera querido. Sólo lloraba y gemía, y repetía nombres. Un voluntario muy jovencito no aguantó y se puso también a chillar. No se le ocurrió otra forma de ayudarla.
Otros nomás llegaban y decían: “Ya encontramos dos muertitos”, como para interponer el diminutivo entre ellos y su conciencia del drama. Y luego el horror de ir descubriendo dedos o piernas o brazos, padres aferrados al cuerpecito de sus hijos, niños con su oso de peluche, señoras con el crucifijo en las manos, quién me borra esas imágenes. Y a eso agréguele el sonido de las ambulancias y de las patrullas, el ruido de los carros del ejército y de los camiones, el desmadre de las maquinarias pesadas, de las carretillas, las palas, las barretas, los marros, la gente que se hablaba casi en alaridos, y a la que de cuando en cuando se exigía silencio, “silencio, por favor, silencio absoluto”, para ver si localizaban el sitio de origen de una voz que pedía auxilio, aunque a veces había quienes imaginaban oír esas voces, y se buscaba y no había nada. Pero en todos nosotros, no necesito jurárselo, había una ansiedad de salvar vidas, de excavar y excavar para ver la alegría de un resucitado.

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–Era un infierno o una pesadilla, o lo que se te ocurra. Se derrumba la escuela, y quedan atrapados cientos de niños. Cuando llegué, ya había una multitud de padres de familia reclamando, rogando, rezando. Los papás estaban más enloquecidos que las mamás, y lloraban y se mesaban los cabellos, con un egoísmo siniestro y entrañable cuando veían que su hijo no era ninguno de los rescatados. Querían meterse a fuerzas a rescatarlos, pero hubiera sido muchísimo peor, sin experiencia, sin disciplina y dementes como estaban. Nubes de polvo, bomberos, ambulancias, llantos y demandas de auxilio. Un señor anunciaba el fin del mundo, una mamá organizó un rosario y varias se desmayaron. Y no se podía hacer nada, excepto pedirles que se apaciguaran y dejaran trabajar en paz a los bomberos… Yo en su caso hubiera hecho lo mismo.

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–Lo del Centro Médico fue también horrible, no hubo muertos afortunadamente, pero ese terror, el mío, el de mis colegas, el de las enfermeras, el de los mozos y el de los enfermos, todavía me impregna. Había que evacuar velozmente, porque ya por lo menos cuatro edificios estaban muy dañados; Traumatología, Pediatría, Oncología y Ginecología. Las escenas eran funestas y alucinantes, enfermos que estaban seguros del fin del mundo, enfermos que nos daban ánimos, la muchedumbre de familiares allá afuera, los soldados. Lo que más impresionó fue ver cómo en un instante se disolvía el abismo entre médico y paciente, y ambos nos convertíamos en víctimas.

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–La salida del Metro estuvo de película. Con lo asustado que estaba, no conseguí quitarme de la cabeza fragmentos de escenas con terremotos y torres que se incendian y poblaciones en fuga. Al principio, al oír los ruidos y los crujidazos y ver que el convoy de detenía, me puse lívido, y me dije: “Ora sí ya”. Luego el conductor habló y nos calmó, y nos pidió que no nos moviéramos. Y allí nos quedamos largo rato, tratando de exhibir o de inhibir el pánico. Yo no lo sé ocultar pero los demás tampoco. Luego nos sacaron por el túnel, desfilando, muy quietecitos, como si toda la vida hubiéramos sido disciplinadísimos. Ya fuera, el susto se me acumuló. Nunca supuse que vería algo así, cerros de cascajo en donde fuera, alarmas ante posibles incendios, humo, cables eléctricos destrozados, fugas de agua y de gas, aguas negras que invadían la calle, banquetas levantadas. “Parece que hubo guerra”, era el comentario unánime. Caminé por donde pude, de acordonamiento en acordonamiento, de sorpresa en sorpresa, un reconocimiento de la ciudad que nunca me esperé, y lo que más me asombró desde luego fue el Hotel Regis. Impresionante. Han pasado ya diez horas y sigo pensando en el instante mismo del derrumbe, cuando tronó esa mole y la Avenida Juárez se cubrió de polvo y desechos, y crecieron y se apagaron los alaridos. No es morbo, lo juro, es la imposibilidad de ocuparme de otra cosa.
Me seguí por Madero y luego por Pino Suárez. Llegué al conjunto Pino Suárez cuando ya uno de los edificios se había derrumbado, y otro nomás se mecía traidoramente. Acababan de sacar de la estación del Metro a unos cuantos, y el cordón estaba muy estricto. Durante un cuarto de hora o algo así no logré despegar la vista de esa torre de Pisa. Era un alucine, como si el pinche edificio tuviera vida propia y no acabara de decidir su suerte. Se oye muy pendejo eso de “un edificio con vida propia” pero me cae que el efecto era hipnótico. La gente allá abajo, viéndola con la mayor precaución, ráfagas de silencio, intromisiones de silencio, el sol, el encandilamiento, y un edificio oscilante, que se movía muy lentamente, una sentencia rítmica: inacabable.

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Luego que se rescaten a los últimos, se regularicen la luz, el agua y los teléfonos, y se minimice el peligro, vendrá otra forma de lo peor. Falta para que esto termine, y nos tocará enterarnos, de modo fragmentario de seguro, de las proporciones de la catástrofe, de la identidad de amigos fallecidos, de los detalles dramáticos que ahora se nos ocultan, de lo que sucedió con los atrapados, con los sepultados en vida. Y acto seguido, la remoción de escombros, la eliminación de los edificios que son ya amenazas graves, el número de los desempleados por el temblor, la reubicación de las dependencias de gobierno y los centros de trabajo, la reconstrucción del Centro Médico y los hospitales, las indemnizaciones que correspondan… Y los relatos maravillosos y tristes, el milagro de estar vivo, la aparición de una lámpara anunciando el auxilio, el recuerdo doloroso de los compañeros aplastados, la sensación de culpa ante los padres de los que no lograron escapar, los diálogos recuperados (Un reportero a un joven sobreviviente del edificio de Nuevo León: “Te has salvado”. Respuesta: “No sé todavía”).

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–Esta tragedia es de largo alcance y nos involucra a todos, con o sin frases hechas. A lo mejor te parezco muy discursivo, pero elegí el rollo para no ponerme a llorar.

De la conmoción surge una ciudad distinta (o contemplada de modo distinto), con ruinas que alguna vez fueron promesas de modernidad victoriosa: el Hotel Regis, la SCOP con sus extraordinarios murales de Juan O’Gorman, el Multifamiliar Juárez, la Unidad Nonoalco Tlatelolco, Televisa, el Centro Médico, el Hospital General, la Secretaría de Comercio. Allí, mientras alrededor crecen los problemas de agua, de luz, de comunicación telefónica, de drenaje, 50,000 personas trabajan entre un apocalipsis de cascajo y polvo. El duelo honra de modo genuino a las miles de víctimas y este sentimiento de tragedia que es lealtad nacional y humana se reafirma ante cada información estremecedora: la niña de seis años que duró más de un día en los escombros protegida por los cadáveres de sus padres y que al ser rescatada, exigía que se extrajeran sus cuerpos; el joven que ha esperado más de 45 horas inmóvil, frente al edificio en que está atrapada su madre; los bomberos y soldados y marinos y socorristas y voluntarios y policías que distribuyeron anónimamente proezas y generosidad en la vigilia de los acordonamientos y de las búsquedas con grave riesgo.

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Viernes 20. 7:38 de la noche. Inevitablemente, el nuevo temblor afianza el pánico. El miedo se extiende y se prodiga en los rezos en plena calle, en los hombres y mujeres hincados sollozando, en las frases incoherentes dichas a nadie desde la angustia, en expresiones verbales contra las autoridades invisibles. Como antes, la gente confió por unas horas en la nobleza protectora de la calle y muchísimos prefirieron caminar desconcertados y ansiosos a la deriva, la zozobra es la sombra de las multitudes que acudieron al zócalo esa noche a modo de peregrinación, en grupos crecientes, demandando de seguro el ánimo protector de los poderes allí instalados. Mientras continuaron las noticias de derrumbes (presentes o inmanentes) y fugas de gas, los llamados a la población para que identifique cadáveres, y no se deje gobernar por nervios alterados y rumores. En el primer instante, la exhortación a la calma fue inútil en lo que buena parte de los capitalinos se refiere. El segundo temblor ostensible apuntaló la vocación milenarista, las consejas previsibles sobre el fin del siglo, las conversaciones circulares en torno a la necesidad y a la imposibilidad de largarse de este hoyo.

Entre hambre de noticias confiables y sonido de ambulancias, la solidaridad persiste, y en buena medida la toma de poderes cívicos, se rescata con vida a algunos desaparecidos , sigue llegando la ayuda de nacionales y de gobiernos e instituciones extranjeras, se ofrecen escuelas y frontones como albergues, el deseo compulsivo de ayudar va de los radioaficionados a los cuerpos de seguridad y rescate, pero la buena y magnífica voluntad se detiene ante la escasez de recursos. Existe, es la conclusión preliminar, un espíritu cívico y nacional más vigoroso de lo que se suponía. Hay también el agravamiento de la desmoralización fundada en la crisis, hay pesadumbre, y un dolor que es conciencia de sociedad y de país, contagiado y solidificado por los relatos de la destrucción. Gracias a la reverencia por la vida probada ahora en diversos y amplios sectores se profundiza un nuevo pacto social cuya suerte dependerá en enorme medida de la lucha democrática por la racionalidad urbana.

Crónica publicada el 23 de spetimbre de 1985 en la edición 464 de la revista Proceso.

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