“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

Impresiones, vivencia, recapitulaciones

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- 1- El rescate de hormiga Mora, trabajador del Hospital Juárez

–El día del temblor llegué tarde al Hospital, por ir a un curso de adiestramiento. Cuando lo vi no lo podía creer. Todo aquel edificiote desplomado. Los compañeros ya andaban como hormigas entre los escombros. De veras que aunque lo digan en las noticias, es cierto. Son unos héroes. Se metieron a las grietas sin importarles nada. Iban con barretas y palas, y usando las propias manos. Me incorporé a un grupo y fuimos donde alguien oyó voces. dijeron; “Aquí hace falta un delgadito”.
Como yo lo estoy, se me doblaron las piernas. Se empezaron a ver y voltearon hacia mi. Ni modo. Me apunté: “A ver si yo sirvo”. Replicaron: “Llévate una lámpara ¿o tienes miedo?” Pues no, se trataba de mis compañeros. En el sitio había muchas losas, todas hacia abajo. Llamé y me respondieron: “Somos ocho, pásanos oxígeno”. Lo pedí y me proporcionaron oxígeno y suero.

Se abrió una grieta muy estrecha y apenas pude pasar medio cuerpo. Les dije: “Tengan calma”. Uno me reconoció: “Niño Mora (así me llaman en el hospital), sácanos”. Trajimos una autógena. Me metí más y ya vi el panorama. Era impresionante. Todos parados y con los escombros cubriéndoles más de medio cuerpo. Uno tenía las manos libres. Los demás junto, sembrados como pinitos. Llegó más oxígeno. Colocamos palos para aplazar otro derrumbe. Trabajamos de 12 de la mañana a ocho de la noche. Me decían: “Te ves muy mal. Vete a que te atiendan”. Yo replicaba: “No, son mis compañeros”. El boquete se agrandó. Entré de nuevo, porque me llamaban: “Tú eres el que les puede dar ánimos”. Dentro, un médico, el de las manos fuera, me agarró de los hombros: “Mora, Morita, te doy lo que quieras, pero sálvanos”. Me acordé de lo que pasa en las albercas, se lanza uno a sacar a otro, éste se aferra y se ahogan los dos. Le repliqué: “Espérate. Si no, nos quedamos los dos”. Como pudimos, extrajimos a tres. Por desgracia, los demás compañeros ya no sobrevivieron. Luego, los del grupo me pidieron: “Regrésate y córtales donde se pueda a ver si viven”. Con un bisturí les hice un cortadita en los dedos y no salió sangre, yo ya no la vi. Eran unas doctoras jovencitas, muy chamacas. Después otro médico delgadito entro y lo comprobó.

El rescate de hormiga duró como hasta las tres de la mañana. A esa hora entraron los soldados y nos desalojaron a todos los civiles. Ya no nos permitieron hacer nada, y allí se quedaron vigilando. Así pasaron el viernes y el sábado, mientras afuera se amontonaban los trabajadores y los familiares de médicos, de enfermeras, de pacientes, solicitando se les dejara el domingo, a la llegada de los franceses, de los israelíes, que al rato tuvieron broncas con los del acordonamiento. Nosotros organizamos a la gente, ya deseábamos entrarle al rescate. Se hizo un pequeño mitin, y se responsabilizó a las autoridades por no permitirnos ir en auxilio de nuestros compañeros. Vinieron y nos aseguraron que como no, pero ya se habían perdido días muy valiosos, muchos no hubiesen muerto. Y el lunes, se nos impidió la entrada de nuevo.

De todos estos días, lo que nos queda es el coraje, harto coraje, y por eso vamos a levantar allí mismo el Hospital Juárez, para seguir dándole servicio a la gente pobre. Allí están nuestros amigos, allí están nuestros hermanos, todo lo que hemos querido.

2- La resistencia obrera: Martín obrero de Dimensión Weld de México. (Edificio derruido en San Antonio Abad 164)

Su testimonio es y quiere ser preciso, es y quiere ser reiterativo. Trabaja en una fábrica de maquila, aplicaciones de plástico y anexas, en donde por fortuna no hubo daños personales. Su lucha, y la de quienes ahora lo rodean ansiosa y silenciosamente, específica: evitar que el patrón se lleve esas 30 máquinas eléctricas de manufactura japonesa, que son la garantía del pago de salarios, de indemnizaciones. Martín insiste: al patrón no se le puede creer, porque las únicas promesas que ha cumplido son las amenazas. Se jala las máquinas, y ojos que te vieron ir. Fíjese, murmura con apasionamiento, a él le vale madre la gente, lo que le importa es la mercancía, como a los de Topeka; obsesionados con sus cajas fuertes. Cómo no va a pensar así si ya nos encontró precio: a raíz del temblor nos dio a cada uno 5,000 pesos, y luego, nos llevó a una camioneta chocada y vieja que tiene, y nos dijo; “Véndanla y repártanse el dinero”. ¿A quién íbamos a engañar con ese traste? El patrón llevaba unos anillos como de fantasía y quería dárnoslo. De a tiro qué nos cree. Y para acabarla, nos asegura: “No soy Dios ni banco para resolver problemas. Tengo muchos gastos que solventar. Hagan lo que hagan no podrán contra mí. No puedo pagarles, porque todos mis bienes están allí. Sean pacientes, y recuerden que esto sucedió porque Dios lo quiso”.

La mujer del suéter rojo interrumpe a Martín para testificar. Describe las 9 ó 10 horas diarias de labor intensa, encadenadas a la máquina de coser, ella lleva 15 años, desde que se fundó la empresa, y tiene contrato individual de trabajo, pero esa no es la norma. No hay prestaciones. El tiempo extra lo manejan fuera de nómina, si una tiene necesidades, y necesita digamos un préstamos de 30,000 si se confiesa y se hinca tal vez le presten mil. Pero eso sí, ni un minuto se les perdona, a concluir las 1,300 pantaletas, los 1,300 fondos o las 1,200 playeras a maquilar.

El relato es específicamente dickensiano, con el anacronismo de los paisajes fabriles que permitirán el esplendor de las colonias residenciales, con los miles y cientos de miles y millones sacrificados impunemente para acelerar nuestra Revolución Industrial ¿Para qué darles, por ejemplo, a estas compañeras trabajos de planta pudiendo contratarlas por un plazo corto, y luego despedirlas, al fin hay muchas igual de necesitadas? Ella evoca el caso de una señora que asea los baños y lava platos en la cocina, el patrón halló un cubierto sucio, y la corrió. Así debe ser, para que esplenda la antigua perfección del mundo empresarial al margen de la ley, abogados astutos, dinero que adhiere voluntades de jueces y funcionarios, evasión de impuestos, ocultamiento de utilidades, el edén capitalista. En Dimensión Weld, una empleada con 15 años de antigüedad gana 10,300 pesos a la semana.

Rodeado de unas treinta personas, Martín reanuda la explicación, ante la indiferencia de los soldados, y los trabajadores del DF que examinan los edificios a demoler. “Si se lleva las máquinas nunca lo volvemos a ver. Quiere deshacerse de nosotros. Por eso hacemos guardia día y noche”. Y sigue explicando, esa fábrica, como todas las de la zona, Topeka, Annabel, Amal, funcionan gracias a la mordida. Así lo arreglan todo. Viene alguien a revisar las condiciones de seguridad contra incendios. Billete y autorización. A nosotras ni batas, ni botas, ni mascarillas para los solventes, y cuando las compañeras se queman (porque hay sobrecarga de calor en las máquinas, son quemaduras de tercer grado, muy enconosas, muy infecciosas), ni un médico ni para remedio.

Se acerca al grupo el dueño, el señor Elías Serur, vestido con la modestia y el gusto de quien lo ha perdido todo en la vida menos la capacidad de convencer: “Lo que pasa es que ustedes ya no quieren trabajar, y por eso me traen a los periodistas a ver si yo me apantallo. Pero delante de ellos se los repito; Tenemos que dar gracias a Dios de que nuestra maquinaria no se dañó. Si ustedes quieren impedir su salida, deben traer una carta no-tarial, es decir ante notario ¿ya saben lo que es? Ustedes saben lo que hacen, yo les garantizo un trabajo”. Las trabajadoras protestan, lo enfrentan, le rebaten sus argumentos. El las observa despreciativamente: “No esperen que para mañana se instale aquí una fábrica. Ni ustedes son hadas ni yo soy mago. Y a mí no me digan nada. Díganselo a la Ley. La Ley. La ley es la ley. Yo no hago la ley. La ley es el gobierno. Dénle gracias a Dios, ustedes son de los pocos que van a tener chamba en el mismo lugar. Pero qué les estoy diciendo, lo que pasa es que ya le agarraron el sabor a la flojera”.

El Señor Elías se jacta, sonríe, finge ingenio y destreza verbal. Observa con ir a los aliados de sus empleados, feministas y adolescentes del CCH Insiste: “Yo les pagué religiosamente”. Una mujer lo interrumpe: “Sí, con estampitas”. El Señor Elías se controla y replica: “Ustedes son privilegiados. Mejor que tener empleo, no hay nada. Y si ahorita hablan más de la cuenta, es porque le tienen miedo al trabajo”. Y lanza el golpe final; “No me morí porque Dios es grande. Mi vida entera está quebrada. Y ahora me vienen con esto”. Una obrera desatiende la declamación autobiográfica y le precisa el monto de las indemnizaciones, de 300,000 al millón de pesos, así muchas ganaran menos del salario mínimo. El Señor Elías se aburre: “A ver si convencen a la ley”. Se le pregunta por el destino de las máquinas. Es displicente: “Se van a una bodega. Vayan algunas dé ustedes acompañándolas. A ver si se entretienen. Y ni crean que van a impedir nada. Para eso está la ley”. Y se aleja hacia donde lo espera un abogado laboral, o alguien que por el tamaño de su portafolio merece serlo.

3- La solidaridad sistematizada. Alejandro, estudiante

–Ni siquiera sé porque me metí a la brigada. Sólo sé que debía hacerlo, que nunca me habría perdonado la abstención. Al principio ni advertíamos nuestras propias reacciones, estábamos sumergidos en el horror y en la emoción, nos olvidamos del tiempo, eran horas y horas de entrarle a mano limpia a los escombros, y llevar comida a los albergues, y hablarle a quienes pudiesen contribuir con algo. De veras, es la primera vez en mi vida que creo en el trabajo físico, que le encuentro un enorme sentido al cansancio.

Los primeros días, veíamos cosas que nos irritaban o indignaban, pero al lado de eso, había el friego, el chingo de sucesos extraordinarios y de gente de nuestro lado, salvando vidas, ayudando, preocupándose. Lo conversamos en la brigada el día entero, esa sensación es extraordinaria, la mayor que hemos experimentado hasta ahora. Yo me creía politizado, bien al tanto de teoría y praxis y cuanto hay, pero durante toda una semana, fui el ser más emotivo que recuerdo. Rescatar aunque fuera a una persona, ser útil en algo, llevar comida, conseguir agua, memorizar nuevos datos y conocimientos, eso era lo fundamental, y al lado de eso, nada importaba, y para mí todavía hoy, nada importa.

Tú el otro día hablabas de la toma de poderes, no la gran Toma del Poder, con Bastillas y todo, sino de otra onda, la distribución de deberes y derechos democráticos. Pues ahora échale un ojo a la retoma de insignificancias que se nos propone, qué bien hicieron, qué bien se portaron, póngase en la solapa esta medalla de buena conducta y váyanse a su casa. Mi papá, por ejemplo, del jueves 19 al domingo me veía como a un paladín de la tele, y luego fue cambiando, ya bájale el tono, no te metas de redentor, ya estuvo bueno de andar de payaso con tu cinta roja y tu tapabocas. Cálmate, tu deber es estudiar para que tengas empleo, que es más de lo que podrán decir casi todos los de tu generación. Y cuando tengas un buen puesto le serás de utilidad al país. Y viene mi mamá a repetirme lo de la tele, que la ciudad volvió a la normalidad, dejen a los muertos enterrar a los muertos, y al señor Regente encabezar la gran Reconstrucción ¿Sabes qué? A eso no le entro, y muchos como yo no le entrarán al rollo de “muchas gracias, pueblo heroico, ya duérmete que mañana entras temprano a la chamba”. No soy un subversivo, pero tampoco un cachún en el episodio “El día que removimos escombros por pura buena onda”. Mi padre todo el día anda cazándome signos de desencanto o de fastidio, ya te diste cuenta que tu vocación no es de héroe, etcétera. Pero por ahí no va la onda. Eso es lo que ellos no entienden, porque jamás han comprendido nuestra razón de ser como brigadistas.

4- La organización desde abajo. Cecilia, habitante del edificio Nuevo León de Tlatelolco

–De la experiencia del temblor casi no hablo. La he bloqueado, la he dejado fuera. Si me preguntan contesto mecánicamente, pero sé que por mucho tiempo será sólo acumulación de imágenes, mujeres y hombres desnudos, ensangrentados, llorando, corriendo, rezando, con la mirada perdida, preguntando una y otra vez dónde quedó el edificio, y el crujido que no termina nunca… Prefiero hablar de los días siguientes, no del jueves al domingo, cuando lo que valía a los ojos de todos era la condición de sobreviviente, aquel que retrocedió a un paso de la muerte, sino a partir del lunes 23, cuando de sobrevivientes pasamos descaradamente a ser damnificados, ya sin que las autoridades nos viesen con la aureola del martirio, simples tipos sin siquiera un papel que comprobase la pérdida de todo.

Lo primero fue organizarnos. No fue fácil porque muchos habían muerto, todos andábamos aturdidos, y desconfiábamos de cualquiera que elevara la voz. Pero había que entrarle a la organización para no andar peleando derechos uno por uno, y sobre la marcha resolvimos las broncas. Como la historia de nuestras demandas y querellas venía de lejos, nos pusimos de acuerdo más rápido. Sabíamos contra quien reclamar: Banobras y Fonhapo, el Señor Estado, y conocíamos la naturaleza de nuestras demandas ¿Pero ante quién hacerlo? No nos íbamos a pasar la vida quejándonos ante las cámaras de televisión (que pronto dejaron de entrevistarnos), ni buscando reporteros. Los funcionarios de la Delegación Cuauhtémoc, y los de Fonhapo, tan empalagosos primero, se nos volvieron escurridizos. Ya no los hermanos víctimas sino meros damnificados, nos fuimos en comisión queriendo ver al Regente, que por estar muy ocupado en una junta, nos remitió a SEDUE. Hasta allá nos largamos, con un equipo de tele de la UNAM. Nos recibió un licenciado de la oficina de prensa, también con un equipo de televisión, y nos exigió la salida de las cámaras. Un vecino le pregunta por qué. Son órdenes, asegura, en las reuniones de estudio y análisis no pueden entrar los medios de comunicación, sólo al final para que se les informe de los acuerdos del gobierno.

El vecino cambió el tono de voz: “¿Dónde está esa orden por escrito? Muéstrela”. El comunicólogo insistió: “No habrá diálogo mientras no salga la TV”. Que se salga la suya… Esto se lo cuento para que vea la mentalidad de la gente en cuyas manos está resolver algo tan fundamental para nosotros. Vino el acuerdo: los de la tele se salen después de la lectura de la minuta, pero se esperan a lo que haga falta para testimoniar los acuerdos. Porque nosotros no íbamos por el café y análisis de contenido.

Ya instalados, el ofrecimiento: una vez comprobados los derechos, obtendrán con créditos blandos departamentos de Infonavit y Fonhapo. A los de las azoteas, sí tenían ISSSTE o Infonavit. No habrá indemnización por muerte o por pérdida de materiales. Y deberán ser damnificados de verdad, si no se les aplicará todo el rigor de la ley… Apenas podía yo creer el tono. Mire que salir del Nuevo León y caer en esa burocracia.

A partir de esa reunión, comienza la pesadilla. Saldrán ustedes adelante, esta es la única intención del gobierno, nada más que cumplan con unos cuantos requisitos, y vean a un funcionario que les asegurará que ya todo está dispuesto, y los remitirá con otro funcionario que, tras diversos preámbulos, les concederá media hora de permiso a los habitantes de los edificios desahuciados para extraer sus pertenencias.

A los del Lerdo de Tejada les informaron que podían regresar al edificio, ya no había peligro. Estuvimos allí unas horas, y nos pidieron que los acompañáramos a la delegación. Oiga licenciado, le dije a uno que se dejó, no la amuele, el piso está desnivelado, hay grietas, tiembla todito y no sólo es nuestra paranoia, no hay estudios reales de cimentación. Se me quedó mirando: “Usted porque le anda haciendo caso a pandilleros de la Universidad. Nomás está despertando la inquietud en la gente”. Me sentí avergonzada, no de lo que dije, sino de que un sujeto así decidiese en asuntos que afectan la vida de personas. El tipo era inverosímil, cuando vio que insistíamos, soltó la telenovela, cómo no los voy a comprender, yo vi nacer Tlatelolco, yo asistí a la inauguración de la panadería Acapulco, fui su vecino, me declaré a la que hoy es mi señora frente al edificio Chihuahua. Queríamos discutir con él, y lo único que se le ocurrió fue conducirme aparte y decirme: “Cuídese de los comunistas que nomás manipulan. Pórtese bien y le conseguimos vivienda”. Por poco y le miento la madre.

Si de vivencias se trata, en quince días ha atesorado como para diez años. Toda la histeria, que una comparte por ejemplo, la inseguridad, los que duermen fuera por temor, lo que pasó ayer, 2 de octubre. Fíjese, estábamos unos cuantos, mirándonos, y un señor que es arquitecto, sugiere: “Vamos a hacer el acto, aunque seamos pocos”. Pusimos las tumbas de flores y las velas, y se fueron acercando las señoras del campamento de refugiados, llorando. Traían flores y veladoras. Los niños se hincaron, y ellas se persinaban.

Me pidieron que hablara, creo que dije que una fecha así no podía pasar desapercibida. Lo del 68 fue un crimen por soberbia; lo de ahora es un crimen por negligencia, y esas muertes deben contribuir a que el pueblo viva mejor. El arquitecto intervino y le agradeció a los jóvenes que hace 17 años quisieron un México mejor. Y se le quebró la voz y se interrumpió. Y lo que sea, me pareció que hizo bien, para qué ocultar los sentimientos… Hoy ya estaba todo limpio.

Los vecinos le tiene miedo a la política. Les dice uno la palabra y retroceden. No quieren nada con los partidos. Ni siquiera los convence Martín Verdugo, que vivía aquí y es damnificado. Sólo creen en los universitarios, y en los peritajes (En el Lerdo contrataron un equipo con ingenieros.)

¿Qué va a pasar? Quién se hace cargo de la situación de los pensionados, y de los huérfanos? ¿Quién se responsabiliza de los que quedaron lisiados, sin forma de ganarse la vida? ¿Quién convence a los que desean negociar individualmente? ¿Cuánto durarán los campamentos? Hay que seguirle pero si la normalización social es imposible, las personas no pueden vivir sin crearse su propia normalidad. Uno tiene que trabajar, uno tiene que arreglar su vida, porque esto va para largo. Sin embargo, algo ocurre siempre durante el día que nos anima a seguir en la lucha por nuestros derechos. Ayer luego de que hablé en la reunión, se me acercó un señor y me dijo, casi sin levantar la vista: “Yo estoy con ustedes. Yo perdí a toda mi familia ¿Qué más puedo perder?”.

Esta crónica se publicó el 7 de octubre de 1985 en la edición 466 de la revista Proceso.

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