“El Yugo Zeta” en Coahuila: control de penales, secuestros, matanzas, quema de cuerpos…

Tras el sismo, manipulación, autoritarismo, minimización

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Es desconfiado el joven de la mano vendada. Identifíquense, a qué vienen, no aceptamos dictaminadores que lo saben todo de ojeada. “Esta vivienda no resiste. Debe ser derribada cuanto antes. ¿Cómo siguen viviendo en esta trampa mortal?” y se van a preparar el desalojo. Así no, exigimos peritos en los que creamos y no meros gatos de los dueños, ni técnicos ni nada, sólo apantalla pendejos. Los dueños llevan años queriéndonos sacar de aquí, le encabronan las rentas bajas y las rentas congeladas, los negocios que podrían estar haciendo. Nos han metido abogados, han comprado jueces, han querido vencernos con el abandono: ni un centavo para mantenimiento, los edificios se caen a pedazos, y ya desde antes muchos parecían presentimientos del temblor, más jodidos que nosotros lo que ya es decir, resquebrajados de parte a parte, mugrosos, insalubres, las tuberías rompiéndose a cada rato…
Asegurada nuestra identidad, el joven nos conduce al Palacio Negro; antaño (el miércoles 18) la vecindad más poblada de la Colonia Morelos, 600 familias, el derrumbe le fue adverso: nueve muertos. La escena es aparatosa: la confluencia de dos desastres, el natural, y el que estos cuartitos deshechos evocan con puntualidad, enjaulamiento de seres y cosas, lavaderos casi simbólicos, reducción del espacio para que quepan un hombre de pie, una mujer acostada, cuatro o cinco niños en vuelos horizontales y verticales, una parienta vieja que cose, un roperito y una televisión. El sismo exhibe el hacinamiento, el hacinamiento sobrevive al sismo.
En la colonia Morelos, los adolescentes van y vienen, llegan camiones de la Cruz Roja, hay colas para alimentos y en dos horas se inicia la repartición de ropa, se discute en torno de la mesa que reparte comisiones, se solicitan voluntarios que descarguen el pick-up y el camión, dos compañeros que transladen unos bultos, díganle por favor a… Un letrero persistente en las calles:

Si tu casa está en peligro de caer,

instálate en la calle.
No abandones la colonia.

Otros anuncios: “Peritaje rápido”/ “Hechos no promesas”/ “Vecinos dañados unidos”. Mantas que exigen viviendas al presidente De la Madrid. Inquietud y sensaciones del deber cumplido y cumplible. Diálogos rápidos entre representantes de organismos solidarios y líderes de la colonia. Necesitamos mantas, alimentos, medicinas, como lo de aquí no les parece espectacular, nos abandonaron a nuestra suerte el gobierno y los medios masivos. No somos televisables.
–A los que la necesiten, de Ciudad Universitaria mandaron un camión con agua.
–La reunión del comité de la Peña Morelos se efectuara en media hora.

Las revelaciones I

Del jueves 19 al domingo 22, lo más vivo en la ciudad de México fue la presencia de un nuevo protagonista, cuyo nombre más adecuado es “sociedad civil”, pero que antes que nada, exige descripciones. Son las multitudes que en la primera jornada de solidaridad se vieron forzadas a organizarse por su cuenta, la autogestión que suplió a una burocracia pasmada y sólo preparada durante décadas en las conducciones de adhesiones, y el encomio del Pueblo obediente, al que se concebía en funciones rituales: el patriotismo anual (15 de septiembre), la masificación opresiva (las horas picos del metro), la elocuencia de la anomia (los vecinos que, en el mejor de los casos se saludan). Al ritmo impuesto por la tragedia, se prodiga la ayuda, y la angustia por la suerte de los demás se vierte demostrativamente. Una sociedad inexistente o pospuesta se conforma de golpe: son las brigadas de voluntarios, los niños que acarrean piedras asumiendo la tarea con disciplina rígida, los estudiantes de Medicina, el grupo de Tecnología alternativa de la UAM que prepara letrinas, los chavos-banda que por miles descienden de los ghettos a colaborar, las decenas de miles de adolescentes en pleno “estreno de ciudadanía”, las organizaciones de colonias populares, las enfermeras espontáneas, los grupos religiosos católicos y protestantes, las señoras que preparan comida y hierven agua, los médicos que ofrecen sus servicios de un lado a otro, los ingenieros que integran brigadas de peritaje, los héroes de los escombros…
La participación de las fuerzas gubernamentales es muy importante, y en muchos casos memorable, pero la coordinación es por lo menos deficiente, y triste la exhibición de limitaciones. Y el clímax moral de esos días es un hecho límite: sin causa ideológica notoria, en mezcla indistinguible de actitudes cristinas y generosidad ciudadana, miles de personas aceptan los mayores riesgos con tal de rescatar a gente desconocida.
Como en muy escasos momentos de México, la vida humana se eleva al rango de bien absoluto. Un niño o una mujer o un hombre salvados desatan un júbilo colectivo sin precedente. En Tlatelolco o en el Hospital Juárez, la fiesta de aplausos y llantos que recibe a cada sobreviviente, indica una nueva valoración ética en un medio que había confundido la deshumanización del capitalismo con la deshumanización a secas y que ha cultivado la leyenda del amor insaciable del Mexicano por la Muerte. Se suspende la habitual indiferencia ante las catástrofes y durante unos días, la ciudad (y presumiblemente gran parte del país) ensalza las mínimas victorias sobre la destrucción. Previsiblemente, el sentimentalismo desatado no corre a cargo de las víctimas o de los voluntarios, sino de los medios masivos de difusión. Allí, entre adjetivaciones lacrimosas y anécdotas tremendistas, se intenta ver en los acontecimientos sólo el encuentro del dolor y la compasión. Ante lecciones cívicas, el muro de la cursilería.

La búsqueda de “la normalización”. I

En el Congreso la diputada del PRI Elba Ester Gordillo, a quien corresponde la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, en el uso de la palabra, o mejor, de la disculpa. Ella, afirma, no necesita que nadie le cuente nada, ha estado en asambleas, ha conversado con los damnificados, colabora con el Señor Regente en la reconstrucción. En la galería, el grupo de vecinos la contradice: “Mientes, eres una embustera. Ya no digas falsedades. Nuestros muertos hablan mejor que tú”. Ante la “ingratitud”, la diputada ataca a la oposición por su demagogia. Promete: “Esta noche presidiré una asamblea”. Respuesta de las alturas: “Allá te esperamos. Atrévete”.
La Cámara de Diputados es una feria al margen del humor voluntario. La diputación del PRI se obstina en rechazar la política (El PRI es antes que nada, una agrupación humanitaria), y en elogiar la solidaridad nacional que, en abstracto, borra y limpia todos los pecados del mundo. En la galería, los vecinos de Tlatelolco usan sus tapabocas en cada intervención priísta y concluyen: “Nos vamos. La zona está más infestada que el edificio Nuevo León”.

Las revelaciones II

–¿De qué “normalidad” hablan? ¿A qué “normalización” se puede regresar? Todos mencionan el “acontecimiento definitivo”, “un antes y un después” del terremoto y, sin embargo, los funcionarios, y los medios de difusión a su servicio, sólo hablan de “restañar heridas”, y de “la gran tarea de reconstrucción”, así en el aire. Pero la gente no se ha metido tan a fondo aguardando una palmadita en la espalda y un consejo: “Váyanse a sus casas déjennos gobernar”, porque como se probó, el DF llevaba años de no ser gobernado, era un tumulto observado a prudente distancia y un negociazo reglamentado “a conveniencia de las partes”. El gran dilema de la reconstrucción es si la sociedad civil tendrá voz y voto en los hechos que le conciernen. Ese es el principio de la verdadera normalización, que tardará mucho en producirse, por lo demás.
Lo que al gobierno le conviene, es ahogarlo todo en la declamación: “¡Cuán grandísimo pueblo somos! ¡Qué entereza la del mexicano! ¡No busquemos culpables! ¡Reafirmemos nuestros lazos fraternos!”. Esa retórica ya no, por favor. Nadie niega la hazaña colectiva, al contrario, pero si todo el esfuerzo se va a petrificar en un conjunto escultórico, estamos jodidos. La emoción no es para que el Estado la negocie como inacción, con el chantaje de “no politizar los sentimientos”. Ya lo vimos. Los funcionarios ni siquiera tenían frases, declaraban pésames y exhortaciones a una calma que ellos mismos no mostraban. Y en la radio, los recados: “¡Quédense en sus casas/ ¡No salgan!”. Si se les hace caso, muchos habrían muerto y la situación estaría todavía peor. Por eso, nos oponemos a una “normalización” de componenda, construida a base de minimizaciones, de informes que no aterren a las generaciones pasadas. Fíjate nomás en los elementos que median entre el presente y la normalización real: el pago de intereses de la deuda externa, las cantidades que demanda una reconstrucción elemental en materia de salud, vivienda y educación, la investigación detallada de las condiciones de los edificios, el peritaje geológico de la ciudad, la revisión de los métodos de gobierno (el DF no puede seguir sin autoridades democráticas elegidas, ya basta de una corte central que se dispersa en baronías o condados), la exigencia de una centralización que no se agote en comisiones y subcomisiones… La “normalización” de que se habla, es la continuación del autoritarismo como si nada, y eso ya no es posible, así de simple.

La búsqueda de la normalización (Imágenes declaraciones)

1- El locutor Raúl Velasco se ve preocupado. Por lo menos, la intención es dramática y consoladora. No exageremos, dice o quiere decir, no fue para tanto, vean ustedes el mapa, sólo afectó a una pequeña parte, es desagradable, pero no lo agigantemos, no cedamos al escándalo, hay que enfrentarse a los mexicanos pesimistas, a ellos precisamente hay que combatirlos, para que no contaminen a otros con sus malas vibraciones. El se regresó de España alarmadísimo, imaginando la catástrofe última y ya ven… Se encontró con todo: mexicanos tristes, pero también estoicos; mexicanos alegres que lo saben: nuestras experiencias más duras nos han servido para forjar una grandeza, y él es hombre de fe. La tragedia fortalecerá nuestro carácter, nos hará distintos pero mejores, la inteligencia proporciona las armas que uno ni se imagina, con tal de que no exageremos. Observen en el mapa el pequeñísimo sector afectado. Y el Mundial de Futbol sigue.
2- El reportero televisivo se desespera. El entrevistado tiene la oportunidad de la vida y sólo se ocurre pedir agua. Allí atrapado, horas interminables de agonía que debió emplear en pulir sus frases mejores para cuando acudiese la oportunidad suprema, la cámara, el micrófono, el país, la red internacional… y pide agua. ¡Que anticlimático! Era el chance único de un mensaje de amor y paz, un saludo cariñoso a la familia, un apoyo incondicional a la fe, la que fuera, menos estorbar con las debilidades de un ser humano ¿No le bastaba la garantía de un micrófono? Por fortuna, medita el reportero, no es muy común la falta de colaboración, se ha persuadido a muchos de los participantes en el rescate para que no miren a las cámaras sino a la víctima que dejará de serlo en breve. Así, así, con ternura, con alegría, recuérdenlo, su imagen está siendo transladada a millones de hogares. Eso, no miren a la cámara. Bien, muy bien.
3- “Es ya tiempo de orden en el DF. Hay que detener a todos aquellos “voluntarios” que circulan por las calles en vehículos amparados con improvisados códigos de urgencia y que sólo entorpecen las labores de rescate. Los verdaderos voluntarios deberán presentarse en las delegaciones Cuauhtémoc y Benito Juárez para ponerse a las órdenes de las autoridades, a fin de que se les asigne una actividad específica, en donde se les considere más útiles. No se permitirán más abusos de los grupos civiles que por iniciativa propia han interferido el tránsito en diversas colonias de la ciudad”, General Ramón Mota Sánchez, Secretario de Protección y Vialidad. Lunes 23 de septiembre.

4- “En la juventud, México ha encontrado su filón de oro”. Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo primado de México. 27 de septiembre.

Las revelaciones III

Del cúmulo informativo y del acopio de experiencias personales, se extraen conclusiones cada vez más irrefutables. A la realidad de una zona sísmica nunca tomada muy en serio, se añaden otras comprobaciones: la devastación ecológica del Valle de México (incluída la desecación del lago de Texcoco) que es victoria fácil de la industria sobre la naturaleza; una ciudad que fundó su crecimiento en la improvisación, la rapiña, la eliminación de oportunidades en el resto del país y la autoapantallamiento; la centralización del poder que es la sacralización de la ineficacia; una colectividad sólo entrenada para el desastre en escala individual; un abismo entre la capacidad tecnológica disponible y su utilización racional. Y la pena ajena: una administración gubernamental que es suma de porciones difícilmente conjuntable, “ínsulas extrañas” que las más de las veces se relacionan entre sí gracias a las noticias de la prensa y la televisión.
Un descubrimiento de los días del sismo: disponemos no de uno, sino de varios gobiernos, quizás en magníficas relaciones entre sí, y prestos a la unidad en la emergencia, pero sin hábito de trabajo en equipo. Males del crecimiento irracional de la burocracia, o del afán competitivo de un gabinete del aparato público, lo que sea, porque la interpretación elegida no disminuirá el efecto de la falta de coordinación.

Contra “la normalización” (Imágenes)

1- En la reunión de los vecinos de Tlatelolco, la diputada Elba Esther quiso hablar. No se le dejó. La gente estaba muy irritada por todo: las broncas con los soldados, el desdén del delegado y el subdelegado, el trato despótico de los funcionarios, el deseo macabro de los reporteros de televisión de convertir el trabajo en el Nuevo León en un show alrededor de Plácido Domingo, que por cierto se ha portado increíblemente, debido a su oposición no se usaron las maquinarias, si no imagínese. Bueno, en la reunión volvimos a contar la vieja historia de las denuncias sobre las condiciones del edificio Nuevo León. Para oponerse a cualquier condena del gobierno, Elba Esther quiso tirar rollo y manipularnos, y la gente se puso brava. Le dijeron que se fuera a convencer al Regente. Ella se enojó y la rodearon sus guaruras. Le puntualizamos: “Nosotros los residentes nos conocemos, pero aquí hay personas armadas”. Luego fuimos a Fonhapo, que es la dependencia encargada, y nos cortaron cartucho los soldados. La tensión era terrible. Unos cuantos quisimos hablar con el subdelegado, exigiendo los permisos para sacar por lo menos nuestros papeles de los departamentos. No nos querían dejar verlo. Un compañero retiró la cuerda que impedía el paso, y una muchacha de la oficina se le fue a puntapiés. Los granaderos se pusieron furiosos. Les dije: “Si eso es la labor de ustedes, pues agrédannos, pero a todos”.
2- La familia lleva horas contemplando los escombros. El hombre está cansado, no habla, no expresa sentimiento alguno. La madre regaña a los hijos pequeños, cambia de postura de tarde en tarde, se limpia la frente. El hijo adolescente cuenta su impresión, su deseo de ayudar, la imposibilidad de penetrar el cerco. Pasa un grupo de voluntarios que les ofrece comida. La madre agradece y me habla sin mirarme: “Mire, ya ahorita lo que pedimos es nomás un poco de respeto a nuestras costumbres. Que no dinamiten, que no metan la maquinaria, que nos encarguen a nosotros lo de los escombros, para sacar los cadáveres. Queremos enterrar a nuestros muertos, nomás eso”.

3- En la colonia Morelos, los refugiados viven en la calle. Allí acumulan sus haberes, las escasísimas pertenencias, la cama, los juguetes, las muñecas, las cunas colmadas de fotos y ropa, el buró, la máquina de coser, la plancha, el televisor pequeño, la radio. Una señoras duermen otras contemplan absortas la intensificación del desastre diario. Ese campamento en la calle es su forma de presión, el aprovechamiento de su alternativa. Su patrimonio es el arraigo a esos edificios, a esa red de amistades y protecciones, a las generaciones que han transcurrido en la zona del centro. Me informa el dirigente de la Unión de Inquilinos de Morelos: “Estamos previendo el desalojo masivo peinado con el rollo ecológico. Lo más fácil es destruir todo y sembrar pasto. De acuerdo, si hay un peritaje confiable. Si es sólo clausurar vecindades y edificios, y lanzar intimidaciones, no. Ya les paramos el alto a los dueños que venían a amenazar, a subir las rentas, a promover el desalojo, a demoler. Así no”.

4- Fíjate, se dio el caso de un diputado que le pagó a un tipo y le compró una pipa de agua para llenar sus cisternas y le ordenó al pipero que tirara el resto. Un cuate oyó, movilizó a la gente al instante y se le pararon enfrente a la pipa. No hubo modo de quitarlos, llegó la patrulla y detuvieron al pipero. El diputado se fue corriendo.

Las revelaciones IV

–Examina las cifras: en estos días han ayudado a las tareas de salvamento y ayuda cerca del millón de personas, hay por lo menos 300,000 desplazados y damnificados, y quizás unos 20,000 muertos. El gobierno persiste en abatir los números, con la idea de minimizar el drama, o de no ahuyentar el turismo del siglo XXI, o tal vez porque la falta de credibilidad obliga al público por dos o cinco cada cifra oficial. Lo innegable es una ciudad puesta en pie, a la que no la volverás a su sitio nomás porque sí. El primer día, el regente, ante la televisión, describió a los atrapados en los derrumbes como “posibles ciudadanos”. Ya no son admisibles ese lapsus, y el autoritarismo de donde emanan tales fallas psicológicas. A lo largo de toda la semana los voluntarios se han enfrentado a soldados, granaderos, policías y burócratas, insistiendo en las tareas de salvamento, en la atención a edificios en donde se creía que había sobrevivientes. Si quieres entender el tamaño de esta confrontación, no la examines de anécdota en anécdota; revisa el conjunto y verás una enorme rebeldía civil en nombre de los derechos humanos y del respeto a la vida. Gracias a este esfuerzo, se detuvieron los planes de resolverlo todo fácilmente con maquinaria pesada y dinamita. Y en esta rebeldía civil, que es defensa de la ciudad, debe fundarse también la reconstrucción urbana.

Contra la “normalización” (Una imagen masiva)

La marcha iba a ser de la colonia Morelos a Los Pinos. Participaron las uniones de inquilinos de las colonias Morelos, Tepito, Guerrero, Santa María la Ribera, Puebla y Janitzio, la Coordinadora de los Cuartos de Azotea de Taltelolco A.C., grupos de la Conamup. Desfilaron en silencio, “porque queremos demostrar que estamos dolidos”. En dos ocasiones, se intentó detener la marcha, convencerlos de dirimir por separado sus protestas en la Sedue y en el Departamento Central. Los colonos se negaron. Un representante habló de “la ausencia de ayuda oficial; las autoridades no tienen idea de la magnitud del problema. Nosotros haremos las estimaciones más justas. Pedimos ver al Presidente de la República”.

Brigadas de orden, de dotación de víveres, de salud. En la manta de la descubierta: “¿Donde están la ayuda? Queremos agua y vivienda”. En el Angel de la Independencia, se unieron al contingente de la Morelos otros grupos. Otras mantas: “¡No nos vamos! Respeto a nuestros derechos inquilinarios!”/ “Moratoria a la deuda. Con lo que se paga la deuda que se construyan edificios públicos”./ “Señor Presidente de la República: los vecinos de la calle Penitenciaría 72, hacen su marcha en silencio para que nuestras voces que exigen vivienda digna, no rompan el luto que existe en el corazón de todos los mexicanos”.

Cerca del Auditorio Nacional, la marcha fue detenida, ordenadamente. Horas después, se les permite llegar a Los Pinos. Recibe a la comisión el secretario particular del Presidente. Los colonos piden continuar las negociaciones en Los Pinos y no irse sin respuesta. Hasta el viernes 27 a las 20 horas allí seguían.

Esta crónica se publicó el 30 de septiembre de 1985 en la edición 465 de la revista Proceso.

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