“¡Madre!”: Aronofsky se volvió loco

MONTERREY, NL. (apro).- Darren Aronofsky se volvió loco.

Se bebió de golpe un galón de ácido con la fórmula Fellini para filmar ¡Madre! (Mother!, 2017), una extraña cinta que lo mismo puede ser un drama con terror sobrenatural, que una comedia sobre invitados indeseables.

En el fondo, en esta cinta también escrita por él, existe una historia sobre una pareja disfuncional: un hombre que tiene una exasperante sordera a las súplicas de su mujer, y una mujer que por amor soporta todo de un hombre para quien, evidentemente, ella no es su prioridad.

Una pareja, ella y él, mamá y papá (Jennifer Lawrence y Javier Bardem), carentes de nombre, llegan a una casa en la pradera paradisiaca, perfecta para los propósitos del hombre, quien es un escritor con un serio problema de bloqueo creativo.

Él viene saliendo de una fuerte crisis, pues la casa, de su propiedad, anteriormente se había quemado y juntos se esmeran en reconstruirla. Hasta que aparecen invitados indeseados y la existencia en la casa se transforma en un infierno.

La atmósfera en ¡Madre! está insoportablemente crispada de manera permanente. Primero, por la incomodidad que ocasionan personas que, evidentemente, no son bienvenidas, pero que, por alguna inexplicable razón que pudo haber recibido la bendición de Luis Buñuel, terminan por quedarse. Aunque después, ella entra en un frenesí demencial cuando más personas llegan a su paraíso e ingresan como cucarachas por las más mínimas aberturas.

Ella se encuentra atrapada en una pesadilla en la que no puede obtener paz, pese a que se encierra en el más recóndito reducto de su mansión, haciendo acopio de paciencia. Hay inquietantes incidentes que apuntan hacia un desorden arquitectónico generado por fuerzas malignas que han tomado posesión de las paredes, los pisos, los muebles. O tal vez, la mujer solamente entra en crisis de ansiedad por la indiferencia de su marido, que protege a los arribistas y los defiende, aunque ella esté en peligro mortal.

La acción se vuelve repetitiva y con situaciones enfiladas hacia una hilaridad involuntaria. El tipo no se da cuenta de que su pareja está a punto de arrojarse por la ventana, debido a que no puede encontrar tranquilidad en sus dominios.

El largo desenlace rompe con el tono inicial, como si presentara el inicio de otra película. Los espíritus que posiblemente habitan la casa se han ido para dar paso a una fiesta rave descontrolada, en la que un satánico ritual vudú le hace guiños a Polanski y a su El Bebé de Rosemary.

Aronfsky parece que extravía su brújula cuando entran a escena fuerzas del orden, como grotescos personajes que parchan huecos narrativos, con secuencias reales, aunque de factura onírica fellinesca. Fatalmente, en vez de compasión, la cámara encimosa sobre el rostro de la señora de la casa provoca risa, pues ella se mueve tambaleante y descontrolada, en medio de un perfecto caos apocalíptico en el que, como un absurdo, no puede encontrar la puerta de salida.

Inocente y angelical, es como una bella Virgen María, que flota sobre un mundo lleno de pecado y suciedad, mientras los impíos levantan los brazos y quieren manosearla para tomar una parte de su virtud.

El final, que se revela en una catarsis descabellada, no mueve al horror, como pudo haber pretendido el realizador, si no a cuestionar su tino creativo. Es difícil entender que quien hizo esta película tan desconcertante sea el mismo que presentó joyas como El luchador, El cisne negro y Réquiem por un sueño.

Esta es una cinta muy incómoda, y que no está dirigida a todos los paladares.

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