Elegía

A quienes han perdido hijos en este terremoto

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- ¡Hay niños muertos, hay padres que aún no saben si sus criaturas respiran todavía bajo los muros y techos caídos…! ¿Cómo se reacciona frente a eso? ¿Cómo se traducen los gritos de desconsuelo e impotencia para que no suenen lejanos en las vidas de quienes quedamos incólumes?… No lo sabemos, y admitirlo nos pesa y nos hace jirones el alma. Salimos de nuestras casas aún en pie, nos dirigimos a los centros de ayuda, cargamos con medicinas, víveres y todo objeto que pueda ser útil, sin embargo, el dolor de los que han perdido a sus seres queridos desautoriza nuestras palabras para solidarizarnos.

Quisiéramos tener la fuerza necesaria para levantar los escombros con la misma rapidez con la que se desplomaron y solamente constatamos la esterilidad de nuestra pequeña y estéril voluntad. De ahí, de esa fuerza interior que se estrella contra una realidad que aplasta, deriva que sólo nos reste apelar a lo que esta columna puede hacer, es decir, buscar música que pueda, en este caso, mitigar las lamentaciones y esperar que con su audición algún atisbo de consuelo pueda materializarse.

La única que nos viene en mente, embotada como la tenemos por las imágenes de la tragedia, es la de tres obras cuya génesis se remonta, precisamente, al dolor por la pérdida de un descendiente ‒o de un ser amado‒ y al pesaroso intento por tratar de calmarlo. Se dice que pocas cosas pueden ser más desgarradoras que experimentar la inversión del orden de la existencia, viéndose obligado a encarar el fallecimiento de un hijo; y con esa tónica es que esta música fue compuesta y así debemos acercarnos a ella; teniendo la certidumbre de que la mente creativa que la parió atravesaba por uno de los laberintos más amargos de la condición humana.

Mírame mis ojos Fueron estas las últimas palabras que pronunció la niña Enriqueta Morales Landgrave, de cuatro años de edad, y que desgraciadamente su padre ya no alcanzó a oír. Y con ellas fue intitulada una obra para piano, misma que puede considerarse como la más cargada de patetismo de toda la literatura pianística mexicana del Siglo XIX.[1] Melesio Morales, su autor, la compuso como único recurso para conjurar un dolor que no amainaría nunca y para ponerle remedio a la impotencia de ni siquiera haber podido estar cerca de su niña a la hora del repentino deceso por una violenta fiebre. Eso aconteció, para su insondable pesar, a punto de embarcarse en Veracruz con destino a Europa, donde pensaba permanecer tres años estudiando composición y contrapunto. Se enteró por una carta de su esposa Romana, quien no pudo evitar recriminarlo por haberla dejado sola con dos criaturas.

Julio, el menor, tenía tres años y a Enriqueta acababan de celebrarle su cuarto cumpleaños. La fiesta estuvo signada por la inminente partida de Melesio, quien no logró rehusarse al ofrecimiento de su mecenas, don Antonio Escandón para irse, primero a París y luego a Florencia, a perfeccionar sus conocimientos musicales y para labrarse un nombre como compositor. Los tres años de la estadía de Morales le servirían mucho desde el punto de vista del crecimiento artístico –su ópera Ildegonda inclusive llegó a montarse en un teatro florentino‒, pero los auto reproches por haber abandonado a su familia le avinagrarían los triunfos que se granjeó por mérito propio.

A su regreso a la Ciudad de México, lo primero que hizo fue ir al panteón para llorar frente a la tumba de su criatura. Después tocó la pieza ‒impresa en Milán‒ para Romana y Julio, pero las lágrimas de ella ya estaban secas y no dilataría mucho en volver a aposentarse la desgracia. Ella muere y en su viudez Melesio inicia sus actividades como maestro del Conservatorio. En una entrada de su diario puede leerse:

“Un día solo había pasado de mi partida cuando mi hija Enriqueta abandonaba también la patria que le dio el ser, para vivir por siempre en la mansión de los elegidos. Hoy, han dado ya vuelta desde entonces cinco años, yo ¡he vuelto a ver a mi hija! ¡Pero cómo la he visto, Santo Dios!… ¡He hecho exhumar su cadáver!… y he encontrado, en vez de mi hija, ¡un poco de tierra sobre algunos huesitos!… ¿Y ésta es la vida?, y ¿a esto venimos al mundo? ¡Ah! ¡Duda infernal; si la vida es necesaria, ¿por qué quitarla? Y si no es necesaria, ¿para qué darla?”

Elegía a Jacobo Es la creación de otro mexicano excepcional ‒más aún que Melesio Morales, pues fue capaz escindirse para ejercer dos carreras simultáneas y de manera por demás destacada‒, a quien le tocó enfrentar la muerte de un hijo y quien hubo de padecer, en carne propia, su incapacidad profesional para impedirla. Esa incapacidad se tornó más aciaga al ser un hombre que practicó la medicina y que dio la vida por salvar la de los demás. Hablamos de un célebre gineco-obstetra ‒el principal pionero en nuestro país‒ que también fue músico. Es el doctor Aniceto Ortega del Villar cuyo nacimiento avino en 1825 en Tulancingo, Hidalgo y quien procreó con su señora esposa doña Loreto Espinosa Cervantes una prole de doce hijos. De estos, Jacobo, el menor, falleció a unos cuantos días de su alumbramiento y el inmenso hueco dejado por su defunción orilló al doctor Ortega a sentarse al piano para que sus congojas divagaran y tomaran forma dentro de una conmovedora pieza que, sorprendentemente, no se ha incorporado al repertorio de los pianistas mexicanos de concierto.[2]

Ignoramos cuál fue la causa de la muerte de Jacobo O. E. ‒como se cita en el frontispicio de la partitura‒, pero es innegable que con su partida se aceleró el deceso de don Aniceto, quien falleció un año después. Jacobo nació a mediados de 1874, su muerte fue a los pocos días y el Dr. Ortega cerró los ojos para siempre el 17 de noviembre de 1875; tenía nada más 50 años de edad. Su velorio se llevó a cabo en el salón de Actos de la Escuela Nacional de Medicina, suscitando un desfile inmenso de amigos y colegas frente a su féretro. Francisco Sosa, Alfredo Bablot y Eduardo Liceaga pronunciaron las oraciones fúnebres más sentidas y profundas, coincidiendo todos que con su muerte México perdía a uno de sus hijos más ilustres.

A la memoria de un ángel Esta es la dedicatoria que el compositor austriaco Alban Berg eligió para su único concierto para violín y orquesta en sólo dos movimientos bipartitos.[3] La escritura de la obra rebasó sus expectativas, tornándose una misión de vida que, a la postre, arrastraría con la suya. Con respecto a la génesis es de señalar que Berg no se sentía capacitado para escribir algo digno para un instrumento tan complejo como el violín, sin embargo, un asunto de azar y de carencias materiales lo metió de lleno en la espiral creativa y a ésta se sumó la pérdida de una jovencita a la que amó, como un segundo padre, desde el momento en que la tuvo en brazos.

Fue así que el reconocido solista Louis Krasner le encargó un concierto donde sus dotes pudieran lucirse; Berg intentó rehusarse, mas unas apremiantes deudas decidieron por él. La obra fue comenzada en abril de 1935, sin que Berg tuviera una idea clara de cómo habría de construir el edificio sonoro y fue ahí cuando sucedió la tragedia. Su ahijada Manón Gropius Mahler, hija del celebrado arquitecto y de Alma Mahler ‒la ex mujer de Gustav‒ contrajo poliomielitis. La noticia derrumbó a Berg, pues los pronósticos de curación eran nulos. Con el corazón hecho trizas decidió que la obra tendría que fungir de tributo a esa amada jovencita que no llegaría a la edad adulta. Lo trágico del asunto es que tampoco Berg lograría sobrevivir después de la dolorosa escritura del concierto, convirtiéndose, de hecho, en su propio réquiem (Berg falleció por envenenamiento sanguíneo en diciembre de 1935, apenas cuatro meses después de haber terminado el concierto, a los mismos cincuenta años de edad que Aniceto Ortega).

Tocante a las características del concierto, debemos apuntar la aspereza deliberada de ciertos pasajes para describir la enfermedad de Manón, la inclusión de un coral de Bach para simbolizar su muerte y, al final, la elevación del violín hacia su registro más agudo para retratar el ascenso del alma de Manón hacia el cielo…

[1] Se recomienda su audición. Audio 1: Melesio Morales – Mírame mis ojos. (Silvia Navarrete, piano. CONCULTA, 2004)

[2] La edición de la partitura fue sufragada por su autor y sobreviven pocos ejemplares. Como ya se anotó, es deplorable que aún no se haya realizado ninguna grabación profesional de la misma. Para cooperar con la causa orteguiana, esta columna invitó al eminente pianista mexicano James Pullés para que la grabara ex profeso. Aunque el registro digital sea casero, Estro armónico se enorgullece de presentarla a sus lectores, en primicia mundial contemporánea. Audio 2: Aniceto Ortega – Elegía a Jacobo O. E. (James Pullés, piano. Miguel Goroztieta, ingeniero de grabación. LIVE RECORDING, 2017)

[3] Se recomienda su atenta escucha. Acuda al vínculo: www.youtube.com/watch?v=LVpn7aUrqBY

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