Costureras: Rebeldía salvadora

Ante la falta de estrategia en las acciones de rescate y luego de tres días de afanosa búsqueda de las costureras atrapadas en el edificio de Simón Bolívar 168, en la colonia Obrera, las brigadas ciudadanas se sublevaron: Tomaron picos y palas para continuar el rastreo de las empleadas y rebasaron a las tropas del Ejército que quisieron tomar el control. En esas jornadas, todo mundo se coordinó a sí mismo y todos actuaron como si fueran topos.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La escena debería de haber terminado con la imagen de los brigadistas ciudadanos hermanados con soldados, marinos, policías federales y capitalinos, y funcionarios de todas las siglas, cantando juntos el Himno Nacional y coreando ¡Viva México! –con toque de corneta como sonido de fondo para ambientar–, al declararse concluidos los rescates en la fábrica de ropa de la colonia Obrera pulverizada, con un saldo fatal de 22 muertos por el sismo y mínimo tres sobrevivientes.

Sin embargo, la desconfianza hacia todo lo que toca el gobierno se impuso: horas después ese sitio se convirtió en campo de batalla cuando voluntarias inconformes se abrieron paso y, con picos y palas, siguieron abriendo hoyos en busca de un sótano donde creían que otras costureras atrapadas habían sido abandonadas.

El piso picoteado de lo que fue un edificio céntrico de cuatro pisos en la calle Simón Bolívar 168 –donde convivían costureras mexicanas e indocumentadas, y empresarios coreanos y judíos– concentra la tensión que se vivió la semana pasada en las zonas siniestradas: El forcejeo entre civiles y militares por el control, la guerra de vencidas entre un gobierno desacreditado y desconfiado, y un nuevo ciudadano movilizado a través de redes sociales.

Pero la historia no inició ahí. Empezó cuando a la señora Marcela Guadalupe Arredondo, esposa del conserje de ese edificio que albergaba tres empresas, se la tragó la tierra.

“No me di cuenta que se había caído el edificio porque cuando tembló cerré los ojos, después ya no me pude levantar, sólo vi una nube blanca de tierra, y una persona que me ayudaba a salir. Fui la primera”, recuerda desde el hospital ese momento en que el temblor la succionó estando ella en el techo del inmueble.

Por dos días, hasta el jueves 21, Marcela Guadalupe se presintió viuda. Los rescatistas que hurgaban en la montaña de cascajo y varillas no daban con su esposo Jaime Uribe, hasta que una prima regiomontana descubrió por el Facebook que él estaba vivo. Desde el inicio había sido rescatado, pero inconsciente y en calidad de desconocido; las autoridades, en vez de avisar a los Uribe, dejaron que la burocracia jugara con ellos un cruel ping-pong, obligándoles a seguir haciendo guardia cerca de los escombros, y a recorrer 20 hospitales y tres anfiteatros; en el último hasta les querían dar un muerto que no era Jaime.

Fragmento del reportaje especial publicado en Proceso 2134, ya en circulación

Acerca del autor

(Ciudad de México, 1974) es una reportera mexicana. Ha colaborado para varios periódicos y revistas de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, entre algunas de ellas: Proceso, Gatopardo y Etiqueta Negra. Ha realizado labores de activismo a favor de los derechos humanos y en contra de los asesinatos y exilios de periodistas.

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