Las ruinas de la patria

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 15 y 16 de septiembre se festejaron las fiestas patrias en medio del consabido “grito” en el balcón de las casas de gobierno del país, de las banderitas nacionales, de las hagiografías civiles, de los pitos, los fuegos artificiales, los foquitos de colores, los cordones policiacos y el desfile militar. Pero la patria no es eso. Lo que vivimos en estos festejos de la Independencia fue, como las elecciones que nos aguardan, una fiesta de la ignominia.

Antes que nada la patria es el lugar de los padres –ese es su sentido etimológico–; es, por lo tanto, un territorio, una casa y una comunidad de hombres y mujeres que, como una familia, guardan y viven la memoria fundacional de su pasado, ayudándose y protegiéndose entre sí. Es, en segundo lugar, un conjunto de símbolos que al festejarla cada año, la celebran y nos recuerdan su belleza, su preservación, su ser.

Cuando la casa de los ancestros está llena de grietas, de humedades, de salitre; cuando el padre es un borracho que golpea a la madre y a los hijos y se gasta el dinero en juergas; cuando la madre vende los bienes de la casa y explota a los hijos para dilapidar las mal habidas ganancias en ella; cuando los hijos, desconcertados, ya no saben qué hacer y pasan de la protesta a la apatía o a la imitación de la conducta de los padres; en síntesis, cuando la familia entró en un profundo grado de descomposición y disfuncionalidad, cualquier celebración, cualquier símbolo que recuerde su grandeza, está vacío. Es un alarde sin sustancia, un mal decorado teatral, el burdo encubrimiento de lo que no queremos ver ni aceptar, principio fundamental para empezar a sanarnos y sanear la casa.

Lo que vivimos este 15 y 16 de septiembre fue, como desde hace ya muchos años, un festejo de ese tipo. Detrás de él no estaba la patria, sino una casa en ruinas con una familia disfuncional, cuyos padres, los sucesores de quienes la fundaron y la hicieron posible, no dejan de destruirla, de robarnos, de golpearnos, de explotarnos, de vender nuestros bienes, de sumirnos en la desolación, el terror y el abandono. Encubriéndose cínicamente detrás de los símbolos más sagrados y utilizando el lenguaje patrio para ocultar la realidad, justificar los crímenes más abyectos y mentir, nuestros gobernantes, semejantes a los padres de familia que he descrito, celebraron una patria en ruinas y burlándose una vez más de nosotros, escupieron sobre el sufrimiento, la sangre y las vidas entregadas de nuestros padres fundadores.

Lo que vivimos durante estas fechas patrias fue sólo un mal decorado teatral donde simbólicamente se representó una pésima obra sobre la patria y (dice T. S. Eliot en versión de José Emilio Pacheco) “como cuando en un teatro/ se apagan las luces para cambiar el decorado/ con un hueco rumor de bastidores, un movimiento de tinieblas sobre tinieblas,/ y sabemos que enrollan y quitan de su lugar las colinas y los árboles, el panorama distante/ y la fachada altiva e imponente./ O como cuando el vagón del metro se detiene en el túnel entre dos estaciones/ y la conversación se eleva y luego poco a poco se desvanece en silencio/ y uno ve ahondarse el vacío mental detrás de cada rostro/ y queda sólo el terror creciente de no tener ya nada en qué pensar./ O como cuando bajo anestesia la mente tiene conciencia pero conciencia de nada”, los mexicanos, después del festejo, entramos en la tiniebla.

Al amanecer sólo estaban entre los deshechos de la fiesta las centenas de fosas clandestinas, los cientos de miles de asesinados y desaparecidos, los torturados, los descuartizados, los narcomensajes aterradores en su contenido y en la barbarie de su falta de sintaxis y de ortografía, las redes de trata y de corrupción política, nuestros territorios y sus comunidades entregados como botín a compañías trasnacionales, la impunidad, la malversación de las leyes y de los fondos públicos, los cascarones de las instituciones, el fiscal con Ferrari, el dinero del crimen organizado para las campañas electorales, “los moches”, la desesperada búsqueda de las partidocracias por administrar esas ruinas que se parecen al infierno, el resentimiento popular expresado en las redes sociales, la fragmentación de la reserva moral del país, el clientelismo, la frivolidad, el dispendio y la prepotencia de las clases altas.

La expresión más reciente de esta realidad, además de los festejos, fue la toma de protesta de Alfredo del Mazo como gobernador del Estado de México, un día antes de las celebraciones. Enmarcado en el símbolo fundamental de la patria, la bandera, ese hombre –que como lo demostró Ahora llegó al poder por las redes de corrupción del PRI con la compañía OHL y continuará un gobierno de violencia y brutalidad criminal– habló de institucionalidad, de democracia, de pluralidad. En medio de ese hueco discurso y de ese símbolo vacío, del Mazo, como el criminal que no soporta la culpa, delató su condición disfuncional. “No toleraré –dijo, con la impostada suficiencia de un padre irresponsable– actos de corrupción que dañen a la sociedad”. Lo que quiere decir que sólo tolerara los que, semejantes a aquellos que lo llevaron al poder, beneficien a la sociedad que él confunde con el PRI y sus amigos.

La patria está en ruinas; sus padres, devorados por la corrupción y la desvergüenza y sus símbolos, vacíos. Tan vacíos que exigen una refundación.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 24 de septiembre de 2017 en la edición 2134 de la revista Proceso.

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