Lecciones del sismo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Las reacciones de la mayor parte de los medios mexicanos en torno al sismo que cimbró a la Ciudad de México, así como a los estados de Morelos, Oaxaca y Chiapas, oscilan entre la nota efectista de casos excepcionales de heroísmo hasta el intento de vender la idea inimaginable de que la sociedad y el gobierno –juntos de la mano– han dejado todas sus pautas conductuales históricas para convertirse en una sola y solidaria voz y acción para privilegiar el bien público. Las cosas, por desgracia, no son como las pintan la mayor parte de los medios. Veamos.

1. No hay duda: una porción apreciable de la sociedad ha demostrado rasgos de solidaridad –donaciones de víveres en los centros de acopio y aportes económicos depositados en cuentas bancarias para, se supone, mitigar los efectos del sismo entre los damnificados. Esta es la parte ideal de una aparente realidad holística que caracteriza a los mexicanos. Sin dejar de reconocer las iniciativas de buena voluntad, coexisten también conductas ajenas a ese espíritu de bondad comunitaria; eso hay que decirlo. Aparecidos de la nada, cientos de ciudadanos se han apersonado para decidir por sí y ante sí –además, por supuesto, de las fuerzas del orden– el destino de los víveres: rapiña hormiga, reventa, asaltos a casas habitadas y deshabitadas al calor de la ausencia de la observancia de la ley que regula estos incidentes naturales imprevistos en el tiempo y lugar, pero previstos en la normatividad y en el presupuesto de egresos. Lo anterior da lugar a una amalgama de almas dadivosas y de otras que sólo arrebatan.

2. Quizá los únicos voluntarios que verdaderamente han jugado un papel reconocible son los que se concentran en la remoción de escombros. En una sociedad democrática, debe decirse, estos casos son excepcionales porque con los impuestos que pagamos se mantiene una fuerza de servidores públicos dedicados a estas tareas; ellos están debidamente capacitados y su obligación es encabezar las iniciativas que ahora están liderando los voluntarios. De la misma forma, conviene dejar en claro que año con año se incrementa la generosa bolsa de recursos públicos destinados a atender este tipo de desastres.

3. Para la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y para el gobierno federal estos desastres caen como un baño de agua fresca para justificar el uso de los recursos públicos destinados a tal efecto, los cuales son difíciles de escrutar; revisión que para algunos sería políticamente incorrecta porque lo importante es salvar vidas y cuidar la integridad de los damnificados. En esta lógica, lo de menos es conocer a quién, cómo, cuándo y dónde se dirigieron esos recursos que se entremezclan con las donaciones de almas buenas y todo tipo de aportaciones que también en los hechos van a una bolsa común en la cual resulta difícil hacer las distinciones necesarias.

4. Las cuentas que se abrieron en bancos para hacer donativos pueden ser la mejor forma de aprovecharse de miles de incautos que, como si se tratara de un acto de fe, creen que cada peso que donen será utilizado directamente para apoyar a las personas afectadas. El problema es ese: no hay mecanismos de auditoría en tiempo real –algunos dirán que eso es lo de menos y que lo fundamental es centrarse en ayudar. Ya veremos si se hizo un uso adecuado de esos recursos o, por el contrario, se abren grandes ventanas de oportunidad para timar en nombre de las mejores causas.

@evillanuevamx

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Este análisis se publicó el 24 de septiembre de 2017 en la edición 2134 de la revista Proceso.

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