“Me gusta, pero me asusta”: amor y prejuicios

MONTERREY, NL (apro).- Me gusta, pero me asusta (2017), es una comedia romántica sencilla, pero llena de cualidades.

Y en el centro de su magnetismo se encuentra la pareja dispareja de la chica de la ciudad y el muchacho del rancho, Claudia (Minnie West) y Brayan (Alejandro Speitzer) que se encuentran por una carambola de incidentes y se atraen de inmediato.

La película, escrita y dirigida por Beto Gómez, compacta elementos básicos de una cinta rutinaria y predecible, aunque, sorpresivamente, luce por su atractivo elenco protagónico, y un sobresaliente cuadro de actores de reparto que, en momentos, roban cámara, entre ellos, Joaquín Cossío y Jorge Caballero.

Ella es una chica fresa de ciudad que se independiza de su papá empresario, pero no encuentra la pareja ideal, por complejos construidos pacientemente desde la infancia, cuando aprendió que era poco atractiva. La baja autoestima la aleja de los buenos tipos y la convierte en carnada para los gandallas.

Él, por su parte, es un chico sinaloense crecido en el rancho bajo la sombra de su padre, una especie de padrino campirano, estricto y bragado, que espera que el chaval continúe con el “negocio” de la familia, cualquiera que este sea.

La mezcla de personalidades contrastantes es un enorme cliché pero mágicamente Gómez hace que los muchachos se conviertan en un par encantador, con su look de ropajes chillantes. El muchacho es un vaquero de finas ropas, pero con gustos de naco. La damisela es de apariencia refinada, pero estrafalaria y bastante kitch. Inocentes y transparentes, se convierten en seres invulnerables por una extraña honestidad que los protege en un mundo que castiga la ingenuidad.

Su aproximación romántica, sin embargo, está llena de obstáculos. Los prejuicios y los malos entendidos los rondan. Carentes de habilidades sociales, torpes en el amor, batallan para expresar sus sentimientos. Pero, también, el aspecto de él y sus acompañantes intimidan. Viene de Sinaloa, anda cargado de fajos de billetes, se transporta en una camioneta enorme acompañado de ayudantes que parecen matones. No deja nada a la imaginación, aunque, en realidad, no es lo que parece.

En una época marcada por la inseguridad, es natural que ella y las personas que la rodean recelen de las intenciones del muchacho. La historia, complaciente, da oportunidad para que todos se expresen y busquen justificarse. El chico guarda sus propios anhelos, que están distanciados del plan que su familia le ha preparado. Incluso, al apartarse del rudo oficio de la familia, mueve a las suspicacias sobre su honorabilidad.

Pero si la gente se detuviera a comprender como es el otro, podría captar que cada persona, en lo individual, guarda inquietudes y una intensa vida secreta.

Emergidos de las filas de La Rosa de Guadalupe, West y Speitzer tienen un afortunado lanzamiento estelar, en una producción de corte juvenil, con un humor simple y familiar, e interpretaciones cargadas de energía y candor. Además, los dos participaron como productores.

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