El poder del miedo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hay una emoción atávica y recurrente que está encarnándose en el México contemporáneo: el miedo. Miedo a que nos secuestren, miedo a que nos desaparezcan, miedo a que nos asesinen. Y ahora –en el contexto del terremoto del pasado 19 de septiembre– miedo a morir bajo los escombros de algún edificio colapsado.

Por un momento las masacres, los asesinatos, las desapariciones y los desollamientos pasaron a segundo plano en la escena pública nacional y fueron sustituidos por la fuerza implacable de la naturaleza, generando lo que Robert J. Ursano denomina la estructura subjetiva del caos humano; es decir, el conjunto desordenado de respuestas psicológicas que se presentan frente a la vivencia de un trauma.

Y es que, en efecto, el 19 de septiembre los capitalinos pudimos experimentar de forma colectiva lo que es el miedo y sus secuelas desestabilizadoras. Algunos ciudadanos se paralizaron ante la crudeza del terremoto, mientras que otros pudieron sobrellevarlo y hacerle frente con sus propios recursos personales. Pero todos –en mayor o menor medida– pudimos conocer algo de las entrañas de esta emoción milenaria.

Como consecuencia del miedo –una emoción primaria de sobrevivencia– también brotaron ataques de ansiedad y crisis nerviosas entre algunos capitalinos. A partir de entonces, las noches comenzaron a tornarse eternas y el insomnio se apoderó de nosotros. Sueños inquietos o pesadillas aparecieron insistentemente.

Los que vivimos de cerca la tragedia de los terremotos estamos hipersensibles ante cualquier estímulo, e inevitablemente nuestra psique relaciona todo lo que vemos y escuchamos con la tragedia misma: son los síntomas intrusivos y de activación, propios del estrés agudo. No obstante, si se siguen presentando por más de un mes, pueden transformarse en estrés postraumático (PTSD), una categoría diagnóstica más compleja.

Como se sabe, este trastorno se gesta a partir de la vivencia de un evento traumático que coloca al individuo en una situación en la que su vida se pone en riesgo. Se caracteriza por la presencia de distintos malestares y síntomas que fragmentan su vida y le impiden desenvolverse como lo hacía antes del evento. Surgen problemas de sueño, flashbacks, recuerdos incontrolables que no pueden borrarse de la mente, desinterés por la vida, problemas de concentración, desconfianza, estado de alerta exagerado, entre otros. En casos extremos pueden aparecer ideaciones o conductas suicidas si no se atienden estos síntomas adecuadamente.

Los recuerdos intrusivos y las memorias de la experiencia traumática –que Bessel van der Kolk llama la tiranía del pasado– pueden interferir notablemente en la habilidad de poner atención a nuevas experiencias. Es entonces cuando sabemos que existe una fijación al trauma, porque no podemos separarnos de aquello que nos ha pasado: el evento se ha instalado en la psique en detrimento de nuestra capacidad de goce.

Después de múltiples experiencias con desastres naturales, ya resulta claro que los terremotos no sólo causan muerte, lesiones, enfermedades físicas, daño en la infraestructura o pérdidas económicas, sino que también generan efectos nocivos y a veces implacables en la salud mental de las personas, particularmente de los sobrevivientes.

Sobia Haqqi, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad Aga Khan, publicó en la revista Medicine Today el testimonio de las secuelas psicológicas que dejó el terremoto de Kashmir de octubre de 2005 en Pakistán. Como todos sabemos, el sismo de 7.6 grados provocó la muerte de casi 100 mil personas. Haqqi relata el caso de una escuela primaria localizada en Badhiara, cerca de Muzafarabad, donde 49 niños quedaron sepultados bajo los escombros.

“Muchos de los niños que sobrevivieron quedaron profundamente traumatizados por la falta de apoyo y ayuda profesional –escribió el psiquiatra–. Con el paso del tiempo, en efecto, muchos continuaron aterrorizados, se negaban a asistir a clases y recordaban los gritos y llantos de sus compañeros muertos”.

La experiencia con los niños paquistaníes debe darnos una lección del papel relevante que puede juegar una pronta y eficaz intervención frente a los desastres. Recordar de manera automática lo que ocurrió en el Colegio Enrique Rébsamen resulta simplemente un acto reflejo.

En México, de acuerdo con cifras oficiales, ya son poco más de 250 mil damnificados que necesitarán atención urgente en todos los ámbitos, incluida la salud mental. ¿Cómo los están atendiendo? ¿Qué estrategias de contención están utilizando las autoridades responsables para garantizar su salud mental? ¿Cuántos y qué formación profesional tienen? No lo sabemos exactamente: la información oficial fluye a cuentagotas y ha resultado insuficiente frente a la tragedia.

Lo que sí sabemos, sin embargo, es que un grupo significativo de ciudadanos y especialistas de diferentes instituciones salieron a las calles con el fin de resolver lo que las autoridades realizan de manera ambigua y descoordinada. La UNAM, por ejemplo, está ofreciendo, a través de las facultades de Psicología y de Medicina, asistencia psicológica en 54 zonas de la Ciudad de México. El Centro Médico ABC también ofrece consultas telefónicas y asistencia personalizada. Y hasta Médicos sin Fronteras está participando en diferentes zonas dañadas, siendo ésta una organización altruista internacional que regularmente ofrece atención en países donde las acciones gubernamentales resultan insuficientes o nulas.

No obstante estas valiosas iniciativas, debe señalarse que la atención psicosocial y psiquiátrica ha resultado claramente insuficiente, dispersa y poco cohesionada. Frente a los esfuerzos ciudadanos, las autoridades han quedado completamente rebasadas. Sus protocolos de intervención psicológica han sido obsoletos y su aplicación ha revictimizado a muchos sobrevivientes.

Semejante indiferencia y desdén de las autoridades hacia la salud mental de los ciudadanos también puede evidenciarse en el magro presupuesto que año tras año le otorgan a este rubro.

En el Informe de la evaluación del sistema de salud mental en México se proporciona un dato escalofriante que muestra el desprecio de las autoridades hacia la salud mental de los ciudadanos: del gasto total asignado a la salud en nuestro país, sólo 2% se destina al rubro de la salud mental. De ese magro presupuesto, 80% se gasta en el mantenimiento de los hospitales. Es decir, el dinero destinado a la salud mental en México se está utilizando para pintar los edificios de los hospitales psiquiátricos y para cuidar sus maltrechos jardines.

Frente a este panorama, resulta comprensible que las instituciones independientes y los grupos de ciudadanos sean los que están tomando la iniciativa en esta noble tarea de aliviar el dolor y acompañar empáticamente a los que sufren. l

*Doctor en psicología y profesor de la Facultad de Psicología de la UNAM.

Este análisis se publicó el 1 de octubre de 2017 en la edición 2135 de la revista Proceso.

Comentarios