La carta de tres precandidatos avestruces   

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En las decadencias de una gran comunidad, afirma el genial filósofo de la historia Arnold Toynbee, las minorías dominantes son ineptas para dar una respuesta victoriosa a las incitaciones del entorno. En tales casos, el clima es propicio para un cisma en el alma colectiva, a menos de que, dice el historiador, surja un liderazgo creador en la mayoría proletaria, en el pueblo.

El sismo evidenció la realidad. La incapacidad moral de tres aspirantes a la Presidencia de la República (Margarita Zavala, Rafael Moreno y Silvano Aureoles). No alcanzan a comprender la hondura de la tragedia que vive el pueblo. El temblor y su insensibilidad los eclipsó para siempre; no están ya en la conciencia patria, y ahora sacan de la obscuridad sus cabezas de avestruz para ver qué hay a su alrededor y retomar sus rutas de ambición, de saciedad de poder.

Comiendo ansias, sin esperar a que cicatrice tanta herida en la entraña del país, el 30 de septiembre enviaron una carta a las autoridades del Frente Ciudadano por México, apelando sin rubor a que sea la ciudadanía la que elija a su candidato a Los Pinos, y no las élites.

Qué insolencia: ellos representan a las élites que concentran injustamente el poder neoliberal, económico y político, y que han provocado una desigualdad atroz. Hoy, a nadie sensato y con sentido humano le importan dichos gestos de ansiedad.

El contenido y los tiempos de esa carta violentan el luto del pueblo por sus muertos. Dichas élites y sus agentes, no obstante el drama de tantos, han demostrado ser una minoría dominante y estéril ante la formidable tarea de reconstrucción material y regeneración política que enfrenta ya el pueblo generoso. La creatividad popular da frutos de cambio.

La juventud asumió espontáneamente el liderazgo ante el desastre. Antes despolitizada, ahora es altamente consciente de su papel de protagonista político de una gran historia por venir, en caso de perseverar en su destino. Ahora sí creerá en la política genuina, pero no en la decrépita, incapaz de servir al bien comunitario, sino en la orgánica, en la nuestra –que parta del ser y la cultura nacional, sin imitaciones liberales extra lógicas– que le sirve al pueblo, al mayor número posible de sus integrantes, y no a unos cuantos que emulan estilos ajenos a lo propio.

La juventud victoriosa, harta de simulaciones y mediocridades, hoy quiere verdad y grandeza para México.

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