Los jóvenes: Crónicas del desastre del 19-S

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El terremoto que sacudió a la Ciudad de México y varios estados del centro y sur del país, coincide irónicamente con el sismo devastador de 1985, del cual los más jóvenes sólo sabían por las historias de los que lo vivieron.

Con el presente testimonio se abre un ciclo de textos compilados entre jóvenes veinteañeros, quienes narran su forma particular de haber vivido la catástrofe, sus acciones y la enorme solidaridad; generación juzgada como inactiva pero que, contra todo pronóstico, respondió con valor y empatía. Sus integrantes reinterpretan la forma de utilizar los medios electrónicos como un arma social al servicio de la emergencia. Y ahora necesitan tallarlo en papel para que los recuerdos no los carcoman, para no olvidar.

Los escritos aquí reunidos complementan una visión general de los hechos desde diferentes miradas y lugares: aquel que creó brigadas de apoyo en la capital, el que salió a los estados aledaños, ese más que se encontraba observando desde la impotencia en el extranjero y el que sufrió pérdidas de primera mano.

En todos se transpira una potente desolación, pero prevalece el orgullo de ser mexicanos. La sorpresa de saber que el egoísmo y la indiferencia pueden y de-ben ser erradicados, aunque sea un rato, aunque sea por la necesidad de agradecer a la vida. Todos tienen algo distinto que contar, pero algo los une: su historia está ahora atravesada por una grieta.

Las ocho crónicas, más un par de poemas, se publicarán una por día. Esta es la primera, cuya autora es María Vignau Loria, estudiante de doctorado en sociología en Seattle, Washington, EUA.

El terremoto desde Seattle

La distancia de Seattle a la Ciudad de México es de cuatro mil 552 kilómetros. A partir del 19 de septiembre, esa distancia ya no se puede medir en kilómetros. Se hizo incalculable.

Media hora después del terremoto, había 154 notificaciones de mensajes no leídos en mi Whatsapp. Eran mi familia y amigos que poco a poco se reportaban. Todo se detuvo frente al terror que sentí en ese momento. Comenzó entonces la lectura frenética de los mensajes recibidos para saber quién estaba bien y quién aún faltaba por reportarse, la angustia insoportable ante los minutos eternos que mi madre tardó en mandar un mensaje, el temblor de mis manos buscando noticias, las lágrimas al escuchar la transmisión de radio que anunciaba los daños en la Ciudad de México.

Llamé a mi hermana tres veces en una hora, porque después de la primera y la segunda todavía necesitaba asegurarme de que estaba bien. Llamé a mi abuelo, con quien nadie se había podido comunicar, aterrada de que algo le hubiera pasado. Esperé varias horas y por fin pude hablar con mi hermano y mi mamá. Necesitaba escuchar sus voces. Necesitaba sentirme cerca de mi familia, de la forma que fuera. Necesitaba olvidar, por un ratito, que me encontraba sola, llorando frente a la pantalla de mi computadora, acompañada únicamente por las imágenes de internet y las que se formaban en mi cabeza.

Al terror inicial lo reemplazó una manía enfermiza por leer toda la información posible sobre lo que estaba sucediendo. Pasé los días y las noches siguientes leyendo obsesivamente noticias en Twitter y Facebook. No supe bien a bien qué hacer con esa información, pero la consumí toda. Una y otra vez.

Vi a todos mis conocidos en la CDMX trabajando en distintas brigadas, levantando escombros, juntando víveres y medicinas, mientras a mí me consumía la ansiedad, la impotencia y, sobre todo, la culpa. Ansiedad por no poder ocuparme más que de leer y reenviar los miles de mensajes urgentes que pedían ayuda en las redes sociales. Impotencia por no poder prestar mis manos para levantar escombros o mis piernas para llevar víveres a los lugares donde urgía ayuda. Culpa por estar sentada en mi casa mientras mi mejor amigo no sabía si iba a poder regresar a la suya. Y culpa también por el hecho de sentirme mal sin haber estado ahí; si a mí ni me tocó el temblor, si yo no sentí la tierra moverse debajo de mí, si yo sólo vi edificios caer en videos y no respiré el polvo que se levantó cuando colapsaron.

Se me rompió el corazón una y otra vez con las noticias de las víctimas y con las imágenes de la destrucción en la CDMX, el lugar que considero mi hogar. Y también me quedé sin palabras al ver la solidaridad de la gente de mi país. Y sentí una rabia infinita y hasta entonces desconocida al leer las historias del gobierno desviando la ayuda de los centros de acopio, o bloqueando e impidiendo los esfuerzos del pueblo.

Los procesos de duelo y sanación ante estas tragedias son necesariamente procesos colectivos. Hacerlo desde lejos y sola ha sido muy difícil. Pero las cosas no se han quedado ahí y quienes estamos fuera del país nos hemos acompaña-do en el dolor que provoca la distancia. Y también nos hemos organizado; surgieron todo tipo de campañas y eventos para recaudar fondos o grupos que se dieron a la tarea de verificar que la información que iba surgiendo en las redes sociales fuera cierta. Nada de eso quita la impotencia, la culpa o el dolor, pero nos acerca a nuestro país y nos permite abrazarnos a la distancia.

A fin de cuentas, los que estamos fuera de México también sentimos el temblor. Y nos ha movido el mismo amor a nuestro país. El mismo dolor ante la tragedia. Y la misma convicción de que la acción organizada y solidaria del pueblo, estemos donde estemos, va a sacar a México adelante.

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