De manos (V)

La mano que orina en Oaxaca y el hombrecito que orina en Bruselas

La primera vez que el impresor Peter Bramsen vino a México fue cuando trajo una exposición de Asger Jorn que se montó en Bellas Artes. Bramsen era socio e impresor del Atelier Clot, un taller de litografía muy famoso donde trabajaron artistas como August Rodin y Toulouse Lautrec.

Bramsen acercó al taller a muchos artistas del grupo Cobra como: Asger Jorn, Karel Appel, Corneille, Pierre Alechinsky y Carl-Henning Pedersen, para que produjeran su obra ahí; también a los mexicanos, entre ellos a Rodolfo Nieto, Alberto Gironella, Rafael Coronel, Pedro Coronel, Sergio Hernández, Demián Flores y yo.

Cuando Peter vino a México viajamos al Istmo y después llegamos a la ciudad de Oaxaca y nos alojamos en lo que hoy es el IAGO; un día paseando por la Alameda nos acercamos a una fuente, que yo no había visto, seguramente estaba recién colocada. Cuando él la vio se echó una carcajada y me dijo en francés: Oaxaca es como Bruselas. Extrañado le contesté: ¿En qué se parecen?

Bramsen explicó que Bruselas tenía la fuente del “Manneken pis” ˌ(mɑnəkə(m) ˈpɪs, en neerlandés ‘hombrecito que orina’). Y Oaxaca la “main qui pis”, en francés (‘la mano que orina’). Lo asoció porque las palabras suenan casi igual.

Y es que la fuente que estaba en la Alameda tenía una estatua que representaba a un niño jugando en el agua, en la mano sostenía una pelota como si fuera de esponja y como la apretaba salía un chorro de agua.

Al ver esa imagen Bramsen hizo el chiste de la fuente con la mano que orina en Oaxaca y el hombrecito que orina en Bruselas.

De manos, por Toledo.

De manos, por Toledo.

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Las manos de Orlac

En la calle, las luces de los faroles volvieron a encenderse, pero las del teatro seguían apagadas. M. Laruelle buscó un cigarrillo. Las manos de Orlac… Con cuánta rapidez, pensó, había hecho revivir en su mente ese hombre los primeros días del cine, en realidad sus propios días de estudiante tardío, los días del Estudiante de Praga, y Wiene y Werner Krauss y Karl Grüne; los días de la UFA, cuando una Alemania derrotada se ganaba el respeto del mundo culto con las películas que producía. Salvo que, en aquel entonces, era Conrad Veidt quien había actuado en Orlac. Cosa extraña: aquella película fue apenas mejor que la versión actual: un flojo producto de Hollywood que viera años atrás en México, o quizá (M. Laruelle miró en torno suyo), quizá en este mismo cine. No era imposible. Pero en la medida en que la recordaba, ni el mismo Peter Lorre había podido salvarla, y no quería volver a verla… Y sin embargo ¡qué complicado e interminable relato sobre la tiranía y el asilo parecía referir aquel cartel que, suspendido sobre su cabeza, mostraba al asesino Orlac! Un artista con manos de asesino; ésa era la etiqueta, el jeroglífico de los tiempos. Porque en realidad era la propia Alemania la que, en la horrible degradación del lastimoso dibujo, colgaba sobre su cabeza. O, ¿acaso se trataba –por un incómodo esfuerzo de la imaginación– del mismo M. Laruelle?

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Del libro Bajo el volcán, de Malcolm Lowry.

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Cuando se estrenó en la primavera de 1924 una de las joyas del cine expresionista, Las manos de Orlac, el público austriaco quedó tan impresionado por la película que al final se escucharon gritos de enojo. El principal actor, Conrad Veidt, tuvo que subir al escenario para explicar cómo se había hecho la filmación. El gran actor, con el poder de su presencia y su voz, logró calmar a la gente que se había exaltado al ver la película muda. Las manos de Orlac cuenta la historia de un gran pianista que en un accidente de tren ha perdido sus manos. Un médico le implanta las manos de un asesino que acaba de ser decapitado. El pianista, Orlac, siente que las manos que le han sido implantadas lo dominan y lo impulsan a cometer crímenes. Su médico le explica que, gracias al poder de su voluntad, podrá controlar los impulsos criminales que emanan de sus nuevas manos. La película presenta con gran dramatismo la lucha entre el poder determinante que emana de una parte del cuerpo, las manos, y la fuerza de voluntad que debe regir la conciencia del pianista. Orlac siente que las manos han tomado el control de su conciencia. Cuando su padre, al que odia, es asesinado, el pianista está convencido de que él le ha clavado la puñalada letal, aunque no lo recuerda. Pareciera que el poder brutal de la carne implantada es capaz de dirigir la mente del pianista.

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Del libro Cerebro y libertad. Ensayo sobre la moral, el juego y el determinismo, de Roger Bartra.

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Rodin por Rilke

Hay en la obra de Rodin manos, manos independientes y pequeñas, que, sin pertenecer a ningún cuerpo, son vivientes. Manos que se elevan, irritadas y perversas; manos que parecen ladrar con sus cinco dedos erizados como las cinco fauces de un perro del infierno; manos que caminan, que duermen, y manos que se despiertan; manos criminales y cargadas de una pesada herencia, y manos que están fatigadas, que no quieren ya nada, que se han tendido, en cualquier rincón, como bestias enfermas que saben que nadie puede ayudarlas. Sólo que las manos son en sí un organismo complicado, un delta donde mucha vida, venida de lejos, confluye, para volcarse en la gran corriente de la acción. Hay una historia de las manos; ellas tienen realmente su propia cultura, su belleza particular; se les reconoce el derecho de tener su propio desenvolvimiento, sus propios deseos, sus sentimientos, sus humores y sus caprichos. Pero Rodin, que, por la educación que se ha dado, sabe que el cuerpo se compone de una multitud de escenas de la vida, de una vida que en todas partes puede volverse individual y grande, tiene el poder de dar a una parte cualquier de esta vasta superficie vibrante, la independencia y la plenitud de una totalidad. Del mismo modo que el cuerpo humano sólo es para Rodin un todo mientras una acción común (interior o exterior) mantiene en movimiento todos sus miembros y todas sus fuerzas, así también para él se ordenan en un organismo, por sí mismas, las partes de cuerpos diferentes que se adhieren las unas a las otras por una íntima necesidad. Una mano que se posa sobre la espalda o el muslo de otro cuerpo no pertenece ya completamente a aquel de que proviene: ella y el objeto que toca o agarra forman juntos una nueva cosa, una cosa más que no tiene nombre y que no pertenece a nadie; y se trata ahora de esta cosa particular y que tiene sus límites definidos.

La historia de un gran pianista, de Toledo.

La historia de un gran pianista, de Toledo.

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Del libro Augusto Rodin, de Rainer Maria Rilke

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La amazona con sabor de almendra 

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños

porque salía de una bodega mágica

de azúcares. Su faz sólo era trágica

por dos lágrimas sendas de carmín.

Su polvorosa apariencia toleraba

tenerlo por muy limpio o por muy sucio,

y un cónico bonete era la gloria

inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

El payaso y la amazona, de Toledo.

El payaso y la amazona, de Toledo.

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Autor: Ramón López Velarde

(Fragmento del poema “Memorias del circo”)

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Umanatsiaq (Hacer el amor)

Ajaija-ja,

Mi compañera de juego

ja-ja-jai-ja,

me dedea

entre las piernas,

hajaijaja,

ella ofrece su cuerpo

haijaijaja-jaija—

y desgarra las pulseras de cuero

de mis muñecas

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Del libro Eskimo Poems from Canada and Greenland

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