Juventud y tragedia

Cuando quieras saber cómo es un policía ruso, no le preguntes a un médico, a un profesor o a un banquero, pregunta al viene viene, al vendedor de chicles o al niño en situación de calle.

Alexander Herzen

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Claro, ¿a quién no va animar el espectáculo de gente elástica, alegre, ágil, joven, en la dichosa edad en que sopla el viento de Afrodita, que participa activa, generosa, solidaria, valiente en los rescates del terremoto? Claro, es motivo de alegría y orgullo, y más en un país tan castigado con perpetuas y muy variadas frustraciones por la ineptitud y venalidad generalizadas.

Pero exploremos un poco el contenido de este súbito optimismo. Para hacerlo vamos a dar un largo pero eficaz rodeo.

Permítanme contar que doy clases en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Universidad muy joven, fundada para disminuir la marginación cultural, en la medida de nuestras posibilidades, que no son muchas, en la ciudad que habitamos.

Recordemos ahora que la ­marginación cultural en la Ciudad de México es enorme. Piensen, por ejemplo, que aquí sólo 10% de la población puede ir al cine (es demasiado caro para el 90%). Antes había cines de diferentes precios, los que exhibían películas de estreno (cuatro pesos), los de segunda o tercera corrida más y más baratos. Pero a partir de que buena parte de los cines son propiedad de los estudios productores americanos, el precio de las entradas y de las palomitas, es parejo, con el resultado, ya mencionado, que sólo 10% de la población está en condiciones de pagar por ese servicio.

Este exiguo 10% de afortunados es el que lee periódicos y libros, el que se interesa en oír o ver noticiarios por radio y tv, el que discute y tiene opiniones políticas y sabe quién es, por ejemplo, el pintor Toledo o el político Osorio Chong. El resto vive, como decía, sumido en la más ciega marginación, cultural, económica, política, de salud, justicia y dilo tú. A este picudo 10%, la mayoría de población no le importa, no la conoce, no sabe ni quiere saber cómo vive, qué problemas tiene o cómo se las arregla para sobrevivir, y procede como si esa enorme mayoría no existiera. Y así los margina.

Por este desdén cuando se dice que la UACM trata de disminuir la marginación cultural en que vive la inmensa mayoría, casi nadie entiende qué se está diciendo. Y también por eso, aunque parezca extraño, esta pequeña y esforzada universidad es muy combatida. Debería haber 500 o más universidades como ésta, hay una, pero aun a esta sola se la combate con rencor nacido de la ignorancia. Se la reprueba con criterio comercial, como si en vez de universidad fuera planta criadora de cerdos, señalando que no es productiva, y no es productiva porque no presentan su examen de graduación tantos estudiantes como debieran. Es una tontería, desde luego, pensar así, que la UACM no es Princeton, no, no es ni se propone ser eso, su tarea es modesta, pero eso sí, es indispensable y urgente.

Ahora, para mí, los años de dar clases y alcanzar cierta intimidad con estos alumnos ha sido una experiencia extraordinaria.

Volvamos ahora a los muchachos rescatistas.

Interrogado Raúl Aníbal, alumno de la UACM, acerca de por qué había sido tan nutrida, animada y participativa la respuesta de los jóvenes ante la devastación del temblor, su respuesta fue reveladora: Porque todos vivimos el drama, todos sentimos el miedo, todos imaginamos morir aplastados o el terror de quedar atrapado en uno de los llamados “triángulos de vida” bajo el alud de concreto, y fue entonces inmediato, sencillo, y añadiría inevitable, sentir simpatía con las víctimas, y por eso, urgencia de localizarlos y rescatarlos.

Añadiría a esta explicación que el entusiasmo obedeció también al gusto, al placer de participar, que sienten los jóvenes.

Eso lo veo claro. Lo que apenas vislumbro, es ¿qué va a suceder cuando no haya ya dónde participar? Se acaba la oportunidad, no la necesidad de participar. Porque los jóvenes en esta ciudad no sólo tienen escaso campo de participación, sino, por ejemplo, los muy jóvenes son constantemente perseguidos y extorsionados por la horripilante policía de la capital. Apenas unos patrulleros dan con un joven que esté solo, caen sobre él con la acusación de traer mariguana u otra sustancia perseguida y amenazan al joven con llevarlo a la delegación. A mi hijo le sucedió tres veces cuando era muy joven e indefenso.

Esa envilecida costumbre, sacar dinero a los jóvenes, es la que está, me parece, en la base de tragedias como la del News Divine, porque si no, que nos expliquen ¿qué tenían qué hacer 200 policías en una tardeada de adolescentes? La policía es la pesadilla de los desdichados niños y niñas en situación de calle. Las infamias de que se registran en este desorden no pueden creerse.

Sería fácil tratar de impedir que estos abusos continuaran perpetrándose, pero no ha habido voluntad política de hacer menos adversa la vida de los olvidados jóvenes marginados de la ciudad.

Aunque la juventud es un estado y como tal, transitorio, no constitutivo de las personas, y debiera poderse unificar a todos los jóvenes, marginados y no marginados en una sola categoría, en esta ciudad es imposible. Y no va a ser fácil volver a ver el emocionante espectáculo de la animada solidaridad juvenil que hemos admirado. Se precisaría, tal vez, otra tragedia.

Este análisis se publicó el 1 de octubre de 2017 en la edición 2135 de la revista Proceso.

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