Muros derrumbados: publicaciones en las redes

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- 19 de septiembre de 2017.

Parte 1

Perdón por no responderles durante el día, en Condesa no había señal. Como algunos saben mi casa ahora no es habitable, quedó muy dañada por el sismo. Yo estoy bien, me estoy quedando con Omar y hace una hora logramos abrir la puerta de mi casa con un pico y sacar a mis dos gatos. Eso es genial porque también me da acceso a recuperar documentos y cosas de mi casa (cuando protección civil nos indique).

Otra buena noticia es que la perito visitó el edificio y aunque la fachada se dañó en forma aparatosa (casi que se ha vuelto zona obligada para fotos) considera que está “bien” (columnas, trabes y techos bien).

Respecto a nuestra oficina en Plaza Condesa, también nos han dicho y mostrado el peritaje que confirma que el edificio es seguro; ya se está desmintiendo en medios el rumor de que podía derrumbarse.

Así que aunque asustados y con pérdidas físicas les cuento que estamos bien y soy muy afortunado. El equipo RobotiX estuvo increíble durante el temblor. Nuestra brigada nos mantuvo a salvo, nos ayudó a vivirlo con calma, nos llevó a una zona segura y todos en RobotiX están bien, así como las sucursales. Algunos del equipo han estado ayudando en los distintos lugares donde han habido derrumbes.

Gracias a todos y todas las que han estado al pendiente.

Espero también estén muy bien. Sí en algo puedo ayudarles por favor con confianza háganmelo saber.

Parte 2

Han sido días muy extraños, perdonen si no he estado presente para contestar sus mensajes o llamarles.

No sabría que es viernes si ayer no hubiera ido a mi terapia de los jueves, lo mismo podría seguir siendo martes que miércoles o lunes.

Hemos estado días esperando un dictamen de un DRO para que nos permitan sacar nuestras cosas. Nuestra opinión de la seguridad cambia según el clima.

Hace dos días una arquitecta nos decía que veía bien las columnas y que podíamos con cuidado, y cuando protección civil lo permitiera, sacar nuestras cosas.

Esperanzados al día siguiente pensamos las sacaríamos. En la noche de ayer otro DRO por fuera lo vio y lo vio bien, localizó a protección civil y acordaron que de día harían un recorrido con un perito.

Las horas pasaron hoy y no llegaba… inclusive la policía se apoderó del exterior del inmueble para evitar que nos metiéramos y quedamos en espera de que alguien llegara.

Una arquitecta llegó, nos dio mucha confianza, parece haber sido un dictamen también muy profesional. Subió hasta el tercer piso y decidió que era demasiado riesgoso subir más.

Su conclusión concuerda sin embargo, con la primer arquitecta, es un inmueble de alta peligrosidad.

Fue como si nos entregaran la carta de defunción de los espacios y la vida que habitábamos, esos departamentos y las cosas que nos acompañaban en nuestro día a día.

Los tapetes, mesas, sillas, libros, cuadros, botellas y paredes que te ven en tus facetas felices, angustias cotidianas y momentos de tristeza,

¿Qué sigue?

En teoría ahora el formato de la última arquitecta deberá llegar a protección civil para que nos busquen (según a través de los dueños) para que vean si nos dejan y en qué forma sacar cosas: primero documentos, luego cosas pequeñas que se puedan en las manos; y eventualmente, aunque ven pocas probabilidades, muebles.

Los dueños representados por alguien hoy, comentaban de su interés en demolerlo y pedirían ayuda a los que lo hicieran para sacar nuestras cosas (en caso de que la situación lo permita y que al salir no se lastimen).

Y bueno, pues aquí ando, entendiendo esta etapa momentánea, sin saber si sigue empezar de cero con unas maletas de ropa o si pensar que recuperaré aquella mesa o aquel escritorio o los libros o mis apuntes.

Lo esencial lo tenemos, dicen, nuestra vida.

También los recuerdos de esa casa, esas ventanas y esos árboles que nos miraban día a día en la rutina que nos construía.

Extrañaré ese departamento y mis cosas, que ojalá pueda recuperar algunas.

Descubrí que no conocía a mis vecinos y que en estos tres días de esperas de noticias hay muchos increíbles con los que compartíamos, sin estar tan conscientes como ahora, el enorme placer de nuestro jardín común y recorrer un parque y sus calles.

Parte 3

Los días siguen sin saber con nitidez cómo fue pasando el tiempo. Son como brochazos de aceite enturbiando y dejando ver por momentos el dibujo del horizonte.

De pronto ya hoy es domingo y noto que he estado desde el martes sentado frente a mi exdepartamento a todas horas: días, tardes y noches.

Pasan caminando los cientos de voluntarios que nos ofrecieron comida, agua, café y jugo; sentado junto a mis vecinos, nos volvimos administradores del baño público del parque México por unos días, administradores de la calle, de la cinta para rogarle y pelearle a los coches y camiones que no pasaran frente a nuestro edificio, rogarle a los peatones curiosos, a los cientos de fotógrafos, a los coleccionistas de las fotos de la desgracia, a los que sin dudarlo nos preguntaban si éramos damnificados o solo exclamaban como expertos un “esto en cualquier momento se cae”, que por favor no pasaran por ahí. Fuimos consolados, visitados por amigos y los amigos de los vecinos, fuimos insultados por decir que sacaríamos algo, fuimos pacientes con todas las instancias que se fueron y han ido acercando: tolerantes, intolerantes, conciliadores, pacientes, sonrientes y llorosos. Todas las posibilidades.

Ayer un nuevo DRO, una hora después del sismo de ese día, hizo otro recorrido para concluir lo mismo que la primera: el edificio no es habitable ahora pero es seguro estructuralmente para bajar sus cosas e inclusive los dueños podrían reestructurarlo. El yeso y la fachada andan sueltos; el peligro no es que se caiga el edificio sino el yeso y tabiques de las paredes. Era el segundo en darnos esa calma.

Fue música para nuestros oídos, ¿entonces podemos sacar las cosas? Sí.

Sentimos cómo se caía de nuestros ojos otro gajo de ingenuidad: hay también interés de algunos despachos por demoler y construir edificios nuevos en parque México. Cuidado. Por ahora no ahondaré en eso.

Ayer sólo celebramos. Entre vecinos fuimos a comer al departamento de una nueva amiga y vecina a unas cuadras. Por la noche a buscar cajas, a conseguir la llave de una bodega que no recordaba teníamos en mi oficina.

Acabamos fundidos y rendidos como todos los días. Pusimos la alarma para estar en el departamento en cuanto amaneciera.

Llegamos a las 8:00 am. Ya un vecino estaba ahí esperándonos. Iniciamos nuestro proceso administrativo de entrada y salida de vecinos; anotamos por turnos quién entraba y a dónde en mi cuaderno amarillo. Por relevos iríamos sacando cosas, cada uno con un máximo de una hora y cuatro personas hasta que todos pasaran; después otra ronda si se necesitaba.

En mi primera ronda me sentí desesperado; tan pocas cajas no permitirían sacar todo, ¿cómo elegir qué abandonar? Con paciencia hacía el yeso a un lado para entender mejor qué escoger, qué símbolos eran esenciales para mi siguiente casa. En cambio Omar, más práctico, me miraba para apurarme, metía de golpe veinte cosas en cada caja, eso también funcionaba. Fuimos agarrando ritmo, acercando las cajas a la puerta para en la siguiente ronda sacarlas. Se acabó el tiempo.

Conseguí un camión de mudanzas recomendado por un amigo. Llegaron Leonardo, Carlos, Jorge y Moisés y básicamente, sacaron todo.

“Oye, pero si quieres aquel no lo bajamos”, decía yo. “No joven, le costó, así que se lo saco aunque no quiera; es más, ya le hice esta caja y le puse en esta bolsa los papeles que tenía sueltos en aquella otra mesa.” Agregué algunas maletas con mis objetos favoritos previamente recolectados, los tejidos de mis abuelas y bufandas, esos objetos que hacen que tu casa se sienta tuya.

Fueron llenando el camión hasta dejar la casa casi vacía. Por momentos temimos no saldría la mesa de mi tía abuela Aurora o el escritorio que me diseñó Martín, pero un desarmador se abrió paso para permitírnoslo. Se quedaron pocas cosas: algunas pinturas, un refrigerador, la cocina, lo del baño, la recámara, algunos tro-feos, papeles y yeso por todo el piso, algunas botellas de regalos de congresos, gafetes… Qué difícil es tratar de sacar todas las cosas de una casa de 120 m2.

Son interesantes los símbolos con las que los humanos vamos tejiendo nuestras madrigueras, a veces de varias habitaciones.

He logrado sacar el 90% de mis cosas y ahora estamos ya metiéndolas a una bodega.

Anhelo el momento de sacarlas nuevamente, ahora que encuentre dónde rentar o de pronto soñar con comprar para reconstruir un hogar.

¿Qué es lo que más anhelo del hogar? La intimidad de poder sentarse nuevamente en tu comedor a tomar un café; la posibilidad de llorar o reír en privado, no fren-te a las cámaras de los turistas. Hicimos una gran complicidad y amistad con los vecinos.

Mañana será lunes, me resulta imposible pensar que casi es martes por nueva cuenta. Pero ahora no pienso en eso, no puedo.

Paso a paso, un paso a la vez. Ya mañana enfrentaremos otros retos: buscar ca-sa, reactivar oficinas, entender en qué va la ciudad.

¡Ánimo! Quizá en unos meses veamos las cosas diferente.

Esta es la tercera entrega de una serie de ocho crónicas (más un par de poemas) que se publicarán una por día. Su autor es Roberto Saint Martín Suárez, el joven fundador de RobotiX, una organización que busca impulsar la ciencia y tecnología (STEM) en niños y niñas. Además, participa en el taller literario de la escritora Rosa Nissan.

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