“Pintado en México”: Grandeza novohispana (Video)

“Pinxit Mexici” es el título de una extraordinaria exposición que suspendió sus visitas por el sismo del 19 de septiembre, y que acaba de reabrir el Palacio de Iturbide… Por su compromiso con el Museo del Condado de Los Ángeles, Estados Unidos, sólo estará hasta el 15 de octubre… Qué lástima, porque revela el inconmensurable alcance del arte virreinal del XVIII (1700-1790), época de esplendor cuando la pintura mexicana alcanzó su internacionalización.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La pintura novohispana va más allá de Cristóbal de Villalpando, y la correspondiente al siglo XVIII del reconocido pintor Miguel Cabrera y sus contemporáneos: abarca cuatro generaciones de artistas a lo largo del siglo, hasta la fundación de la Academia de San Carlos en 1781.

Eso lo dice como argumento sólido el historiador de arte Jaime Cuadriello para explicar la muestra Pintado en México 1700-1790. Pinxit Mexici, que se presenta en el Palacio de Iturbide, pues representa la etapa grandiosa en que el arte pictórico realizado en la capital de la Nueva España alcanzó la internacionalización.

De ahí el orgullo que encerró en la época la frase popular (en latín) “Pinxit Mexici”: Pintado en México.

Lamentablemente el museo tendrá que concluir la muestra por su compromiso inmediato con el del Condado de los Ángeles, California, Estados Unidos. Y eso sin contar que debió cancelar por una semana sus actividades luego del sismo del 19 de septiembre, Se pierde de esa manera la ocasión de que mucha gente conozca una época de oro mexicana, concentrada en obras procedentes de colecciones extranjeras que difícilmente podrán volver a reunirse.

Y es que el académico del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la UNAM hace, en ella, una revisión de la pintura de ese periodo cuando los artistas virreinales buscaron distinguirse de los peninsulares.

Entrevistado en la sede de la exhibición el lunes 18 de septiembre, el doctor en historia por la Universidad Iberoamericana explica que la iniciativa de revisar la pintura mexicana del siglo XVII nació hace cinco años, en los cuales se realizó la investigación, redacción de textos del catálogo y curaduría, con el apoyo de Fomento Cultural Banamex, y dos instituciones estadunidenses: Los Angeles County Museum of Art (Museo del Condado de Los Ángeles), y el Metropolitan Art Museum (MET) de Nueva York; en éste se presenta actualmente Cristóbal de Villalpado, pintor mexicano del Barroco.

La muestra de carácter antológico se divide en seis núcleos organizados en torno a los géneros pictóricos de la época:

Un nuevo lenguaje: maestros de narrar y expresar.

El mundo de la alegoría: devoción, moral y política.

Pintura de la tierra: el costumbrismo y las vistas.

La piedad, verdaderas efigies y retratos íntimos.

La nobleza de la pintura y las academias.

Estatus y discurso del retrato.

A decir de Cuadriello se pensaba que la pintura de la Nueva España derivó de tradiciones andaluzas o castellanas, y ciertamente hay un vínculo con el arte español, pero en el siglo XVIII se internacionaliza el lenguaje y los artistas dialogan no sólo con aquellas influencias y la tradición local acumulada, sino que establecen un diálogo con las academias italiana y francesa:

“Los artistas fueron muy receptivos a esta internacionalización del lenguaje,  un cromatismo mucho más luminoso, y la aparición de los colores sintéticos que permitió una capa pictórica más delgada y expresiva, más cálida, y sobre todo a la expansión económica de este siglo XVIII, tan rico y desigual por su minería y su comercio, que permitió el establecimiento de un mercado pictórico pocas veces visto en el continente.”

Agrega que de los talleres de los pintores de la Ciudad de México salían obras a Baja California, Nuevo México, Texas, Reales de Minas como Zacatecas y otras provincias de la Nueva España, y llegó incluso a Lima, con encargos específicos, el Caribe, y cruzó el Atlántico y circuló en Canarias, Andalucía, la costa Cantábrica, el País Vasco y la misma corte.

Fue un fenómeno de consumo y mercado, de irradiación de imágenes –ligado al hecho de que la gente que regresaba a España llevaba consigo sus devociones, su ajuar de casa–, que no ha vuelto a ocurrir, dice el especialista, y expone acerca del nombre de la exhibición, integrada por 111 obras provenientes de colecciones nacionales e internacionales, de las cuales más de 25 fueron restauradas:

“Cuando a finales del siglo XVII se reforman las ordenanzas de pintores, hay la primera conciencia de que se forma un grupo que va a estudiar en académias privadas y reclama la Ciudad de México como sello o marca de origen. ‘Pinxit Mexici’ era el sufijo que ponían las firmas, acreditando que la pintura estaba hecha con el sello de esta ciudad y licenciada por el gremio.

“Esto es muy revelador de la conciencia artística, del prestigio que estos artistas tenían en sus propios talleres, y de la dimensión y el crecimiento económico del comercio y la minería, que hicieron que el siglo XVIII fuera tan pleno en conciencia, en gusto, en nuevas iconografías. Mucha de esta pintura plantea no sólo nuevos géneros, sino nuevos temas ligados a la devoción, al costumbrismo, al paisaje, a la alegoría, al retrato desde luego, y a la reflexión que los propios artistas hicieron de su trabajo, es decir, lo que ellos teóricamente planteaban en sus academias.”

Por todo ello, subraya, se necesitaba una revisión de ese universo pictórico, pues para muchos historiadores del arte la pintura virreinal terminaba con Villalpando (1649-1714):

“Y es un artista bien dotado, pero estas generaciones que le suceden también lo son. Pese a tener un lenguaje común, son artistas muy individuales, algunos han resultado estelares, como Juan Rodríguez Juárez o Juan Patricio Morlete Ruiz, que han sido una revelación tanto por su calidad como por su audacia en el trazo, en el color.”

Reconocerse como gremio pictórico de la Ciudad de México era importante para los artistas porque igual había pintores en Puebla y Nueva Galicia (ubicada entre lo que es hoy Jalisco, Nayarit y Colima). Los gremios más importantes estaban en Madrid, Sevilla y Valencia:

“El ejercicio de la pintura era una profesión liberal que pasó de un arte mecánico a un arte intelectual. Los pintores siempre lucharon por ser reconocidos en su papel de inventores, y el siglo XVIII es el momento en el cual toman plena conciencia de que la pintura es un arte noble, se asumen como profesores en arte y se inaugura una academia, el primer intento por escolarizar el estudio de las artes. Este tránsito de una actividad gremial a un estatus intelectual, donde se hace académica la pintura, es un parteaguas.”

Géneros

El especialista del IIE describe como uno de los géneros más notables a la pintura costumbrista. Remite a un dicho popular: “Padre mercader, hijo caballero, nieto limosnero”, para describir un biombo atribuido a Miguel Cabrera (1695-1768), en el cual aparecen varios personajes de la sociedad. La escena muestra una fiesta campestre donde una pareja aprende a bailar, están los músicos, un caballero regresa de cacería y se encuentran con un pisaverde, “una palabra que se usaba mucho” (una suerte de vago), y un truhán embozado, que es el que ataca y derrocha la fortuna.

Otra obra de grandes dimensiones, sui generis también por su formato oval, es San Miguel vencedor del demonio y defensor de la Inmaculada Concepción (ca. 1760). Cuadriello revela que estuvo desaparecida durante más de ochenta años, pues en 1917 fue ocultada debido al movimiento revolucionario. Refiere que tras haber encargado a Jerónimo de Balbás el Altar de los Reyes en la Catedral Metropolitana, el virrey marqués de Valero encomienda a Juan Rodríguez Juárez esta obra, “quizá la segunda mayor empresa del pintor”.

Es una alegoría de la eucaristía, agrega, que formó parte del altar de la iglesia de Corpus Christi, cuyo convento fue una fundación del virrey para las monjas cacicas indígenas, “el primero en América para indígenas”. A un lado se exhibe un cuadro del interior de dicho templo, donde se plasma cómo estaba dispuesto el altar. Y a la derecha de esta obra se ve un cuadro con la Alameda Central y al fondo el convento de las monjas, al cual se aproxima –en una carroza roja tirada por seis caballos– el virrey.

Los dos últimos cuadros pertenecen a las colecciones del Palacio Real de Madrid y de Palma, pues desde su origen el marqués de Valero los envió como regalo a Isabel de Farnesio, reina consorte de España, para de “esa forma, políticamente correcta, mostrar que el virrey cumple con sus funciones y su plan de gobierno”.

La colección incluye retratos de la corte, de religiosos y de personajes que aunque no vinculados a la realeza, adquirieron el suficiente poder económico para hacerse retratar, como doña Juana María Romero, que heredó la fortuna de su tío sacerdote. Hay una alegoría de pequeño formato que representa una crítica social. El académico da detalle:

Aborda un tema “que venía desde el siglo XVI, propio de los criollos como Baltasar Dorantes de Carranza y Francisco Terrazas, donde se decía que América era sumamente generosa con los extraños y madrastra cruel con los propios. Vemos a una india con su huipil personificando a la Nueva España que abre sus senos para amamantar a un grupo de niños peninsulares, incluso un africano. En cambio, las parejas de la corte de Moctezuma y Atahualpa impiden a los niños indígenas y mestizos acercarse a disfrutar la ubérrima generosidad de los productos del continente: guajalote, armadillo, jaguar, mameyes, chirimoya, como frutos de la tierra. Era un tópico muy usual en la poesía popular (‘sólo en el mundo se está viendo lo que aquí estamos palpando: los hijos propios gimiendo y los extraños mamando’), que luego fue un grito de la lucha de independencia”.

–¿La idea de “Pintado en México” tenía que ver con la independencia?

–Sí, hay una conciencia de patria, quizá no independencia como tal, pero sí de que la patria era la ciudad donde nace uno, la paternidad que toma uno en el sentido toponímico: soy mexicano porque nací en la Ciudad de México, entonces sí es una conciencia desde el siglo XVI.

La muestra puede visitarse hasta el próximo 15 de octubre de lunes a domingo, de 10:00 a 19:00 horas, en el Palacio de Iturbide, ubicado en la calle de Francisco I. Madero 17, Centro Histórico. La entrada es libre. No habrá prórrogas, pues posteriormente viajará al Museo del Condado de Los Ángeles.

Este reportaje se publicó el 1 de octubre de 2017 en la edición 2135 de la revista Proceso.

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