El terremoto desde Puebla

PUEBLA, Pue. (apro).- El 19-S parecía un día como cualquier otro: había que ir a la universidad.

Al llegar al salón mis compañeros cuestionaron a la maestra sobre la omisión del simulacro de las 11:00.

A la una tuvimos examen. “Suerte a todos”, dijo la primera compañera en terminar, cuando salía del salón. Yo me encontraba sumamente concentrada en mi examen cuando se empezó a sentir un fuerte movimiento. Todos pensamos que en el piso de arriba se encontraban moviendo o aventando cosas. Cuando el movimiento se fortaleció nos dimos cuenta de que en realidad estaba temblando. Mi primera reacción fue tomar mi celular y salir del salón. No caía en cuenta de lo que estaba pasando dada la magnitud del sismo; en mis 23 años nunca me había tocado uno con tanta intensidad.

Empecé a caminar por el pasillo rumbo a las escaleras, cuando salí disparada contra el barandal. Una amiga me tomó del brazo y llegamos juntas a la planta baja. Recuerdo que ella no sabía qué hacer, ni para dónde trasladarse, como la mayoría de las personas dentro de la universidad.

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Llegamos al campus, habilitado actualmente como estacionamiento, y lo primero que dije con la voz entrecortada y temblando del susto fue: “¿Y por qué no sonó la pinche alarma sísmica?”. Personas a mi alrededor me escucharon, y cayeron en cuenta de que, en efecto, no había ocurrido sonido alguno.

Estuvimos un buen rato en el campus. Se veían alumnos, maestros y personal administrativo con celular en mano, buscando señal para tratar de ponerse en contacto con sus seres queridos. Había también personas llorando, otras fumando y compartiendo cigarros con los demás, otros contando, aún exaltados, cómo habían vivido el sismo, en qué piso del edificio se encontraban y qué estaban haciendo previo al movimiento.

Después de media hora se empezaba a escuchar por parte de los que habían logrado tener señal, que el epicentro del temblor había sido en el estado de Puebla y que se habían caído varios edificios en el Centro Histórico. Se hablaba de muertos, de miedo, de desmayos, de pánico y, sobre todo, mucha incertidumbre.

Luego de que las autoridades dieron las indicaciones pertinentes, pudimos regresar a los salones por nuestras cosas. Había que dejar las instalaciones de la universidad y, en caso de haber réplicas, evitar cualquier tipo de riesgo.

El estacionamiento estuvo congestionado aproximadamente una hora, dada la premura de todos para salir a sus casas con sus familias y/o seres queridos. Decidí irme a la casa de mi mejor amiga, puesto que vive cerca de la universidad. Se decía que no había luz en la ciudad, por lo tanto no había semáforos y eso estaba generando caos vial. También decían que se estaban perpetrando asaltos (los cuales nunca fueron confirmados) aprovechando la situación.

Cuando llegamos a casa de mi amiga estábamos muy tensas. En cuanto mi amiga Paola tuvo oportunidad se puso a revisar las redes sociales, en las que ya circulaban videos e imágenes de lo ocurrido hacía apenas unas horas. Fue impresionante ver en lo que había pasado en Ciudad de México: la caída de edificios, explosiones, el pánico en las calles, gente gritando. Yo decidí no abrir Facebook hasta que hubiera más calma (cosa que no sucedería pronto).

Cuando ya me había puesto en contacto con mi familia, seres queridos y amigos, decidí ir a casa. Todas las calles se encontraban vacías y los negocios cerrados.

Mis mejores amigos y yo supusimos que necesitábamos hacer algo al otro día por la mañana. No podíamos quedarnos con los brazos cruzados esperando a que se reconstruyera sola la ciudad y que las personas afectadas en las diversas comunidades se levantaran de un día para otro.

Al día siguiente nos reunimos cinco amigos y fuimos a Costco. Estaba ya lleno de jóvenes y familias que llevaban en sus carritos víveres de todo tipo para actuar ante la necesidad que existía en el estado. Se sentía muy bonito ver a tanta gente movilizándose, era como un apapacho al corazón.

Teníamos la camioneta llena y no sabíamos a dónde ir porque la información era confusa. Tras una serie de discusiones, llegamos a la conclusión de que emprenderíamos el viaje a Atlixco, Puebla, y de ahí veríamos hacia dónde seguir.

En el camino hicimos una parada técnica, en la que tuvimos tiempo de revisar nuestras redes sociales. Ahí vimos que otra amiga acababa de compartir que hacían falta víveres y apoyo en Tochimilico. Cuando lo buscamos en google maps nos dimos cuenta de que no estábamos tan lejos, por lo que emprendimos el viaje para allá. Y qué bueno que lo hicimos.

Llegamos al zócalo del pueblo, y más allá de unas cuantas piedras en el camino o a lado de unas casas, no vimos que realmente la zona estuviera necesitada o afectada de gravedad. Fue una gran decepción. Tras preguntar a varias personas, nos canalizaron directamente al Palacio Municipal, donde se estaban organizando una serie de brigadas para acudir a las comunidades realmente afectadas.

En el Palacio casi no había gente, más allá de unos habitantes de la comunidad y unas señoras que habían hecho tortas para repartir. Nos dijeron que lleváramos agua a San Miguel Tecuanipa y de ahí subiéramos a San Antonio Alpanocan. Decidimos lanzarnos a la aventura.

En el camino nos topamos con varios derrumbes pequeños sobre la carretera, al igual que algunos árboles caídos, pero nada que impidiera el acceso. Llegamos a Tecuanipa, y desde que entramos a la comunidad observamos bastantes viviendas dañadas, además de la secundaria, que perdió completamente una de sus paredes.

Encontramos una gran fila de gente a la que le estaban tomando datos sobre los daños a sus viviendas o las pérdidas. Se veían cansados, con miedo, preocupados. Había personas de la tercera edad, niños, jóvenes, familias completas y, en efecto, casi no había víveres, ni presencia de autoridades de gobierno.

Tras tomar una lista de las necesidades de la comunidad y realizar un video en el que registramos a algunos de los pobladores contando lo ocurrido, decidimos continuar nuestro viaje a Alpanocan.

Llegando vimos la iglesia muy dañada –que podía caerse ante cualquier réplica sin importar la magnitud–, casas sin paredes, gente asustada, bardas caídas, escombro por todos lados, y el clima –que no ayudaba en nada para la situación– era bastante frío, el ambiente era tenso. Se sentía la angustia en cada respirar.

Por parte de la Cruz Roja se instaló una lona al lado de la presidencia. Al ser una comunidad tan pequeña, no había un albergue o lugar seguro en el que pudieran concentrarse los habitantes. La lona cubría una pequeña cocina comunitaria, y con la ayuda de todos empezaron a juntar-se víveres para darle de comer a todo aquel que lo necesitara.

Nos pusimos en contacto con los voluntarios de la Cruz Roja. Se les iluminó la cara al vernos ahí. Nos dijeron que nadie había acudido a auxiliarlos o apoyarlos con las necesidades de la comunidad, lo cual era notorio.

Mis amigas empezaron a repartir tortas a las familias, mientras otro amigo levantaba un reporte. Yo decidí realizar una transmisión en vivo en Facebook, narrando todo lo que ocurría en la comunidad. Cuando una señora que vivía ahí vio lo que estaba haciendo, me invitó a pasar a su casa. Fue muy duro ver las condiciones en las que quedó su vivienda. Era totalmente inhabitable. Debo confesar que ver eso movió muchas cosas en mí.

A las 6:00 de la tarde la comunidad de San Antonio Alpanocan tenía ya mucha ayuda, manos, y los víveres abundaban. La gente se enteró de las necesidades que había y se arriesgó a llegar a lugares que ni siquiera sabían que existían. Como dicen por ahí: “nos pusimos la del Puebla” y nos unimos como sociedad para apoyar a quien lo necesitara.

A una semana del 19-S, los estragos en las comunidades siguen presentes. Son procesos que van a largo plazo, puesto que implica la reconstrucción de las viviendas y el apoyo constante a estas zonas afectadas. En la ciudad, la vida volvió a la “normalidad” al lunes siguiente del temblor: las personas a sus trabajos, los alumnos a las aulas, los docentes al frente de los salones. Quienes ayudaban también volvieron a sus vidas, aunque ya nada es igual. Después del terremoto nada puede volver a ser como antes.

Esta es la sexta crónica de una serie de ocho (más un par de poemas), recopiladas por Indira Cato, nuestra colaboradora, para compartirlas con los lectores de la Apro y proceso.com.mx Los textos se han publicado uno cada día. La autora del presente trabajo, Samantha Martínez, es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana de Puebla. Trabajó seis meses como voluntaria en La Patrona, Veracruz, e hizo su servicio social en Guelatao, Oaxaca.

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