De escombros y de música

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No es de extrañar que las catástrofes funjan como revulsivo y que orillen a repensar las concepciones a las que las sociedades nos aferramos. Por ello, el dramatismo del último terremoto que sacudió a nuestro país se presta, tanto para emprender una relectura de nuestras reacciones frente al poder de la naturaleza, como a erigir una severa condena contra la podredumbre ‒institucional y humana‒ que volvió a ponerse al descubierto, y que fue la principal causante de muerte y de las pérdidas materiales de miles de familias mexicanas. En otras palabras, la naturaleza se manifiesta en sus propios ritmos, siendo independiente ‒por lo general‒ de los abusos que hacemos de ella, mas en el caso de nuestros sismos y sus devastadoras consecuencias, son la corrupción inmobiliaria, la rapacidad de las compañías constructoras y la complicidad criminal de las instancias gobernativas las responsables más evidentes de la tragedia.

Así pues, allende darle voz a la indignación colectiva ‒igual que a la resignación‒ y proponer un medio para amainarla, nos resulta imposible soslayar la vocación de esta columna. Por ende, presentamos varios ejemplos de obras musicales relacionadas con los temblores de tierra. Tras su génesis hay historias dignas de contarse.

La destrucción telúrica más espantosa de Europa A las 9:30 de la mañana del 1° de noviembre de 1755, un terremoto de proporciones apocalípticas arrasa con tres cuartas partes de la ciudad portuguesa de Lisboa. El número de víctimas no logra establecerse con precisión, calculándose que rondan las 90 mil, un tercio de la población de la metrópoli. La duración se calcula entre tres y seis minutos y la magnitud, cercana a los nueve grados en la escala de Richter. El epicentro hubo de localizarse en algún punto del océano Atlántico, a unos 300 kms de la costa. Por si no bastara con la potencia del sismo, se suma un maremoto posterior con olas de hasta 15 metros de altura, y un incendio que consume casi todas las edificaciones que habían quedado en pie. Entre las pérdidas materiales son de citar las desapariciones del Palacio Real, del Hospital Real de todos los santos ‒el nosocomio público más grande de su época‒, de teatros y bibliotecas ‒nada más en la que fuera Biblioteca Real se calcinan 70 mil volúmenes‒, amén de iglesias y obras de arte, como oleos de Tiziano, Rubens y El Greco.

Naturalmente, los daños no se circunscriben a Lisboa y también hay efectos demoledores en ciudades de España, Marruecos y del sur de Portugal, mismas que fueron barridas por el maremoto. Así, la destrucción da origen a discusiones filosóficas ‒la propia Ilustración se implica a fondo consolidándose a sí misma‒ teológicas y científicas que pretenden encontrarle sentido a semejante debacle. Se considera, inclusive, que de ahí nace la urgencia para que la sismología asiente sus bases. Con todo esto, la solidaridad no se hace esperar y en las principales ciudades europeas, se hacen colectas y ayunos, se organizan misas por los muertos y se envían bastimentos.

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Del puerto de Hamburgo, por ejemplo, parten dos barcos con una ingente carga de abastos, pero también con la noticia de que un gran compositor crea una oda para manifestar su adhesión espiritual con la miríada de afectados. La obra se intitula Donnerode u oda del “trueno” o “estrépito” y su autor es el célebre Gëorg Philipp Telemann, quien a la sazón ocupaba los puestos más relevantes de la ciudad hanseática. El texto de la oda es una versificación de los salmos octavo, vigésimo noveno y cuadragésimo quinto. Y en su conjunto, la música y la poesía revelan, dentro de la inmensa incomprensibilidad hacia la naturaleza, tanto su belleza intrínseca, como su inacabable potencial para destruir y aterrar a los seres vivos.[1]

Voltaire, los autos de fe y la secuela melódica Inmediatamente después del terremoto de Lisboa, el abogado, historiador y filósofo François-Marie Arouet, alias Voltaire, escribe un poema sobre el cataclismo[2] y en 1759 publica su novela Candide ou L´Optimisme. Tanto en el poema como en la novela, el filósofo arremete contra los vanos optimistas que piensan que todas las experiencias de la vida están destinadas, a la larga, a traer beneficios. En su obviedad, la tesis volteriana insiste en que no es posible encontrar una respuesta satisfactoria al deceso de tantos inocentes y que no hay explicación para que Lisboa se borre de la faz de la tierra, mientras que ciudades tan amorales y corruptas como Paris o Londres sigan tan campantes.

Lo interesante del caso es que, en la novela, las autoridades eclesiásticas de Lisboa, en concomitancia con la Universidad de Coimbra, organizan tres autos de fe,[3] a raíz del sismo, para que la feligresía se amedrente con la tortura de varios pecadores pero, sobre todo, para calmar la ira divina que se ensañó con la urbe y sus moradores (a Candide le tocan azotes en la piel viva por su declarada candidez). En palabras de Arouet: “el espectáculo de algunas personas quemadas a fuego lento, con gran ceremonia, es un secreto infalible para impedirle a la tierra que tiemble”…

Dos siglos más adelante, la novela volteriana se vuelve un feliz argumento de comedia musical y su creador ‒Hugh Wheeler‒ no duda en representar, tanto el auto de fe, como las premisas falsas que hacen de nuestro planeta, el mejor de los mundos posibles. Leonard Bernstein firma la famosa partitura y su título de ella se extrae.[4]

Sacudida sonora en Cadiz Hacia 1785, el rico novohispano don José Sáenz de Santa María le encarga a Franz Joseph Haydn una obra para ser estrenada en la remozada capilla de la Santa Cueva del puerto gaditano. Los dineros para el pedido provienen de haciendas cafetaleras de Veracruz. En Viernes Santo ha de tocarse la obra, al tiempo que se leen las últimas siete palabras de Cristo. Haydn, hombre piadoso y creyente, compone los segmentos musicales correspondientes, sin embargo, cree necesario concluir el monumento sonoro con una cita extraída de Mateo 28:2 que dice: “Y se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendiendo del cielo y acercándose, removió las piedras y se sentó sobre ellas.” La maestría del renombrado compositor se revela, particularmente, en su exégesis del sismo, a la que anexa la indicación de ser un Presto y de tocarse con tutta la forza. Incidentalmente, con este atronador pasaje Haydn introduce, el primer triple forte ‒escrito fff‒ de la historia.[5]

La mayor conmoción que el planeta registra Fue el domingo 22 de mayo de 1960, a las 15:11, hora local, cuando ocurre el sacudimiento telúrico más violento de que se tiene memoria. El país: Chile; la ciudad: Valdivia; y la intensidad: 9.5 grados Richter. Las víctimas no son tantas debido al tipo de construcciones, empero, se verifican alrededor de dos millones de damnificados. También aquí adviene un maremoto que sumerge enormes porciones de costas chilenas y que llega a sentirse en Hawai y Japón. El volcán Puyehué se activa, y de su furioso cráter mana un vómito ígneo que chamusca el aire. Lo relevante del caso es que a la hora de presentir el maremoto, la etnia mapuche sacrifica a un niño para que con su sangre se aplaque la ira oceánica. En cuanto a la música alusiva, la conmoción perdura y paraliza cualquier esfuerzo creativo.

El mito del Quinto Sol se trasvasa a las pautas En la cosmovisión mesoamericana se cuenta que el mundo se destruye cíclicamente y que resucita bajo una nueva deidad que lo rige. En la cuarta debacle se perece bajo un Sol acuático que inunda y ahoga, dando espacio para que el quinto renacimiento traiga el Nahui-Ollin ‒Cuatro-movimiento‒ que nos ofrenda la existencia a cambio de sacrificios continuos. Con estos elementos en mente, la compositora Cristina García Islas cincela su Piedra solar para orquesta y de su compleja estructura destaca el movimiento que representa, precisamente al Sol que nos mantiene vivos, pero nos hace sucumbir…[6]

La cuota sanguínea la hemos pagado con creces, no obstante, no hemos instaurado ningún remozado auto de fe para los amorales ‒léanse las deidades gobernativas y sus cómplices inmobiliarios‒ a los que hay que responsabilizar por los estragos de este último sismo. Si renacer de los escombros es la opción, hay que comenzar haciendo tabula rasa de todo aquello que se nos viene encima por estar cimentado en el fraude…

[1] Se recomienda su escucha. Audio 1: Gëorg Philipp Telemann – Aria Er donnert, das ser verherrlichet werde de la DonnerodeTWV 6:3. (Collegium Musicum 90. Richard Hickox, director. CHANDOS, 1993)

[2] En el original: Poéme sur le desastre de Lisbonne ou Examen de cet axiome: “Tout est bien”

[3] Si se realizó un auto de fe en Lisboa con motivo del sismo, verificándose el 20 de diciembre de 1755.

[4] Se sugiere la escucha de alguna de sus partes. Audio2: Leonard Bernstein – Auto da fe de la opereta Candide. (Royal National Theater orchestra. Stewart Macintosh, productor. FIRST NIGHT RECORDS, 1999)

[5] Escúchelo en este sitio. Audio 3: Franz Joseph Haydn – Il Terremoto de las Septem Verba Christi in Cruce Hob. XX.1 (Le Concert des Nations. Jordi Savall, director. ALIAVOX, 2007)

[6] Se aconseja la audición de ese movimiento en específico. Audio 4: Cristina García Islas – Quinto Sol de la Pierre Solaire. (Orquesta Sinfónica de Xalapa, Lanfranco Marcelletti, director. LIVE RECORDING, Septiembre de 2017)

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