Cuando todo se desploma adentro

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Noticias desde la distancia.

“Acaba de temblar en la Ciudad de México”, me dijo Lucy, temerosa. Mi res-puesta, ilusa: “No, fue sólo el simulacro.” Cuál sería mi sorpresa al descubrir mi celular desbordando mensajes, preguntando y avisando, con puras alivianadoras noticias de seres cercanos, por fortuna. Cuando vi los videos de los edificios desplomándose, entendí que no se trataba de una falsa alarma.

Estaba visitando a mi familia en Ensenada, Baja California. Mi boleto de regreso estaba programado para el día siguiente.

Fue la tarde más larga de mi vida. Pasé horas pegada a la televisión y a las redes, viendo, escuchando, leyendo y comprobando los horrores que sucedían en mi ciudad y en Oaxaca, Morelos y Puebla. La impotencia me carcomía. Mis amigos habían ya salido en brigadas y se organizaban para distribuirse de las formas más efectivas.

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Nunca había detestado tanto estar sentada en un sillón tan cómodo, en un lugar tan ordenado y con una televisión tan grande enfrente como en ese momento. “Culpa por estar vivo”, le llaman. Son tan absurdas como inconscientes las ganas de estar sepultado bajo los escombros, que lo único que las cura es estar levantándolos. Yo no podía más que mantenerme en estado neutral, viendo el terror pasar ante mis ojos.

Mi mamá y mi tío insistían en que pospusiera mi regreso, en que no tenía nada que hacer en la capital. “Si mi vuelo sale, yo salgo en él”, declaré tajante, con ese tono que nadie en mi familia se atreve ya a cuestionar.

Viajé al día siguiente y llegué a una ciudad desolada, tan distinta a la que había dejado una semana atrás. Recorrí Churubusco rumbo a Coyoacán, esa avenida que suele estar repleta de carros, sustituidos ahora por ambulancias que zumbaban pasando con gran velocidad.

Al llegar comí con mi familia y platicamos. Antes de terminar el último bocado ya tenía destino siguiente: un centro de acopio en la Colonia del Valle.

Recorrí justo por en medio una avenida que había cerrado el acceso a los vehículos. Al dar la vuelta, encontré un edificio que había sido desalojado. Todos los vecinos se encontraban sentados en la otra acera, viendo con nostalgia hacia arriba, anhelando regresar a la que unas horas antes era su casa.

Los siguientes días fueron casi oníricos. Entre la acción, las desveladas y el bombardeo visual e informativo, los solidarios se movían como autómatas. Todo era muerte, urgencia, desesperanza. Ver una lata o un zapato en el piso podía hacer a cualquiera romper en llanto.

Daños en Tehuitzingo, Puebla. Foto: Indira Cato

Daños en Tehuitzingo, Puebla. Foto: Indira Cato


Fuera de los límites de la centralización

El fin de semana partí rumbo a Puebla con una caravana organizada por la Red Docs –responsables del Festival de Documentales DocsMx– a entregar víveres. Estaba compuesta casi en su totalidad por cineastas, además de un camión de tres toneladas.

Recorrimos durante horas el estado, y en cada pueblo que pasamos las imágenes alucinantes se repetían: cientos de camiones cargados de despensas y las calles desbordadas de jóvenes clasemedieros con chalecos fosforescentes to-mando una pala seguramente por primera vez en su vida. “Que esto siga, que sea permanente”, pensé. Por supuesto, estaba equivocada, las zonas afectadas fueron el destino del primer fin de semana del desastre. No es sólo culpa de ellos, claro, los jóvenes tuvieron que regresar a la cotidianeidad. Algunos siguen entregados, otros luchamos desde nuestra trinchera y buscamos hacer esos pequeños cambios a diario.

En alguno de estos lugares, cerca de la media noche, vivimos una escena digna de la película Canoa, ubicada en 1968 (donde un grupo de jóvenes de la capital son linchados en un viaje, cuando el cura del pueblo los acusa de “comunistas”, seres del diablo). Paramos a cenar en un lugar que no era nuestro destino final, y la comunidad entera comenzó a rodearnos hasta que nos acorraló para exigirnos que repartiéramos los víveres que cargábamos. Los líderes de nuestra caravana pasaron buen rato explicando amablemente que nos dirigíamos a zonas más afectadas. Al final –y para mi sorpresa– los enardecidos habitantes se dispersaron y pudimos partir.

México estaba fracturado mucho antes de que temblara. Que esas personas no hubiesen perdido sus casas no las hacía menos necesitadas de despensas. Tuvo que temblar para que la sociedad con mejores oportunidades las volteara a ver y decidiera compartir algo de su relativa riqueza.

No fue una cuestión de clases. Mucha gente se deshizo de lo poco que tenía para dárselo a otros, y en este caso ellos, los más pobres, aceptaron que la ayuda fuera a otros, aún más necesitados.

Cuando todos fuimos altruistas

“Lo que hizo el terremoto fue igualar las clases sociales”, nos dijo el ingeniero de Tehuitzingo, el pueblo al que llegamos. Él se refería a los habitantes: el que tenía una gran casa de dos plantas, con ventanas de herrería y patio al centro, y el que vivía en un pequeño cuarto de adobe con techo de lámina, estaban ahora como habitantes de una base común: la nada.

Pero yo le puse el saco a todo el fenómeno. Es la frase más impactante y certera que he escuchado respecto al evento hasta ahora. La semana posterior al temblor todos los mexicanos nos hablábamos bonito, compartíamos nuestras cosas, nuestras manos rozaban con las de la gente a la que en otro contexto no hubiésemos tocado.

Los medios de todo el mundo mostraban la hermosa solidaridad mexicana. Las empresas daban servicios gratis, y las más grandes ofrecían soltar un peso por cada uno de los que recibieran.

El haber tomado acciones no nos convierte en héroes, sino en humanos. Nos demuestra que somos capaces de hacer grandes cosas, basta con observar y entender nuestro papel.

No quiero criticar la bondad, estoy convencida de que es lo que le falta a este mundo. Pero es triste que tengamos que tocar fondo para abrir los ojos, y que el despertar sea tan fugaz. Que después de entregarnos en cuerpo y alma a los demás, de ir al extremo de pasar por nuestras necesidades básicas –comer, dormir, regalar hasta lo que traíamos puesto–, de pronto caigamos de nuevo en el discurso del cuidado propio. Es importante, sí, pero que no todas nuestras energías se centren ahí. Somos parte de un todo, y el bienestar parte de uno mismo, pero se complementa con los demás. No hay que caer en la incapacidad –por lo menos hasta el siguiente desastre– de acordarnos de que el otro existe. Hay que agradecer a la vida por habernos puesto donde estamos.

Cada quien cargará en el alma sus imágenes imborrables. La mía, por ejemplo, fue la de una señora de 74 años en andadera y su padre, de 98, que vivían ahora en un cuarto improvisado con lonas, junto a los restos de lo que había sido su casa y entre los pocos muebles antiguos que habían logrado rescatar.

Los que tuvimos la experiencia de recorrer durante largas horas los caminos poblanos, y vimos, de un segundo a otro, el contraste entre los bellísimos paisajes y los pueblos ahora en ruinas, dejamos un cachito del alma por allá. Volvimos destrozados por dentro y por fuera.

Levantar la Esperanza

La inmensa Catedral Metropolitana de la Ciudad de México está coronada por tres esculturas: la Fe, la Esperanza y la Caridad. El pasado terremoto tiró al piso la Esperanza.

Esto no puede ser un símbolo de la colectividad. Necesitamos levantarla, re-construirla, recolocarla y mantenerla bien cimentada en alto, muy alto, y apoyarla con acciones. Porque la esperanza, así solita, no sirve para nada.

Como un intento desesperado por mantener la memoria surgió la idea de compilar crónicas de jóvenes sobre el sismo. Entender y compartir su visión, registrarla cuando aún estuviera fresca. En el camino nos dimos cuenta que, sobre todo, el mayor valor de estos textos es su capacidad de ayudarnos a sanar.

Todos estamos heridos, unos porque les fue mal y otros porque no nos fue tan mal. Hay que ayudar siempre, hay que seguir en la reconstrucción de este país que es nuestro pero, más importante aún, hay que querernos mucho, mucho. A los que conocemos y a los que no. Apapacharnos, platicar y preguntar. Hay que sanar, pero eso sí, no hay que parar, nunca hay que olvidar. Ni esto ni na-da. Hay que seguir, juntos, removiendo escombros.

Porque nuestro México, con temblor o sin temblor, está ya bastante derruido.

Ésta es la séptima crónica de una serie de ocho (más un par de poemas), recopiladas por la autora de este trabajo, para compartirlas con los lectores de la agencia de noticias Apro y de proceso.com.mx. Los textos se han ido publicando uno cada día. De 26 años, Indira Cato escribe la columna semanal de teatro “Puro Drama” para el Suplemento Cultura en la Mira en estas mismas páginas y es productora de cine documental.

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