Desastre y esperanza

Repudio la censura contra Leonardo Curzio, Ricardo Raphael y María Amparo Casar.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Además de muerte y destrucción, los sismos del 19 de septiembre de 1985 y 2017 mostraron lo mejor de México: la fraternidad, la ayuda desinteresada, la solidaridad, el sentido de comunidad, la capacidad de organizarse, el entusiasmo, la eficacia y el heroísmo anónimo para apoyar a los mexicanos en desgracia y, sobre todo, el sentimiento de pertenencia a la nación mexicana. Al mismo tiempo fue exhibido lo peor del país: la incompetencia, irresponsabilidad y corrupción de gobiernos coludidos con constructores inmorales; el oportunismo populista de los partidos políticos, el pillaje de los malhoras; la podredumbre que impide el desarrollo nacional.

A pesar de ello, ante al desastre natural y el dolor humano, renace la esperanza. ¿Cómo dar continuidad y expresión política al sobrecogedor silencio y el puño en alto de los brigadistas voluntarios que buscaban sobrevivientes bajo los escombros, tan dignamente representados por Isabel, en la portada de Proceso 2135? El encabezado lo dice: La opción es renacer.

“Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular”, escribió Octavio Paz en un texto memorable titulado “Escombros y semillas”, que sigue vigente a pesar de haber sido publicado hace 32 años (El País, 10/X/1985). El poeta exaltaba los valores de “un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio”, que había permanecido oculto “por la erosión moral de nuestras élites”. Asimismo, Paz destacaba el renacimiento de las raíces comunitarias del México tradicional, expresadas en una marea social que reveló pacíficamente “la realidad intrahistórica de la nación”. Exigía preservarla y vivificarla, devolviéndole a la sociedad lo que es de la sociedad.

Hoy ese clamor se magnifica. Es necesario prolongar “la multiplicación de los justos”, hacer a un lado las mezquindades y recuperar la esperanza, la decencia y la solidaridad, escribe José Woldenberg (Reforma, 28/IX/17). “Es deseable que los jóvenes encuentren formas de institucionalizar esta energía” (Enrique Krauze); es preciso construir una plataforma ciudadana duradera y sin membrete partidista para evitar volver a “una parda normalidad” (Juan Villoro); debemos aprovechar el redescubrimiento de nuestra identidad solidaria y el estado de gracia de la conciencia colectiva para reconstruir las instituciones (Porfirio Muñoz Ledo); “la única certeza ética de estos días es que no podemos seguir igual”, escribe Fabrizio Mejía Madrid (Proceso 2135).

Cierto, para evitar que la solidaridad sea efímera, el gran reto sigue siendo encontrar nuevas formas de participación y organización ciudadana, aprovechando el entusiasmo y el talante democrático de la juventud. Pero, si bien plausibles, todos esos anhelos requieren algo adicional: Un gran esfuerzo de introspección personal y social que se traduzca en un cambio profundo de actitud hacia nuestros semejantes, normado por el compromiso sincero de respetar y valorar a nuestros conciudadanos, con un sentimiento verdadero de fraternidad y solidaridad sustentado en un sentido de pertenencia a la nación mexicana.

“¿Qué es la nación?”, se preguntaba Ernest Renan, en 1882, y respondía: “La nación es un alma, un principio espiritual” constituido por un legado de recuerdos, de glorias y sacrificios comunes del pasado, así como del consentimiento actual, el deseo presente de vivir juntos. Explicaba que el sufrimiento en común une más que el gozo; “en lo tocante a los recuerdos nacionales, los duelos valen más que los triunfos, porque imponen deberes, piden el esfuerzo en común”. Este concepto de nación no es sólo bello sino verdadero, además de perfectamente aplicable al caso de México en este momento histórico de transición y adversidad.

La fraternidad ante la desgracia natural, vinculada al hartazgo generalizado ante la cleptocracia pueden (deben) detonar una fuerza social dirigida a provocar un cambio profundo en la forma de concebir y ejercer la política. Frente al doble infortunio de los fenómenos de la naturaleza y la debacle política, los mexicanos debemos responder con decisión, inteligencia y creatividad para superar los obstáculos que enfrenta la nación.

Después del temblor del 85 inició la transición democrática, se ampliaron las reformas electorales y el pluralismo, se creó el IFE autónomo, el PRI perdió la hegemonía y luego el poder. A tres décadas de esa transición truncada es necesario remover a una casta política que ha penetrado todos los ámbitos de la vida pública nacional, convirtiendo a la naciente democracia en una cleptocracia infame e impune. Ello ha causado que muchos jóvenes hayan perdido interés en la política, por considerarla un laberinto de podredumbre, imposible de modificar. Lo primero es cierto, pero lo segundo no.

A pesar de los múltiples obstáculos, sí es posible lograr una transformación profunda y pacífica de la política nacional. La fuerza de la fraternidad y la solidaridad nacidas de la pertenencia a una entidad superior que llamamos nación debe servir de guía para la acción y la organización estratégicas. Es preciso superar mezquindades, suprimir el canibalismo –tan extendido en el medio político e intelectual– y evitar las simplificaciones ideológicas. No borrar diferencias sino exaltar coincidencias con miras a un propósito común, superior e incluyente: desechar la bazofia para construir una nación en la que imperen la ley y la justicia social, así como las libertades y los derechos de todos los ciudadanos.

Somos un país profundamente desigual, con la mitad de la población en estado de pobreza, con educación y servicios de salud deficientes, y que durante mucho tiempo ha soportado a gobiernos ineptos y corruptos. En contraste, el pueblo mexicano es trabajador, honesto, alegre y solidario.

Ha llegado el momento de tener el gobierno que realmente merecemos, no los que nos han impuesto con engaños, aprovechando la ausencia de un auténtico estado de derecho. Repudiemos la corrupción y la mediocridad de la casta política que nos oprime. Renazcamos en y para la nación mexicana. 

Este análisis se publicó el 8 de octubre de 2017 en la edición 2136 de la revista Proceso.

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