La novena a dos pianos, experiencia única

CIUDAD DE MÉXICO (apro).– La maravillosa Novena sinfonía de Beethoven es tan conocida y apreciada que cuando se habla de ella basta decir “la novena”, y todo el mundo sabe a qué se está haciendo referencia. A diferencia de otras novenas, no necesita apellido. No tiene que especificarse “La novena de Mahler” o “La novena de Schubert”, por ejemplo, ¡Y mire de quiénes estamos hablando!

Con tal aceptación no es extraño que el anuncio de “la novena” llene los teatros y, más aún, si se trata de una novedad, algo que, por lo menos en nuestro país, nunca o muy pocas veces se ha escuchado, como es la versión para dos pianos solos hecha por el extraordinario pianista (pero también compositor, arreglista y director) Franz Liszt, y que fuera la versión que se escuchara el domingo 8 como, prácticamente, culminación del Festival en Blanco y Negro en su XXI edición, realizada en el Centro Nacional de las Artes.

Este concierto, vale decirlo, marcó el retorno a la “normalidad” de las actividades musicales de la hoy muy dolorida Ciudad de México.

Para la presentación de esta novena a dos pianos se contrató a dos muy buenos pianistas italianos, Francesco Libetta –que es uno de los grandes del momento y que, entre numerosas otras, tiene grabadas, con gran aceptación, las 32 sonatas de Beethoven y obras completas de Chopin– y el joven Scipione Sangiovanni (cuya primera grabación fue nada menos que la transcripción para piano de las conocidísimas Cuatro estaciones de Vivaldi).

El suceso –que lo fue auténticamente, aunque con la ausencia de nuestras autoridades culturales–, se efectuó como homenaje al desaparecido Rafael Tovar y de Teresa, fundador de este festival y gran admirador de Francesco Libetta, a quien escuchó por primera vez en Italia cuando era embajador.

Vale la pena relatar, así sea sucintamente, el porqué de este concierto en tal modalidad y no en la de gran orquesta, como la concibió el gran Beethoven.

Franz Liszt efectuó la ardua tarea de transcribir para piano las nueve sinfonías del genio alemán, pero confesó: “Después de un gran trabajo de experimentación en varias direcciones, me es imposible negar la total imposibilidad de una adaptación incluso parcialmente satisfactoria y efectiva del cuarto movimiento”.

O sea, no hizo la transcripción del cuarto y último movimiento de la sinfonía que es el que incluye a las voces solistas y el coro. Empero, en 1850 completó su versión para dos pianos.

Por otra parte, otro grande, Richard Wagner, hizo su propia versión para un piano pero manteniendo las voces. Es decir, existen, aunque separados, los materiales de la novena para dos pianos sin voces, y para un piano solo y voces.

Lázaro Azar, curador del Festival Blanco y Negro, en homenaje a Tovar, reunió las dos versiones, la de dos pianos de Liszt más la de voces de Wagner, y eso fue lo que se escuchó en el concierto, y del que hay que dejar constancia porque muy, muy difícilmente se repetirá.

Debe entonces señalarse también que se contó con un coro de 12 voces, más la soprano Karen Gardeazabal, la mezzo Casandra Zoé Velasco, el tenor Benito Rodríguez, y el barítono Enrique Ángeles, todos mexicanos, y todos bajo la dirección del también ya mexicano James Demster.

Experiencia fuera de lo común sin duda, que valía conocer y que, bueno, no nos impide seguir prefiriendo la enorme grandiosidad orquestal.

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